Cinco joyerías asaltadas a punta de pistola por falsos curas en Madrid
Que un grupo de delincuentes se disfrace de sacerdotes para robar joyerías no es solo una escena de película: es el último capítulo de una escalada delictiva que combina audacia e ironía. En pleno Madrid, cinco establecimientos fueron asaltados en una misma operación, según fuentes policiales.
Los atracadores, presuntos ciudadanos peruanos según las primeras pesquisas, actuaron a cara descubierta –o más bien, bajo hábitos–, lo que les permitió pasar desapercibidos hasta el momento del asalto. La elección del disfraz no es trivial: en un país de tradición católica, generar confianza o simplemente no levantar sospechas resulta más fácil con una sotana.
El modus operandi recuerda a bandas organizadas que operan en varias capitales europeas, pero la agresividad –pistolas en mano– y la concentración de cinco golpes en un mismo día apuntan a un nivel de planificación que pocos esperaban en la capital española.
Mientras el discurso oficial sobre la inmigración se centra en su aportación económica, los hechos delictivos protagonizados por extranjeros alimentan un debate incómodo. No se trata de estigmatizar, sino de reconocer que las bandas transnacionales están innovando en sus métodos. El sector joyero madrileño sufre el impacto: pérdidas millonarias y un aumento de las primas de seguros que encarecen el pequeño comercio.
Algunos comentaristas han ironizado sobre el hecho de que los falsos curas hablasen castellano y vistiesen hábitos, en contraste con otros perfiles delictivos. La pregunta que queda en el aire: ¿es este un caso aislado o el anticipo de un fenómeno que veremos con más frecuencia? Los datos de criminalidad de los próximos meses darán la respuesta.