Jóvenes de 190 cm a los 18 años: la generación que desborda el gimnasio
Entrar a un vestuario y cruzarse con una fila de chavales que rondan los 1,90 y a los que apenas les ha salido la barba. La escena, contada por quien la vivió en una instalación con pase de un día, ha reabierto una discusión que cada generación repite:
la hornada joven llega más alta y más musculada que la que la precedió. No es nostalgia de cuarentones. Es la impresión que saca cualquiera al verse, de pronto, empequeñecido al lado de críos recién salidos del instituto.
El fenómeno tiene dos caras, y ninguna deja indiferente.
Frente al joven ultramazado aparece su reverso: el chaval igual de alto pero escuchimizado, que no ha tocado una mancuerna en su vida. La generación no se ha vuelto homogénea. Se ha polarizado.
¿Por qué los jóvenes de hoy son más altos?
Los cálculos que se manejan son toscos pero orientativos. Hay quien fija el umbral así:
1,80 m es una altura media-media, y alto de verdad empieza en
1,85 m. Otra impresión, más discutible, sostiene que la generación de los 80 salió más baja que la de los 70. Falta una serie estadística que la respalde, así que conviene tomarla como lo que es, una percepción de vestuario. Lo que sí comparten casi todas las voces es que los chavales de hoy superan, de media, a sus padres.
La explicación más repetida no tiene misterio:
mejor alimentación y menos carencias en la infancia. Más proteína animal, más lácteos, comida disponible todo el año. Es el patrón clásico del desarrollo: cuando mejora la
nutrición, la estatura media sube una generación después. Hay incluso quien apunta a las hormonas de la carne, los huevos y los lácteos como factor de fondo, aunque sin más prueba que la intuición.
Dos modelos de joven: el que entrena y el que no
El corte que más se repite es la rutina. Por un lado, chavales que entran al gimnasio a los 16, empujan hierros, cuidan la dieta y crecen como torres. Por otro, los que hacen cero ejercicio, pasan horas con videojuegos y llegan a la veintena con un cuerpo blando. La propia juventud usa esa división sin complejos: la brecha ya no va tanto de clase como de costumbre.
Ahí entra el factor incómodo que nadie deja de lado: la
mandanga. Se afirma con rotundidad que
hoy se cicla hasta el más pobre, en gimnasios y en carreras populares, y que muchos monitores saben más de potingues que de fisiología. Es una sospecha generalizada y difícil de probar caso por caso, pero la sensación de que buena parte de esos físicos de escaparate no son naturales está instalada en la conversación.
¿Se puede estar fuerte sin levantar pesas?
Sí, según quienes defienden el entrenamiento con peso corporal. La calistenia y la gimnasia deportiva se reivindican como vía válida para alcanzar un físico trabajado sin pasar por la sala de máquinas, y hay quien presume de que
el 90% de su entrenamiento es a peso corporal, con algún día suelto de hierros y una kettlebell para los días de lluvia. No todos lo compran: los veteranos de la sala sostienen que sin carga progresiva el crecimiento se estanca. En medio queda quien compagina las dos cosas y se harta de que, en cuanto se pone fuerte, le digan que no se ponga más grande.
Más músculo, ¿pero también mejor salud?
Aquí el relato se rompe. Una parte del análisis sostiene que
estas generaciones presentan los índices más altos de enfermedades crónicas y pasan por más problemas metabólicos que unos bisabuelos que comieron poco y vivieron hasta los noventa. Que el músculo joven sea más espectacular no implica que el organismo sea más resistente. No hay dato en la conversación que confirme el extremo, pero la intuición de que el físico de portada esconde fragilidad circula con fuerza. La alfitud, se dice, no se mide en centímetros de bíceps.
El argumento de la genética: ¿mejora la especie?
Una corriente más determinista sostiene que la cosa no va solo de comida.
Los nacidos en los 90 tendrían mejor genética, fruto de una supuesta selección en la que los peor dotados dejarían de reproducirse. Es una tesis indemostrada y cargada de prejuicios, y choca con lo básico: el acervo genético de una población no se transforma en una sola generación. Los cambios rápidos que se ven dependen del ambiente, la nutrición y el entrenamiento, no de un supuesto salto evolutivo. Que alguien confunda el efecto del gimnasio con una mejora de la especie es un clásico de estas conversaciones.
La imagen final es la de una brecha que se ensancha. Cada vez más jóvenes rozan el ideal físico de un culturista; cada vez más quedan en el extremo opuesto. Lo que no termina de cerrarse es la causa: alimentación, genética, gimnasio desde la adolescencia o química. Probablemente sea todo a la vez. Y la próxima hornada lo pondrá aún más fácil de ver.
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