Hiroshima y Nagasaki: el precedente nuclear que divide el relato
En agosto de 1945, Estados Unidos detonó dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Según la cifra que se maneja en el debate, murieron cerca de
250.000 civiles, directa o indirectamente, en un país situado a miles de kilómetros de Norteamérica. Ochenta años después, aquel episodio sigue funcionando como espejo incómodo cada vez que se discute una escalada nuclear, y el paralelismo con la guerra de Ucrania ha reabierto la disputa sobre qué fue exactamente aquello: una necesidad militar, una demostración de poder o un crimen sin justificación posible.
La discusión arranca con una tesis incómoda para el relato dominante: que el ataque a Pearl Harbour fue el detonante, que Hollywood convirtió a los responsables en héroes y que el único país que ha usado armas nucleares contra población civil sigue presentándose como garante del orden internacional. A partir de ahí, el intercambio deriva hacia el terreno de la actualidad: la expansión de la OTAN, la reacción rusa en Ucrania y el uso de la amenaza nuclear como herramienta de disuasión.
¿Fue necesario el bombardeo para evitar una invasión más sangrienta?
El argumento clásico sostiene que Japón no se rendía y que una invasión terrestre habría multiplicado los muertos. Los cálculos que se manejan en el intercambio hablan de
un millón de bajas aliadas, con hasta medio millón de muertos solo estadounidenses, y millones más entre militares y civiles japoneses. La resistencia en Iwo Jima y Okinawa, donde la lucha se libró hasta el último hombre, alimentaba ese escenario. Incluso después de Nagasaki, hubo un intento de
golpe militar para impedir la rendición del emperador.
La corrección histórica llega de inmediato: Japón se rindió de forma incondicional igualmente, y la declaración de Potsdam ya ofrecía una salida que Tokio rechazó. Si el problema era la rendición, existía antes de las bombas.
Los objetivos reales: disuasión, mensaje y prueba de armamento
Aquí el consenso se rompe. Una corriente sostiene que las bombas iban a lanzarse sí o sí, porque había un
juguete nuevo que probar y un mensaje que enviar a la Unión Soviética antes de que se repartiera Europa. Otra apunta a que el bombardeo de Tokio con incendiarios ya había causado
100.000 muertos sin que la cúpula japonesa moviera un dedo, lo que desmonta la tesis de que el problema fuera el número de víctimas.
El detalle que más incomoda: antes de los ataques, aviones estadounidenses lanzaron panfletos sobre las ciudades japonesas avisando a la población para que evacuara. Las autoridades niponas los trataron como propaganda y no ordenaron desalojos. Algunos de esos panfletos se conservan en museos.
Del Pacífico a Ucrania: el salto que nadie quiere hacer explícito
El paralelismo con Ucrania aparece pronto y con dos direcciones opuestas. Una parte del análisis sostiene que la OTAN incumplió los acuerdos de no expansión y que Rusia reacciona en defensa propia; otra recuerda que Japón invadió China, Filipinas, Malasia, Indochina, Birmania e Indonesia antes de 1945, y que comparar aquello con Ucrania es un salto argumental de
75 años y medio mundo.
El punto donde el análisis se atasca es siempre el mismo: si la bomba atómica se justificó como mal menor para salvar vidas, cualquier potencia con arsenal nuclear puede usar idéntico argumento. Y ahí ya no hay relato que valga.
Datos clave del episodio
- Víctimas civiles en Japón: cerca de 250.000, directas o indirectas
- Bajas aliadas estimadas en una invasión terrestre: 1.000.000
- Muertos en el bombardeo incendiario de Tokio: 100.000
- Potencia de la bomba Zar respecto a Hiroshima: 3.125 veces