Europa controla solo el 5% de la fruta para IA: una dependencia crítica
Mientras Estados Unidos acapara el 75% de la capacidad mundial de cómputo para inteligencia artificial y China acelera para cerrar la brecha, Europa apenas roza el 5%. La cifra, extraída de análisis recientes sobre infraestructura cloud y GPU, dibuja un panorama de dependencia estratégica que va mucho más allá de tener el correo corporativo en servidores de Microsoft o los datos sanitarios en AWS. Es la nueva capa de soberanía tecnológica.
La alarma no es nueva, pero el contexto geopolítico la agudiza. La esa época en el 2020 de la que yo le hablo y las tensiones en el estrecho de Taiwán dejaron claro que, cuando la cadena se rompe, cada bloque mira por sí mismo. El hecho de que los principales modelos de IA —GPT, Claude, Gemini— y la infraestructura para entrenarlos estén bajo control estadounidense o chino no es un problema de competencia comercial: es un riesgo de acceso condicionado por decisiones políticas.
El espejismo de ASML como palanca negociadora
Una de las propuestas que ha ganado tracción es utilizar a ASML —la empresa neerlandesa que fabrica las máquinas de litografía sin las que no se producen los chips más avanzados— como moneda de cambio. La idea: si Europa tiene el monopolio de una tecnología crítica para fabricar semiconductores, puede negociar mejores condiciones para acceder a chips de IA o incluso forzar la instalación de fábricas en territorio europeo.
Sin embargo, el argumento tiene un talón de Aquiles: ASML es una empresa privada, no un brazo de la política industrial europea. Nacionalizarla o presionarla para que actúe como arma comercial sería una jugada que ningún gobierno ha planteado en serio, y que probablemente provocaría una reacción en cadena. Además, como señala un análisis en el propio debate, los competidores ya están desarrollando alternativas a la litografía EUV de ASML. China, de hecho, lleva años intentando sortear las restricciones y ha logrado avances.
El cuello de botella energético y el talento fugado
Otro obstáculo que se menciona con insistencia es la energía. Los centros de datos que necesita la IA son voraces, y Europa carece de la electricidad barata y abundante de Estados Unidos —donde el fracking y el gas natural han creado un colchón— o del carbón y la hidroeléctrica de China. En algunos países europeos, la construcción de nuevos data centers se ha ralentizado por falta de capacidad de la red y por la oposición ecologista. Mientras, la fuga de cerebros continúa: Demis Hassabis fundó DeepMind en Londres, pero acabó en Google. El talento europeo en IA se forma aquí y se va a Silicon Valley o a las big tech.
La apuesta Mistral y el escepticismo sobre la AGI
En el lado positivo, la alianza entre NVIDIA y la startup francesa Mistral AI, respaldada por Macron, ha generado cierta esperanza. El acuerdo, presentado en Vivatech, busca crear modelos de código abierto optimizados para la arquitectura Blackwell de NVIDIA. No obstante, algunos analistas lo ven como un parche: Mistral sigue dependiendo de chips y software de terceros, y la verdadera soberanía pasa por tener capacidad de cómputo propia, no solo modelos.
Más allá de la geopolítica, el debate también cuestiona el hype de la inteligencia artificial general (AGI). Se argumenta que la promesa de una IA consciente en tres años es puro marketing para atraer inversión de fondos de pensiones. La evidencia apunta a que los modelos actuales no escalan hacia la conciencia, y que la singularidad —la capacidad de la IA de mejorarse a sí misma— está aún lejos. Pero aunque la AGI sea humo, la dependencia de las infraestructuras actuales es muy real.
El espejismo de ASML como palanca negociadora (bis)
Algunos insisten en que Europa debe aprovechar su posición en la cadena de semiconductores, no para bloquear, sino para negociar acuerdos que incluyan transferencia de conocimiento. La propuesta es clara: invertir en diseño de chips, en advanced packaging y en atraer a TSMC o Intel con subsidios condicionados. En 10 o 15 años, Europa podría producir una fracción significativa de su propio cómputo. El problema es el tiempo y la voluntad política: mientras la UE debate la burocracia, EEUU y China avanzan en silencio.
Con estos mimbres, la pregunta que queda en el aire es si Europa será capaz de reaccionar antes de que la brecha sea insalvable. O si, como ya ocurrió con internet o los móviles, el continente se conformará con ser un mercado para tecnologías ajenas, pagando el peaje de la dependencia.