El derecho histórico de Ucrania, a debate
¿Cuándo existió Ucrania antes de 1991? La pregunta, lanzada al calor del conflicto, resume un choque de relatos que lleva siglos cocinándose. Un sector sostiene que el Estado ucraniano es una creación soviética sin raíces propias; otro responde que la Rus de Kiev, con capital en la actual Kiev, es el origen común de rusos, ucranianos y bielorrusos. Entre ambos, una maraña de tratados, fronteras móviles y siglos de historia compartida que nadie parece dispuesto a ceder.
La Rus de Kiev: ¿origen de Ucrania o de Rusia?
El núcleo del desencuentro está en cómo se lee la Rus de Kiev. Para una corriente, ese Estado medieval —con Kiev como centro político— es la matriz de la identidad ucraniana. Para la contraria, se trata del primer Estado ruso, y llamarlo «de Kiev» es un convencionalismo historiográfico del siglo XIX. Se argumenta que en textos bizantinos y árabes aquel territorio era designado como
Rusia, no como Ucrania. La discusión no es baladí: de ella depende quién puede reivindicar qué.
Hay quien añade que la Rus funcionaba como una confederación de ciudades, con Kiev como
primus inter pares y Nóvgorod como primera capital. Ese detalle desmonta la idea de un centro único y hegemónico. También se recuerda que la Rus de Kiev jamás controló Crimea ni el Donbás, territorios que siglos después pasarían a manos rusas. La pregunta que sobrevuela es incómoda: si el origen es compartido, ¿por qué unos se atribuyen la herencia y otros la niegan?
¿Qué pasó con las fronteras y los tratados tras la URSS?
El segundo frente es jurídico. Ucrania y Bielorrusia fueron miembros fundadores de la ONU en 1945, con asiento propio como sujetos de derecho internacional, aunque integradas en la URSS. Es decir, la propia Unión Soviética reconocía a Ucrania como entidad estatal federada. Sus fronteras de posguerra solo cambiaron en 1954, cuando Crimea se incorporó a Ucrania. Ese dato, repetido en el intercambio, socava la tesis de que Ucrania nació de la nada en 1991.
La otra pata es el supuesto acuerdo verbal de no expansión de la OTAN. Un sector lo da por hecho y lo sitúa antes de la disolución soviética; otro responde que la Convención de Viena exige que los tratados consten por escrito y que, en todo caso, Ucrania no existía como sujeto firmante en ese momento. La discusión deriva hacia si un pacto no escrito puede invocarse como derecho. La respuesta que se impone en el intercambio es que no: lo que no está escrito no es un tratado, y lo que no es un tratado no se puede reclamar como si lo fuera.
El argumento de la OTAN y el golpe de 2014
La tercera línea de fricción es la geopolítica. Se afirma que Ucrania negociaba su entrada en la OTAN desde 2008 y que ello rompía una condición implícita de su independencia. La réplica es directa: ¿cuándo se ha unido Ucrania a la OTAN? La pregunta queda flotando. En paralelo, el relato sobre 2014 se parte en dos: para unos fue una intervención extranjera con soldados rusos sobre el terreno; para otros, un golpe de Estado apoyado desde fuera que desató la reacción del Donbás. Ninguna de las dos versiones se cierra.
El intercambio se encona cuando se comparan casos. Se trae a colación que España no toleraría que Portugal albergara bases militares hostiles a veinte kilómetros de Badajoz. La analogía sirve para justificar la reacción rusa, pero también para mostrar su límite: la legalidad internacional firmada es la que es, y quien la invoca para unos casos no puede ignorarla para otros. Ahí el argumento se atasca.
¿Es el ucraniano un dialecto del ruso?
En el terreno lingüístico y étnico, se sostiene que rusos y ucranianos comparten un origen común y que el ucraniano sería un dialecto del ruso. La afirmación se usa para negar la existencia de una identidad diferenciada. Frente a ella, la objeción es que la lengua ucraniana tiene literatura y normativa propias, y que la proximidad no anula la distinción. La discusión se enreda en si la semejanza idiomática implica unidad política. No lo hace, pero el dato se repite como si lo hiciera.
El punto exacto donde el análisis se atasca
Al final, el desencuentro no es histórico sino de premisas. Unos parten de que Ucrania es un Estado artificial y que sus fronteras de 1991 son regalos soviéticos sin derecho histórico. Otros parten de que esas fronteras están reconocidas internacionalmente y que ningún agravio pasado las anula. Entre ambas posiciones no hay puente: cada dato que uno aporta es leído por el otro como prueba de lo contrario. La conversación termina donde empezó, con la misma pregunta y ninguna respuesta que satisfaga a los dos lados.