Catorce años de un perro fiel y el duelo que nadie mide
Catorce años es el tiempo que un perro puede llegar a caminar al lado de una persona. También es lo que duró la convivencia de un hombre divorciado con el suyo, la única presencia que, según su relato, le esperaba al volver del trabajo y le hacía una fiesta al cruzar la puerta. El animal murió. No hay hijos y la mayoría de los familiares han fallecido. «Los humanos te suelen fallar. Mi perro nunca lo hizo», resume.
Detrás del desahogo hay una cuestión que rara vez se mira de frente: la muerte de un animal de compañía abre un duelo sin protocolo. Sin funeral, sin baja, sin un pésame oficial. Y llega, muchas veces, a casas donde ya no queda nadie más que lo firme.
¿Cuánto dura el duelo por la muerte de un perro?
No hay un plazo homologable. Los casos que se cruzan en esta conversación van de quien confiesa angustia a los dos días del fallecimiento a quien, nueve meses más tarde, sigue acordándose a diario. Hay quien admite haber pasado más pena por su perro que por algún pariente, después de
doce años de convivencia desde cachorro. Y quien reconoce que se pasó
dos semanas llorando por una perrilla que llegó a casa con un mes y murió a los diez años.
El patrón se repite: la intensidad no depende del tamaño del animal, sino de cuánto tiempo ocupó un hueco concreto. Una casa vacía a las siete de la mañana, un sofá que ya no tiene a nadie sentado entre las piernas. El duelo por una mascota carece de rituales colectivos, y eso lo alarga: no hay velatorio al que invitar a nadie, ni una fecha que el calendario marque en rojo.
Tratar a un perro como un miembro más de la familia
Aquí el acuerdo se rompe de golpe. Una parte sostiene que equiparar el perro a un hijo es un error de base, porque el animal no razona y acaba pagando una expectativa que no le corresponde; tratarlo como a una persona, argumentan, lo vuelve más infeliz que atenderlo como lo que es. La réplica desde el otro lado no discute la biología, discute la jerarquía: hay vínculos que no necesitan traducción, y quien ha convivido con un animal aprende a cuidar, proteger y confiar.
La curiosidad literaria la puso Lord Byron hace dos siglos. Le escribió a su perro Boatswain un epitafio que se ha repetido mil veces:
«fue bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad; tuvo muchas de las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos». No es mala definición de lo que ahora falta en esa casa.
¿Es mejor adoptar en una protectora o comprar en un criadero?
La discusión se plantea entre garantías y necesidad. Desde una postura, los criaderos especializados son la única vía para garantizar salud y comportamiento, y un perro abandonado o cruzado es una lotería: no sabes qué enfermedades congénitas arrastra ni cómo reaccionará ante un niño. Desde la contraria, hay protectoras llenas de animales esperando y la única lotería aceptable es no darles una segunda casa.
Quien defiende el control absoluto añade un matiz incómodo: un animal que ha vivido con personas puede llegar con un trauma —fobia a los niños, por ejemplo— y eso se paga después. Quien defiende la adopción responde que ese historial no es un defecto del perro, sino la factura de haberlo abandonado antes. Entre las dos posiciones no hay término medio: o se compra un origen conocido, o se adopta un pasado que no se puede reconstruir.
Perros de razas consideradas peligrosas: el problema no es el animal
El caso que se cuenta es el de un cruce de pitbull con presa canario que creció en una familia y al que había que sacar casi a escondidas, sin bozal, porque el bozal lo agobiaba. Imponía solo mirarlo, pero era «súper buena». Murió por una enfermedad de cadera. Sobre ese tipo de perros, la línea dura es tajante: si un animal puede llevarse por delante a alguien de una ventolera, su dueño tiene que tenerlo controlado o asumir el sacrificio, y quien no lo hace carga con la responsabilidad.
La respuesta habitual no defiende al perro, defiende la lógica: por esa regla, cualquier propietario irresponsable debería responder antes que el animal. El desacuerdo no está en el riesgo —nadie lo niega— sino en a quién se le cobra.
Gatos, cotorras y otras convivencias
No todo son perros. Un gato llegó a los
diecisiete años con una salud formidable; otro murió antes de los dos años y medio por una enfermedad congénita. Se discute si los gatos son más o menos cariñosos que un perro —hay quien sostiene que son más pegajosos—, y aparece de fondo la imagen de una gata que trajo a sus dos crías por la calle hasta la puerta de casa, acercando a una mientras volvía corriendo a por la otra. También hay quien cría cotorras ninfa, aves longevas y muy inteligentes a las que se acaba cogiendo el mismo cariño.
El mapa de longevidades que deja la conversación es desigual: catorce años de un perro, doce de otro, diez de una perra, diecisiete de un gato. Nadie elige cuánto dura.
La discusión se atasca en el mismo punto donde empezó. Unos creen que humanizar al animal es lo peor que se le puede hacer; otros, que la palabra humanizar solo describe lo que ya sentían antes de que el perro se muriera. Mientras se decide, alguien sigue entrando en casa y tardando unos minutos en notar que ya no hay nadie detrás de la puerta.