Criar a un hijo durante 20 años: la inversión que nunca da retorno
Imaginen un activo que exige una veintena de aportaciones ininterrumpidas —alimentación, sanidad,
educación, tiempo— y que al vencer no devuelve nada al inversor. Ningún producto financiero sobrevive con ese balance. Y sin embargo se contrata a diario: se llama
tener un hijo. Sobre esa lógica se ha levantado una discusión que, con el foco puesto en las hijas, pregunta si la paternidad es la peor operación que puede asumir un hombre.
El planteamiento es abrupto. Criar a una hija exige, como mínimo,
18 años de dedicación —lectura antes de dormir, actividades extraescolares, alimentación, educación— y ese esfuerzo, sostiene esta corriente, acaba rindiendo en beneficio de un tercero que no participó en él. Quien lo defiende lo resume en una etiqueta: el
pagafantismo definitivo. De ahí salta la conclusión incómoda: que el retorno de formar a una mujer adulta e independiente lo cobra otro.
Por qué la paternidad se plantea como una operación sin retorno
Antes de que existiera la contabilidad, ya existía el cálculo. Se recuerda que una hija bien criada y con buenos genes servía para
asegurar una alianza con otra familia: conexiones, tratos y descendencia sana. En ese esquema de matrimonios pactados el beneficio era doble, porque ambas partes ganaban una red de apoyo. La versión moderna de aquel intercambio, según esta lectura, deja en pie a una sola parte: quien crió a la hija entrega el capital y quien se empareja con ella recibe los intereses.
Otra vía lleva el razonamiento al terreno opuesto. Si se acepta la premisa de que criar a una hija rinde para un extraño, se pregunta, sin ironía, de dónde saldría la siguiente generación si todo el mundo decidiera tener solo varones. Es el punto en el que el argumento empieza a morderse la cola.
La réplica: educar no es invertir
Aquí se parte la conversación. Frente a la contabilidad doméstica se alza un argumento que llega desde varios frentes: una hija no es un activo que se entrega ni un capital que se cultiva. Criar es formar personas para que decidan por sí mismas, y quien mide ese proceso en rendimiento probablemente
nunca crió a nadie.
La objeción más repetida tiene que ver con el lenguaje. Hablar de la vida adulta de una hija en términos de rentabilidad, advierten, dice más del que habla que de la hija. Y aparece una crítica recurrente a la raíz del problema: si una persona adulta elige mal, el fallo no está en su sexo, sino en la educación y el ejemplo que recibió en casa. Los hijos, se insiste, no aprenden de lo que se les cuenta, sino de lo que ven. La solución, desde ahí, no es no tener hijas: es criar con criterio.
¿Por qué acabó entrando el amor romántico en la ecuación?
Porque el asunto derivó hacia las relaciones de pareja. Una parte de las intervenciones sostiene que detrás de todo hay una forma de mirar el vínculo reducida a transacción: si todo se explica por el intercambio, no queda espacio para el afecto estable. Hay quien lo achaca al efecto del porno sobre cómo se interpretan las relaciones reales. La respuesta desde el otro lado es que el enamoramiento existe, pero es temporal, y que la elección de pareja responde a pautas de selección.
El telón de fondo: los hijos cuestan, no rinden
Fuera del ruido, varias intervenciones coinciden en que criar a un hijo no es una operación que devuelva dinero, sea niña o niño. Hay quien sostiene incluso que la vida es más dura para los varones —empleo, precariedad, conflictos—. En cualquier caso, nadie en el debate presenta la crianza como una inversión con retorno: es, vienen a decir, la naturaleza de criar, y se hace por razones que no caben en una hoja de cálculo.
¿Qué se gana realmente criando a un hijo?
Queda lo que no se mide. Vínculo, continuidad, trascendencia. Es el argumento que cierra muchas respuestas y el más difícil de rebatir con números: la familia no funciona como una cartera, y compararla con una inversión es un error de categoría.
Nadie espera intereses de un amigo.
Si el criterio fuera la rentabilidad, ninguna crianza saldría a cuenta. La pregunta, entonces, no es si tener una hija es buen negocio, sino por qué una parte de una generación se empeña en medirlo como si lo fuera.