La ONU advierte y Haití ya lleva dos siglos sin levantar cabeza
El colapso de Haití no es una amenaza: es el punto de partida. La advertencia de la ONU sobre un país «a un paso» de la desaparición institucional llega cuando el terreno lleva décadas sin un Gobierno que controle nada, y la reacción más extendida no es sorpresa sino un encogimiento de hombros. Es el cansancio de ver la misma alerta repetida cada pocos años, con titulares idénticos y resultados idénticos. La pregunta útil ya no es si Haití va a caer, sino por qué lleva doscientos años cayéndose.
¿Por qué la ONU advierte ahora de un colapso en Haití?
Porque en amplias zonas del país el Estado ha dejado de existir como tal. Como describe uno de los participantes del debate, cuando no hay autoridad central la organización más primaria recupera el mando:
la tribu, la banda, el señor de la guerra local. Las escenas de población asaltando un almacén de comida no son un episodio de desesperación puntual, sino el síntoma de una cadena de suministro que ya no controla nadie. Y por debajo de la emergencia humanitaria hay un problema más duro:
no hay a quién pedirle cuentas.
El paralelismo que más se repite, según ese mismo análisis, es Somalia. También Madagascar, con mucha menos propaganda. El patrón que describen quienes siguen estos procesos es siempre el mismo: primero los grupos armados pelean entre ellos para dirimir quién manda; después, agotada la pelea, llega un esquema federativo bastante estable. En ese punto son las propias bandas las que empiezan a resolver problemas, porque necesitan gasolina, móviles que funcionen y médicos.
El orden no vuelve por la vía del Estado. Vuelve, si vuelve, por debajo.
Dos países, una isla: el experimento de La Española
Haití comparte isla con República Dominicana, y ahí está el contraste que incomoda. Un país levanta un muro a lo largo de toda la frontera; el otro se deshace. El desfase se ha presentado durante décadas como un experimento natural sobre dos modelos de colonización y dos maneras de organizar una sociedad. La tentación de explicarlo todo con la raza sobrevuela muchas conversaciones: hay quien se apoya en el origen de la población para explicar el atraso, mientras otros participantes rechazan ese tipo de razonamientos.
El muro dominicano se plantea, según se comenta en el debate, como una cuestión de supervivencia del país vecino. Hay quien sostiene que sin minas, drones y control marítimo no servirá de nada. Lo que se da por hecho es que Santo Domingo no quiere saber nada del desastre que tiene al lado.
La herencia colonial y la independencia que cambió las tornas
Conviene romper un lugar común:
Haití no era el país más pobre del continente cuando se independizó. Tras la independencia, la población de origen francés fue eliminada del territorio, y entre
1821 y 1844 el nuevo Estado llegó a ocupar la parte oriental de la isla, la futura República Dominicana. El punto de partida no era la miseria absoluta.
Lo que vino después es la historia de dos dictaduras que convirtieron el país en un feudo familiar —Papa Doc, Baby Doc y su policía política— y de un saqueo sostenido durante generaciones. Hay quien subraya que varias ex colonias francesas comparten el mismo patrón de estercolero permanente. Atribuir el desastre solo a la herencia colonial es cómodo. Atribuirlo solo a la incapacidad local es igual de cómodo. Ninguna de las dos explicaciones, por separado, explica nada.
¿Sirve de algo la ONU si solo advierte?
Es la pregunta que recorre cualquier conversación sobre el tema. Las instituciones multilaterales firman alertas, publican informes y convocan ruedas de prensa; después se marchan y el problema sigue exactamente donde estaba. Quienes las critican sostienen que
advertir de los problemas que ellas mismas provocan es una forma elegante de no hacer nada.
Y luego está el factor más incómodo: nadie quiere poner un pie en Haití. Ni los vecinos, ni las potencias, ni los organismos que firman las advertencias. Una intervención internacional tiene mala prensa, cuesta dinero y no da votos. Mientras tanto, el reloj sigue corriendo y las alertas se acumulan sin que ninguna se traduzca en hechos.
Qué puede pasar en Haití a partir de ahora
En el debate se apuntan dos escenarios: uno en el que el país sigue existiendo sobre el papel mientras en la práctica se fragmenta en territorios controlados por actores armados, y otro en el que la crisis termina desbordando a los vecinos por vía migratoria. Entre ambos queda un consenso incómodo, que resume un participante: hay problemas que no tienen solución a corto plazo, y este es, posiblemente, uno de ellos. Con estos mimbres, lo razonable es esperar nuevas advertencias y ningún cambio sobre el terreno. Aunque, por una vez, ojalá nos equivoquemos.