El coche de alquiler de 50€ que acaba costando 350€
El negocio del alquiler de coches de bajo coste no vive del alquiler. Es la primera paradoja que deja un relato larguísimo sobre lo que ocurre en el mostrador de un gran aeropuerto español, donde compañías que se anuncian con tarifas de risa cierran el mes facturando en seguros y gasolina mucho más que con los propios vehículos. Un coche reservado por internet a 50 euros la semana puede acabar saliendo por 350. Y el que se lleva la peor parte no es el turista que aterriza despistado, sino cualquiera que llegue a la ventanilla sin haber leído la letra pequeña.
La mecánica se repite: la web anuncia un precio mínimo, el contrato real se firma en el aeropuerto y ahí empieza la negociación. El objetivo del personal, cuentan quienes han trabajado dentro, es colocar extras: el seguro a todo riesgo de la casa, el diésel, un coche mejor, un GPS o una sillita de bebé. Todo lo demás importa poco.
Cuánto gana de verdad la empresa: gasolina y seguros
Quien describe el sistema lo deja claro: con alquilar el coche no se cubren ni los gastos. El dinero sale de otro sitio. Una sola oficina de aeropuerto puede facturar
entre 30.000 y 40.000 euros al día en gasolina y sumar
entre 50.000 y 60.000 euros en seguros. El rent a car de bajo coste funciona, de hecho, como gasolinera y como aseguradora con las llaves del coche de por medio.
Los números del trabajador tampoco son para tirar cohetes. Sueldo fijo de
600 euros raspados —por debajo del salario mínimo de entonces— más un
2% de lo que se venda en extras. Nada de lo que el cliente contrató por web, nada de la gasolina. Solo lo que se araña en el mostrador. Ese porcentaje lo explica casi todo: si tu sueldo depende de rascar extras, rascas.
Las triquiñuelas del mostrador: del diésel a la fianza
Las técnicas son de manual. Si el cliente no tiene tarjeta de crédito, y con la de débito no dejan preautorizar fianzas de
1.200 a 2.000 euros, la salida que le queda es pagar el seguro de la casa. Muchos plásticos de débito tienen límites que tampoco permiten bloquear esa cantidad, así que la conclusión es siempre la misma: o coges el extra o te quedas sin coche.
Después llegan los añadidos. Un diésel cobrado como suplemento a
30 o 40 euros más, a veces 50 o 60. Un GPS a 100 euros la semana. Una sillita de bebé, otro tanto. Y el combustible, que es negocio propio: los contratos flexibles que prometen devolver lo no consumido valoran la gasolina a precio de caviar, de modo que quien no devuelve el depósito lleno se expone a que le reintegren la mitad de lo que pagó.
Están también las historias más feas. La clienta a la que cobraron por una mancha en el asiento que ya estaba: al tirar del historial, el coche acumulaba cuatro meses de cobrar la misma mancha a todos los que lo usaron. O el seguro vendido tres veces a la misma persona, 600 euros de más. O la oficina que echaba la persiana cuando el cliente se negaba a coger el extra.
Trabajadores y clientes: todo en el filo de la legalidad
El relato de quien estuvo dentro es duro en dos frentes. Con la plantilla, presión por objetivos, listas semanales de vendedores por encima y por debajo de la media y broncas por todo lo que no se vendió. Con el cliente, un trato que este testimonio describe como excepcionalmente áspero: ante cualquier problema, quien no tiene razón es siempre el que acaba de aterrizar.
Hay un detalle que descoloca. Los desperfectos por los que te cobran
150 euros por raya no se arreglan. Se cobra la reparación y el coche sigue igual. Los vehículos se compran, ruedan tres o cuatro meses y se revenden hechos polvo. Cuanto más golpeada está la carrocería, mejor para el alquiler: cualquier marca nueva se diluye entre las viejas.
La comisión, además, se pagaba a mes vencido y a coche entregado. Justo antes de terminar el contrato, el personal descubrió que todo lo vendido a coches que volvían después de esa fecha no se cobraba. Excepto el diésel. Así que los últimos días todos vendían el seguro al mínimo y el resto en diésel, fuera el coche que fuese.
La otra cara: compañías con cola en el mostrador
No todo el sector es igual, y eso también sale en la conversación. Frente a las quejas, hay quien defiende a compañías con prácticas muy distintas: seguro a todo riesgo incluido, depósito lleno-lleno, sillitas gratis y ninguna exigencia de tarjeta. Una de las más citadas opera en Canarias y presume de oficinas llenas mientras la competencia espera clientes. También se mencionan plataformas de alquiler entre particulares como alternativa a las grandes cadenas.
La recomendación que se repite para esquivar el problema no tiene misterio: seguro a todo riesgo aunque se contrate aparte, política de lleno-lleno, ni un extra más y revisar la factura antes de firmar. Con eso, dicen los veteranos, el coche no sale a tres euros al día como promete el banner, sino a treinta. Pero no te timan.
Quedan las zonas grises: intermediarios que venden «seguros» de devolución de daños que luego no cubren nada, fianzas que tardan un mes en liberarse y reclamaciones que no se contestan nunca. Y una pregunta que nadie cierra del todo: si el modelo se sostiene sobre extras y fianza, ¿cuánto tiene que subir la tarifa para que dejen de existir incentivos para desplumar al que acaba de aterrizar?