Depilación de piernas: de la cuchilla a la cera de 12 euros
Un cuarto de baño que acabó como una escena de suspense. Un hombre relata su primer intento de afeitarse las piernas con cuchilla y admite que, de tan nervioso, terminó el baño «como una peli de Hitchcock». Desde entonces recurre a la crema depilatoria, en concreto a la marca Deliplus que vende Mercadona, aunque nota que las últimas veces el vello se le resiste mucho más que la primera. Su conclusión es incómoda:
la cuchilla irrita, la crema ensucia y encima obliga a repasar. La duda que sobrevuela todo el asunto es otra: más que el cómo, ¿importa el cuándo?
Cuchilla, crema, cera o cortapelos: qué cuesta y cuánto dura cada método
El abanico de opciones es amplio y cada una pasa su factura. La
cuchilla gana en precio pero pierde en piel: el afeitado deja granitos que obligan a echarse crema hasta que se van. La
crema depilatoria evita el corte, pero ensucia todo, exige esperar un buen rato y aun así suele necesitar un repaso. La cera también aparece en el debate, donde el autor del hilo pregunta con qué método se consiguen unas piernas presentables durante más días. Y luego está la vía intermedia que gana adeptos: el cortapelos corporal.
Aquí asoma un dato concreto. Una depilación con cera en peluquería ronda los
12 euros y se resuelve en unos 15 minutos. Para quien quiere quitarse el problema de encima sin montar el numerito en casa, es la ruta más rápida. Nada que ver con el ritual doméstico de crema, espera y repaso.
El cortapelos, al que algunos llaman «pasar la moto al 0», tiene su propia lógica. La idea no es quedar como la piel de un recién nacido, sino rebajar el pelo lo justo para que no raspe al rozar con otra piel. El truco que se repite:
dejar crecer el vello unos cinco días para que las puntas dejen de pinchar. Con eso, muchos dan el asunto por resuelto sin llegar a la rasuración completa.
¿Es de hombres depilarse las piernas?
La conversación deriva hacia el terreno de siempre: qué es de hombres y qué no. Una corriente defiende que la depilación es una
moda reciente y que la hombría se mide por el vello: a más pelo, más virilidad. Enfrente, se responde que
atar la virilidad al vello es tan arbitrario como atarla a la suciedad, y que la higiene o la estética no tienen género. También hay quien recuerda que depilarse era costumbre en civilizaciones antiguas, mucho antes de que existiera cualquier anuncio.
Entre medias se impone una postura pragmática: depilarse no debería ser cuestión de principios, sino de dónde y cuándo.
La espalda y los hombros se llevan la palma a la hora de justificar el afeitado; hay quien pasa ahí el cortapelos cada semana y, en cambio, no tocaría pecho, brazos ni piernas. El resto, dicen, es pura pose.
El argumento del deporte: ciclistas, nadadores y masajes
El recurso más repetido para justificar la depilación masculina es el deporte. Los ciclistas alegan que la fricción con el sillín basta para eliminar el vello y que la piel lisa facilita el masaje y la cura de las heridas por caída. Hay quien lo confirma sin rodeos:
«Hago ciclismo y de la fricción no queda ni un pelo». Los nadadores añaden el argumento de la velocidad en el agua.
Ese relato tiene fisuras. Un exnadador de competición asegura que
solo se depilaba en finales importantes, cuando todo el mundo iba depilado y no hacerlo cantaba. El resto de la temporada, dice, competía con pelo, porque ni siquiera en el agua el vello pesa tanto. Su conclusión es dura con quienes esgrimen el deporte como excusa: quien se depila para bajar al bar los domingos no lo hace por aerodinámica.
Qué pasa cuando la crema depilatoria deja de funcionar
Hay un detalle práctico que suele pasarse por alto:
hay quien percibe que la crema depilatoria deja de funcionar igual con el tiempo. Quien lleva años usándola nota que el vello se le vuelve más resistente y que el producto cuesta más que al principio, lo que empuja a buscar alternativas. No es un problema médico, pero sí un motivo de cambio de método.
A eso se suma el factor tiempo. La cera gana en duración, pero implica desplazamiento y gasto recurrente; la cuchilla es inmediata, pero se paga en irritación. En el hilo se repite la idea de que el método perfecto no existe y que a cada uno le toca elegir qué incomodidad prefiere.
Al final, la cifra que mejor resume el asunto no es el precio ni los días que aguanta el resultado, sino los minutos:
quince. Eso tarda una peluquería en dejar las piernas presentables. A partir de ahí, cada cual decide si merece la pena discutir por un pelo que, en cinco días, ya ha vuelto.