El wokismo como etiqueta: qué hay detrás de los memes que dividen
¿Qué se discute cuando alguien pronuncia la palabra wokismo? Casi nunca algo concreto. El término funciona como
cajón de sastre: cabe una política de cuotas, un anuncio, un chiste que ya no se hace, una escena de serie o un criterio de contratación. La recopilación parte de una tesis explícita: el wokismo sería «una derivación del socialismo, progresismo y feminismo» y, sobre todo, «la última moda importada de los usa» que, según esa tesis, «destroza nuestras sociedades». Sobre esa premisa se han ido acumulando aportaciones. El asunto no se agota: se recicla.
¿Qué es el wokismo y por qué se ha convertido en etiqueta?
Es, en la práctica, una etiqueta. No aparece aquí como un programa con puntos concretos, sino como un paraguas con el que se agrupa todo lo que se percibe como imposición moral: lo que se puede decir, lo que se contrata, lo que se celebra. Ese es su problema y también su fuerza. Como concepto es imposible de falsar; como arma retórica, imbatible.
De ahí que la conversación no avance por definiciones, sino por ejemplos. Cada aportación añade una captura, un titular o un caso concreto. El resultado es un archivo acumulativo más que un argumento, y en un archivo así
cualquier pieza vale mientras confirme la tesis de partida.
La consecuencia práctica es que nadie discute el mismo objeto. Para unos, el fenómeno son las políticas de contratación; para otros, el lenguaje; para otros, una forma de censura social difusa. Sin unidad de medida, cada cual responde a una pregunta distinta y sale convencido.
El meme como arma: la construcción de 1248 frente a la obra de 2023
Una de las piezas del conjunto compara dos construcciones. Una, levantada —según el texto que acompaña a las imágenes— por campesinos sin estudios en
1248. Otra, obra de expertos con títulos universitarios en
2023. El comentario que cierra la comparación es una invitación a sacar conclusiones: «Take a guess».
El meme no aporta ni un dato técnico. Ni presupuesto, ni normativa, ni plazo de ejecución, ni calidad de materiales. Y sin embargo funciona, porque apela a algo que no se discute en el terreno de los hechos: la sensación de que los estándares se han degradado pese a que hoy hay más titulaciones que nunca. Es nostalgia con formato de argumento.
Por eso ninguna refutación consigue desactivarlo. Para rebatirlo habría que entrar en detalles que arruinan la gracia; para repetirlo basta con reenviarlo. La economía del meme es imbatible: coste cero, difusión máxima, verificación nula.
El doble estándar como argumento central
Buena parte del intercambio se ordena alrededor de una idea recurrente: que hay fenómenos tratados con marcos opuestos. Uno de los participantes lo resume con una frase muy repetida: «Es gracioso que de los ataques terroristas digan que es algo con lo que hay que convivir y del “machismo” digan que es algo que hay que erradicar». La analogía se apoya en el contraste entre resignación y exigencia.
Frente a eso cabe la objeción obvia. Son problemas de naturaleza distinta —una cosa es
convivir con un riesgo y otra perseguir un delito— y la equivalencia se sostiene más en el ritmo de la frase que en el análisis. Pero el reproche apenas altera la conversación:
el doble rasero ha dejado de ser un punto del temario para convertirse en el eje.
Y hay una capa más. Lo que se dirime no es solo qué se hace con cada problema, sino quién tiene autoridad para decidir cuál es grave. Ahí no hay datos que valgan: hay jerarquías morales.
¿Por qué se presenta como una importación de Estados Unidos?
El diagnóstico de partida sitúa el origen fuera de casa: según esa tesis, la etiqueta llega de
Estados Unidos y allí tiene su vocabulario, sus casos y sus portavoces. Es una forma cómoda de explicar la novedad y, a la vez, de desactivarla: si es importado, es ajeno.
El encuadre tiene un coste analítico. Si todo viene de fuera, no hace falta mirar qué condiciones locales permiten que prenda: qué pasa en universidades, empresas o administraciones para que la etiqueta resulte reconocible. Y esa parte —la única medible— queda sin tocar.
Qué revela que la recopilación siga activa
Un conjunto de memes que se mantiene vivo dice menos de la actualidad que de la función que cumple. Los mensajes de reactivación se repiten —un «arriba» y poco más— y a cada ciclo se suman aportaciones nuevas. Hay quien confiesa el motivo de fondo con una frase que lo resume todo: «qué satisfactorio es estar en el lado de los buenos».
En ese terreno pesa más la certeza moral compartida que cualquier dato. Convive con eso
otra cosa: algunas ramas del intercambio acaban en descalificaciones personales y en comentarios despectivos hacia colectivos, que este medio no reproduce y que no aportan nada al asunto. Cuando falta el argumento, queda el adjetivo.
El problema de medir una etiqueta
Nadie ha cuantificado cuánto de esto hay. Ni cuántas empresas aplican criterios discutidos, ni cuántos cursos se han cambiado, ni cuánto cuesta. La conversación se mueve en el terreno de la percepción, y ahí
cada cual encuentra su ejemplo favorito. Por eso resiste: no hay forma de cerrarla.
La recopilación completa —con sus entradas entre capturas, comentarios y respuestas— incluye series enteras que no citamos aquí. Vistas en orden, explican mejor que cualquier resumen cómo se ha desplazado el foco: de la denuncia política al chiste, del chiste a la bronca y de la bronca al «arriba» para que no decaiga.
Tras todo ese recorrido, el wokismo sigue sin definición operativa. Quizá porque, como etiqueta, funciona mucho mejor sin ella.