El prohibicionismo se acelera: movilidad, vivienda y ocio bajo la lupa regulatoria
Un diésel de más de diez años tiene los días contados en media docena de ciudades. Mientras, los propietarios de pisos ven cómo alquilar su vivienda turística se convierte en una quimera y los fumadores pierden hasta la playa. La acumulación de nuevas restricciones en ámbitos cotidianos alimenta un debate que enfrenta dos formas de entender la gestión pública.
De las ZBE al seguro obligatorio para patinetes: el nuevo mapa de lo prohibido
La movilidad es el campo de batalla más visible. San Fernando, Las Palmas, Bilbao, Madrid, Getafe o Estepona han puesto en marcha o anunciado vetos a vehículos con etiqueta B en sus Zonas de Bajas Emisiones. En un parque automovilístico con una edad media de 14 años y más de ocho millones de turismos con más de 20, la medida afecta a una parte significativa de los conductores. Las restricciones se endurecen por franjas horarias y se extienden a más ciudades.
Pero no solo los coches sufren el cerco. Los patinetes eléctricos, que hace unos meses se presentaban como la alternativa ecológica al vehículo privado, ya no pueden circular sin un seguro obligatorio. Una vuelta de tuerca que no sorprende a quienes advierten de que "tras toda prohibición llega la siguiente". Tampoco escapan las viviendas: la regulación sobre alquileres turísticos al estilo Airbnb se ha intensificado, limitando la capacidad de los propietarios para decidir el uso de sus inmuebles.
El choque entre libertad individual y bien colectivo
Las posturas están claramente enfrentadas. Por un lado, quienes defienden las medidas argumentan que responden a problemas reales: contaminación, incendios forestales (las barbacoas en verano también han sido prohibidas en zonas de riesgo), ruido o saturación del espacio público. Las sanciones por grafitis, botellón o abandono de basuras pueden alcanzar los 3.000 euros, un castigo que se considera proporcionado para mantener el orden urbano.
Por el otro, los críticos denuncian una deriva autoritaria que reduce la libertad personal bajo el pretexto del bien común. Señalan que prohibiciones como la de recoger agua de lluvia para regar o invertir en ETFs de oro en Europa rozan lo absurdo, y que la acumulación normativa acaba por normalizar un control social creciente. "Todo lo que no esté específicamente permitido estará prohibido", resumen algunos.
La ironía del patinete: cuando la alternativa se vuelve prohibida
Quizás el mejor ejemplo de esta dinámica sea el de los patinetes eléctricos. Aclamados como la solución a los atascos y la contaminación, se les abrieron carriles bici y zonas de circulación preferente. Ahora, la exigencia de seguro y las crecientes restricciones a su uso —prohibidos en muchas aceras y espacios peatonales— los convierten en el siguiente eslabón de la cadena. Quienes se alegraron de las limitaciones a los coches descubren que el péndulo no se detiene: lo que hoy se fomenta, mañana se regula.