Anthropic, el cuento de la IA ética que nadie se cree
El origen de Anthropic es un cuento de hadas para adultos. La versión oficial dice que un puñado de ingenieros de OpenAI, con nóminas de seis cifras, renunciaron a su puesto por una súbita preocupación existencial por la inteligencia artificial y fundaron la compañía por Zoom, en plena pandemia, sin garaje de por medio. La leyenda incluso los retrata firmando el contrato en una servilleta de perrito manchada de kétchup. El problema: casi nadie se lo cree.
Los protagonistas no eran recién llegados: cobraban sueldos que en el mundo real sirven para comprar un piso y quedarse callado. Y no saltaban a la nada: había fondos de capital riesgo dispuestos a quemar 20 millones de dólares en la idea. La motivación humanitaria choca con las matemáticas del sector. No en vano, el mismo discurso de salvar a la humanidad ya lo utilizó Google a principios de siglo con su «Don't be evil», un lema que nació en 2000, se popularizó con la salida a bolsa de 2004 y acabó diluido en los términos de uso del buscador.
La alternativa china que rompe el tablero
El debate no es solo sobre la biografía de Anthropic. Mientras los laboratorios estadounidenses venden suscripciones, los modelos abiertos de origen chino se distribuyen gratis, como Deepseek. La discusión técnica ha derivado en un punto práctico: con 64 gigabytes de VRAM, una empresa mediana puede funcionar con modelos locales en lugar de entregar sus datos a terceros. Los laboratorios propietarios ya han protestado. Y es solo el principio: la guerra está servida.
A estas alturas, habrá quien siga creyendo en el fundador iluminado y quien vea una operación de marketing con red de seguridad. Si los modelos abiertos siguen destrozando barreras de entrada, el foso de los gigantes de la IA se estrechará. Entonces quedará claro si el relato ético era convicción o, simplemente, un buen negocio.