Sobran graduados: el ascensor social que se quedó sin plantas
¿Qué pasa cuando un país forma a más universitarios de los que su mercado laboral puede colocar? La respuesta lleva cuatro décadas escritas en nóminas que no suben. Hace cincuenta años, según el planteamiento que abrió esta discusión, tener carrera era la excepción y garantizaba un puesto de mando con sueldo muy por encima de la media: ingenieros y abogados vivían con un nivel que hoy firmarían muchos directivos. Padres y gobiernos empujaron entonces a las siguientes generaciones hacia la universidad con el lema del hijo del obrero que llega al campus. El problema, según este análisis, es aritmético: no había sillones de jefe para todos.
Al multiplicarse los titulados, los salarios de entrada cayeron y la carrera empezó a servir para cubrir puestos que antes ocupaba gente sin estudios, desde una oficina bancaria hasta llevar papeles en una empresa. La generación del babyboom se colocó razonablemente bien, aunque lejos del nivel de los universitarios que la precedieron, porque había crecimiento económico y apenas competencia de veteranos. El desajuste estalló después.
Por qué los millennials encontraron la puerta cerrada
Los millennials estudiaron en tasas algo superiores a las de sus padres, sin salto drástico, pero al entrar al mercado laboral se toparon con dos muros a la vez: la crisis de 2008 recortó la oferta de empleo y, además, ya había titulados veteranos con experiencia ocupando los puestos cualificados. Con la generación anterior también universitaria, la competencia dejó de ser entre iguales y pasó a ser contra toda la escala de edad. El resultado, según este relato, fue una caída de sueldos y un aumento del paro entre titulados, con muchos acabando directamente en trabajos no cualificados, camareros incluidos.
La generación Z hereda el mismo embudo con menos crecimiento todavía. Estudia al mismo ritmo que las tres anteriores, pero se enfrenta a un mercado sin expansión y a una acumulación de competidores senior. La cifra que resume el atasco, según el mensaje inicial del hilo: un 25% de paro juvenil, con la mayoría de jóvenes opositando o emigrando. La conclusión de fondo que se extrae del análisis es sencilla y poco reconfortante: no hay puestos cualificados suficientes para todos los graduados. No hace falta un arquitecto por albañil ni más ingenieros que trabajadores de mono azul.
Las tres salidas que se discuten y por qué ninguna es fácil
La primera propuesta es restringir el acceso a la universidad, recortando plazas. Choca con un problema inmediato: los estudiantes con nota y recursos irían a la privada, como ya ocurre cuando hay más demanda que plazas públicas en determinadas carreras, y eso ampliaría la brecha de clase, porque los más pobres sin nota suficiente se quedarían fuera. La segunda vía es construir una economía que exporte innovación y conocimiento al estilo de Estados Unidos o Alemania, lo que exige inversión masiva y una reestructuración profunda. La tercera, la que ya se está produciendo sin planificar, es el desvío hacia la formación profesional, con jóvenes que renuncian al grado y eligen ciclos.
Sobre el terreno, la conversación deriva hacia el detalle incómodo: hay titulados con matrículas, idiomas y varios másteres que no consiguen el puesto, mientras otro candidato sin apenas formación acaba de encargado por caer bien en la entrevista, según el testimonio de un participante. La selección, se argumenta, ha dejado de medir competencia técnica y mide encaje social. Quien filtra primero no sabe de la profesión; el técnico llega después. Y con excedente de candidatos, nadie elige a un titulado de 35 años sin experiencia pudiendo coger a uno de 22 que tampoco la tiene.
El problema no es solo cuántos, sino de qué
Hay un matiz que cambia el diagnóstico: según un participante, la industria española depende casi en un 50% del automóvil, un sector capaz de producir mucho volumen con pocos trabajadores. La escasa diversidad industrial limitaría el número de empleos cualificados que se generan por cada punto de PIB. No es solo que sobren titulados; es que la estructura productiva no tiene dónde colocarlos. El país vive de bares, hoteles, chirringuitos y funcionarios, resume una de las intervenciones, y con esa base el techo de empleo cualificado es el que es.
El contraste con otros países desarrollados es la parte que descoloca: naciones con más porcentaje de titulados que España siguen importando profesionales de fuera. Si el problema fuera solo la cantidad de graduados, ese flujo no tendría sentido. Algo falla en la demanda, no solo en la oferta.
La jubilación como única esperanza y el riesgo de la IA
No todo es negro por sectores. Según una intervención, en medicina y enfermería hay una avalancha de jubilaciones y el momento es bueno; en ingeniería, entre retiros y menos graduados, también se abren huecos. El diagnóstico variaría según la rama, y eso desmonta cualquier receta única. Lo que no cambia es la advertencia sobre el futuro inmediato: cuando la inteligencia artificial y la robótica se consoliden en la empresa, el número de puestos cualificados que sobrevivirán será otro, según se advierte en el hilo. Y el relato que empujó a todos a la universidad, ese que convertía en fracasado a quien no pisaba un campus, puede repetirse con el siguiente mantra de moda. Si mañana hacen falta fontaneros, no dudéis de que el discurso de la barbacoa dirá que quien no sea fontanero no es nadie. Y volveremos a llenar el mercado de títulos para un puesto que ya no existe.