Un psicólogo atribuye el voto joven a la ultraderecha y la réplica del coste de la vivienda
¿Por qué un chaval de barrio acaba votando a la ultraderecha y no a la izquierda que le promete el paraíso? La pregunta circula desde hace tiempo en tertulias y redes, y un vídeo de un psicólogo que atribuye ese giro a los discursos simples y a la falta de pensamiento crítico ha reabierto el fuego. La respuesta que más ha circulado no viene de un politólogo, sino de un cálculo doméstico que un usuario lanza en el hilo: cuando gobernaba la derecha, un taxista y un ama de casa pagaban un piso en Madrid en diez años, con los tipos de interés al 10%; ahora, con la izquierda en el Gobierno, un ingeniero y una médica tardan cuarenta años en hacer lo mismo. Con esos números sobre la mesa, el diagnóstico psicológico se queda corto.
Qué dice el vídeo y por qué indigna
El planteamiento del psicólogo, resumido en el vídeo que abre la discusión, sostiene que los adolescentes se sienten atraídos por la ultraderecha porque esta ofrece respuestas simples a problemas complejos, mientras la diversidad se presenta como una riqueza y el pensamiento crítico como el antídoto. La réplica más repetida es que ese mismo esquema sirve para explicar el voto a la izquierda radical:
odio al capital, odio al empresario, odio al que gana más. El argumento, señalan, es simétrico y el psicólogo solo lo aplica a un lado.
Hay una acusación recurrente de doble rasero. Se pregunta por qué no se analiza igual al chaval que se hace podemita. Y se subraya que el sistema educativo, los medios, las series y las redes promueven la ideología
woke de forma masiva, y aun así los jóvenes votan en contra de lo establecido. En el postfranquismo lo rompedor era el Che; ahora la rebeldía apunta al otro lado. El péndulo, dicen, se ha dado la vuelta.
El coste de la vivienda como explicación alternativa
El argumento que más recorrido tiene en la conversación no es psicológico, sino aritmético. Un usuario sostiene que un taxista y un ama de casa pagaban un piso en Madrid en diez años cuando gobernaba la derecha, con los tipos de interés al 10%. Hoy, con la izquierda en el Gobierno, un ingeniero y una médica tardan cuarenta años en pagar el mismo piso. La conclusión que se extrae es que el voto joven no responde a un trastorno, sino a una cuenta que no sale.
A ese cálculo se suma otra queja: los jóvenes habrían quedado sin presente ni futuro, encadenados a trabajos precarios, sin poder construir un proyecto de vida, mientras otros viven al margen de las leyes. La comparación no se hace entre ideologías, sino entre generaciones. Y el diagnóstico que se repite es que la izquierda no tiene relato para eso, solo etiquetas.
La crítica al «adoctrinamiento» y al doble rasero
Una parte del análisis apunta al sistema educativo. Un usuario afirma que el trato al varón en las aulas, presentado como una versión inferior de la mujer, empuja a los chicos hacia posiciones de rechazo. La tesis es que el cerebro masculino funciona distinto desde la infancia y que la escuela lo penaliza en lugar de entenderlo. No es un argumento nuevo, pero aquí se usa para explicar el giro electoral.
Otra corriente señala que el psicólogo hace exactamente lo que critica: simplificar. Se le reprocha que su discurso sea un catecismo laico, con eslóganes para mentes tiernas, y que no haya autocrítica. La acusación de fondo es que la izquierda no se pregunta por qué pierde a los jóvenes, solo busca culpables externos.
Inmigración, diversidad y el orden que se rompe
El asunto deriva hacia la inmigración y la diversidad. Hay quien sostiene que la diversidad es un disolvente social y moral, y quien matiza que la inmigración siempre existió y no es mala en sí: el problema sería el desorden, los que no se integran o los que vienen a imponer costumbres. La discusión se mueve entre la crítica al descontrol y el rechazo a generalizar sobre colectivos.
En ese tramo aparecen opiniones hostiles hacia determinados grupos, formuladas como parte del malestar social. El artículo no las reproduce ni las respalda: se registran como una corriente de opinión que existe en el debate y que conviene leer con distancia. La tensión entre integración y conflicto recorre buena parte de la conversación.
La respuesta del foro: «es el sistema, no el adolescente»
La conclusión más repetida es que el psicólogo confunde causa y efecto. No es que los jóvenes se hagan de ultraderecha por falta de pensamiento crítico; es que el pensamiento crítico les lleva a votar contra quien les ha empeorado la vida. La ironía final la firma quien recuerda que, con estos diferenciales de vivienda y salario, el diagnóstico psicológico sobra. O quizá no: quizá el problema es que nadie quiere mirar la cuenta.
Este artículo se basa en el contenido del hilo y no incorpora datos externos. Las cifras citadas proceden de los mensajes analizados.