Huesos a 7,5 €/kg y pollos a 14 €: el mercadillo ya no es chollo
Un vecino de un pueblo de Valencia vuelve del mercadillo con la sensación de haber pagado de más en cada puesto. Los albaricoques a
5,5 euros el kilo, los melocotones a 3, los huesos para caldo a
7,5 euros el kilo y un pollo asado de asador poco glamuroso a
14 euros. Recuerda que los huesos eran descarte casi regalado y que el pollo costaba 7 u 8 euros. La conclusión que saca es incómoda: se siente como un viejo anclado en unos precios que ya no existen.
La escena no es aislada. Es el retrato de una cesta de la compra que se ha descolgado del relato oficial y de unos salarios que no la siguen. Lo que empieza como una queja de mercado se convierte, en cuanto se rasca, en un ajuste de cuentas con la inflación, con el margen comercial y con la propia idea de lo que solía ser barato.
¿Cuánto cuesta hoy un pollo asado entero?
La respuesta corta: entre 12 y 14 euros en la mayoría de asaderos, según varios participantes. Varias personas confirman ese rango para su zona, y una lo sube hasta los 15 euros el kilo, un precio que otro compara directamente con el entrecot. El pollo asado, ese recurso de domingo para quien no quería encender el horno, ha dejado de ser la opción barata.
Hay quien señala que el truco está en el acompañamiento: algunos asaderos sirven el pollo con patatas fritas cuyo coste real no llega a los 50 céntimos, lo que disimula el atraco. El producto sube, el adorno tapa la subida.
En los huesos el consenso es más duro. Un usuario lo tiene claro:
por 7,5 euros no compres los huesos, mejor compra la carne que los rodea. Otro apunta que en Mercabarna los huesos ya van por 6,50 euros el kilo, frente a los 4,50 de antes, y sospecha que la moda del caldo de huesos ha revalorizado lo que era puro descarte. En dos puestos distintos del mismo mercadillo, el precio era idéntico: 7,50 y 7. El mercado ha decidido que el descarte también se paga.
La fruta del mercadillo ya no es más barata que el súper
La intuición de que el mercadillo es más barato se cae en cuanto se compara. En grandes superficies y cadenas con competencia cercana los precios aguantan mejor; en pequeños comercios y puestos de calle, la misma calidad sale más cara salvo excepciones concretas: producto de temporada traído por un agricultor de la zona, fruta de proximidad o algo de calidad diferenciada.
La excepción existe y conviene conocerla. Quien compra directamente al agricultor en determinadas pedanías y pueblos de la comarca asegura que sale barato. Fuera de ese circuito, el mercadillo ha perdido la ventaja que lo justificaba. La frase que resume el malestar:
cada vez que entro al súper para cuatro tonterías, caen 35 euros mínimo.
¿Por qué suben los precios si los sueldos no suben?
Aquí el desacuerdo es de fondo. Una corriente sostiene que esto no es inflación en sentido clásico, porque la inflación de verdad implica que los salarios también suben al ritmo del dinero que pierde valor, y eso no está pasando. Lo que hay, argumentan, es otra cosa: abuso, margen y precios administrados por quien puede.
El contraargumento es más prosaico: si el dinero vale menos, todo lo que se compra con él cuesta más, y el sueldo tarda en ajustarse porque nadie quiere pagar más por el mismo trabajo. La impresora, dicen, no reparte por igual. Y hay quien añade el factor de la demanda: si el consumidor acepta el precio, el precio se mantiene. La masa compra igual, se queja igual y vuelve igual.
La consecuencia práctica es la misma para todos: el dinero vale menos en la caja y lo mismo en la nómina.
El dinero vale menos pero solo se nota en los precios; para pagar sueldos sigue valiendo mucho.
El caso Matutano: vender menos y ganar más
La subida no siempre responde a un coste mayor. Hay un patrón que se repite: empresas que suben precios, venden menos unidades y aun así baten récords de beneficio, porque producir menos también ahorra material, sueldos y logística. El consumidor paga más por menos y la cuenta de resultados mejora.
El ejemplo que circula es el de una conocida marca de snacks cuyas ventas cayeron alrededor de un 10% mientras los precios subían cerca de un 20%, con beneficio récord. El caso de una multinacional de refrescos que tensó tanto los precios que una gran cadena de distribución retiró sus productos de la estantería apunta en la misma dirección: cuando el abuso es flagrante, el intermediario también se planta.
La conclusión que extraen los más críticos es incómoda: el consumidor español no sabe comprar. Tira la bolsa de patatas al suelo cuando le suben el precio, pero la compra igual. Y mientras la compre, no hay razón para bajarlo.
La comparación que descoloca: España contra el resto
El argumento que más se repite es el de la comparación internacional. Una fuente citada en la conversación compara precios de supermercado entre España y Reino Unido y concluye que son más o menos los mismos, con la diferencia de que allí los salarios son el doble o el triple. Si el precio es similar y la nómina no, el esfuerzo para llenar la nevera se multiplica.
El contrapunto llega desde fuera de la eurozona: quien compra en Moscú asegura que allí los huesos están a 1 euro el kilo, los huevos a 2 euros las 30 unidades y la carne a mitad de precio. No es un paraíso fiscal, es otro mercado. La comparación sirve para lo que sirve: para comprobar que el problema no es universal, sino de dónde vive cada uno y cuánto cobra.
El IPC que no cuadra con la cesta de la compra
El dato oficial y la sensación de la calle llevan años divorciados. La percepción generalizada es que el índice de precios de consumo está trucado o, como mínimo, mal ponderado: mide una cesta que no es la que compra la mayoría. La cifra que se repite es que el IPC real ronda el 10% cuando el oficial habla de un 3%, y esa brecha explica por qué la gente no reconoce su propia vida en las estadísticas.
El fenómeno tiene nombre en los manuales: estanflación, precios al alza con actividad y salarios estancados. La etiqueta no resuelve nada, pero ordena el diagnóstico. Y el diagnóstico es que el ajuste lo está pagando el consumidor final, no el balance de las empresas ni el presupuesto público.
Qué se puede hacer: huelga de consumo y compra selectiva
La receta más repetida es la única que está en manos del comprador: no comprar a según qué precios. Si el consumidor deja de pagar, el vendedor ajusta. La dificultad es de coordinación: hace falta que muchos dejen de comprar a la vez, y eso no ocurre.
En la práctica, las estrategias que se comparten son más modestas: comparar entre establecimientos, huir de la comida preparada y de los restaurantes salvo excepción, organizar la compra para no caer en el sandwich de 1 euro por emergencia, y comprar producto de temporada directamente al productor cuando se puede. El cálculo completo, desglosado partida a partida, deja diferencias que sorprenden a quien lo hace por primera vez.
La escena del mercadillo termina donde empezó: con un comprador que no sabe si le han timado o si simplemente el mundo ha cambiado sin avisarle. La respuesta más repetida es que no le han timado en el puesto, sino antes: en la nómina que no sube, en el dinero que vale menos y en un sistema donde el precio del descarte ya se cobra a precio de carne.