¿Nos estamos auto-domesticando como los zorros de Belyaev?
¿Hasta qué punto el ser humano está siendo auto-domesticado? El famoso experimento ruso con zorros plateados demostró que en solo ocho generaciones de selección por docilidad, los animales desarrollaron cráneos más pequeños, hocicos cortos y colas enroscadas. El síndrome de domesticación, replicado después en cerdos, perros y ovejas, cambia la fisonomía entera. Y la pregunta incómoda es si la civilización moderna está haciendo lo mismo con nosotros.
Los mecanismos no son sutiles. Un sistema educativo que premia la sumisión por encima del pensamiento crítico actúa como criba darwiniana inversa: los que mejor se pliegan, prosperan. A eso se suma una estructura de poder que, vía sociedades anónimas y dinero fiat-deuda, selecciona a los más dóciles para ocupar los escalones superiores. El resultado, sostienen algunos análisis, es una mutación silenciosa: humanos con menor agresividad, menor volumen cerebral y mayor tolerancia a la autoridad.
La violencia intrínseca de la especie, sin embargo, no ha desaparecido. Se ha canalizado. El deporte de masas, y en particular el fútbol, cumple la función de sustituto de la guerra. Rivalidades que antaño se dirimían con lanzas se resuelven ahora en un campo de césped. Es la misma pulsión, pero embridada. Como apunta una corriente de pensamiento, sin el fútbol habría muchas más guerras.
La paradoja final: la civilización nos ha dado seguridad alimentaria y eliminado gran parte de la violencia física, pero a costa de una maleabilidad que nos acerca más al cerdo doméstico que al jabalí original. Mientras tanto, seguimos matándonos por arengas políticas, demostrando que el instinto agresivo solo cambia de objetivo, nunca desaparece.