Una pensión sin cotizar: el caso de la inmigrante de 65 años
A los 65 años, con cinco meses de residencia en España y sin haber cotizado ni un día, una mujer ha logrado una pensión no contributiva que pagamos entre todos. El atajo, según la información que circula, lo ha dirigido una organización que presume de enseñar a sus asociados a obtener el certificado de vulnerabilidad. Para unos es la picaresca llevada al extremo; para otros, la prueba de que el sistema de prestaciones tiene una puerta trasera.
En un país donde la edad de jubilación se aleja y la hucha se vacía, la historia ha prendido como la pólvora. Mientras unos felicitan a la beneficiaria por espabilarse, otros calculan cuántos meses de su sueldo hacen falta para pagar esa pensión.
El certificado de vulnerabilidad, en el punto de mira
La polémica arranca en un documento. El certificado de vulnerabilidad, que según las críticas expide una asociación privada sin demasiados miramientos, se ha convertido en la llave para el arraigo extraordinario. Lo que la documentación citada por RTVE limita a la residencia temporal por circunstancias excepcionales, en la práctica parece servir para encadenar pensiones. “¿Eso no es privatizar los servicios públicos?”, se pregunta un sector ante el hecho de que una entidad privada tenga capacidad para emitir papeles con validez legal.
Cotizar 40 años para cobrar como quien no cotiza nada
El malestar no es solo jurídico, es contable. Hay quien resume la frustración con un ejemplo: un trabajador que ha cotizado cuatro décadas puede acabar cobrando una pensión equivalente a la de una persona que no ha aportado un euro. Si a eso se le suma que el sistema agoniza, la mezcla es explosiva. “Esto se hunde”, advierten unos, mientras otros recuerdan que la solución que anunciará el Gobierno será subir la edad de jubilación, no recortar privilegios. La caja, dicen, no está para sorpresas.
El ruido político y la factura de julio
El caso ha tomado un cariz electoral inmediato. Un sector lo usa como arma contra el Ejecutivo, al que acusa de mantener un régimen de ayudas para asegurarse votos. El contrapunto piensa que la vulnerabilidad no entiende de nacionalidades y que la protección de ancianos sin recursos debería ser la norma. Entre medias queda el contribuyente que mira su nómina de julio y ve cuánto se ha quedado Hacienda de su esfuerzo. “España, la ONG del mundo”, rematan algunos.
El espejo de otros países
La historia se entiende mejor con perspectiva. En Bolivia, por ejemplo, la inmigración de mayores de 45 años está prohibida, y Argentina también aplicó restricciones ante el temor a que los ancianos llegaran solo a cobrar pensiones sin haber cotizado. Que España permita en cinco meses lo que otros países cierran de entrada es precisamente el origen del escándalo. No es un caso aislado: la reagrupación familiar de mayores para aprovechar la sanidad y las prestaciones es una práctica denunciada con frecuencia.
La pregunta que nadie responde
El caso deja una pregunta incómoda en el centro: ¿hasta dónde se puede estirar la red asistencial sin romper el sistema que la financia? La protagonista ya tiene su pensión, pero el coste de la decisión lo asumimos todos. Lo más preocupante, apuntan los análisis, no es la señora ni su certificado: es que el sistema que lo permite sigue en pie, y que el siguiente caso está a la vuelta de la esquina. Y no hay respuesta oficial, solo un silencio que alimenta el malestar.