Alemania: la rebelión virtual que nunca llega a la calle
Un vídeo de un youtuber tunecino anuncia el inminente colapso del gobierno de Scholz y el principio de una revuelta popular en Alemania. Basta asomarse a Berlín para comprobar que la realidad dista de la épica de salón: cuatro manifestantes, mucha policía y pancartas recicladas. El patrón se repite desde los años 90: siempre hay quien vende humo como si fuera la revolución, y siempre hay quien se lo cree.
La industria de la resistencia de usar y tirar
El discurso es siempre el mismo: los alemanes están hartos, el gobierno se cae, las protestas son el principio del fin. Pero cuando se mira la calle, apenas hay movimiento. La llamada «resistencia virtual» genera millones de visualizaciones, pero cero cambios reales. Mientras, el sistema engulle la protesta y la convierte en mercancía: sudaderas de «rebeldía» fabricadas en Bangladesh que se venden a incautos que no han aprendido que el ciclo se repite en bucle desde los 90.
¿Quién hay detrás del altavoz?
No es casualidad que estos predicadores de la revuelta tengan una agenda identificable. El vídeo del tunecino, que a los siete minutos empieza a hablar de ajama e inmi gración organizada, encaja en un patrón conocido: fundaciones con sede en Doha o Riad que financian la expansión del sarracin bajo la apariencia de activismo cultural. La etiqueta de «rebelión» sirve de coartada para vender un mensaje que va más allá de la crítica al gobierno Scholz.
Ciclo de ilusiones y decepciones
La primavera siempre trae consigo promesas de cambio, pero los brotes verdes del BCE y las proclamas de los youtubers se desinflan al mismo ritmo que las alergias. Los mismos que ayer flipaban con la Agenda 2030 hoy se sorprenden de que el sistema siga funcionando exactamente igual: absorbiendo la protesta y devolviéndola empaquetada como mercancía. Mientras tanto, el canciller continúa en su puesto, y los manifestantes se cuentan con los dedos de una mano.
El mito de la rebelión alemana es el último capítulo de una serie que empezó en los 90. Quien no lo haya visto aún, quizá es porque prefiere no mirar.
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