Prohibir los deberes: el pulso entre familias, docentes y la IA
¿Tiene sentido prohibir los deberes para casa? La pregunta ya no se responde solo con pedagogía. Detrás hay jornadas de seis horas en el aula, extraescolares que empalman hasta las 20:00, padres que hacen de profesores a la hora de la cena y una inteligencia artificial capaz de resolver el ejercicio antes de que el niño abra el cuaderno. La discusión sobre la tarea escolar se ha convertido, en realidad, en una discusión sobre qué demonios se enseña y para qué.
¿Por qué se pide prohibir los deberes?
El argumento más repetido es el del tiempo. Un niño que madruga, pasa la mañana en clase y vuelve cansado no debería además sentarse a repetir ejercicios: el colegio ya está para educar en lectura, matemáticas y lo demás. Quien defiende esa posición sostiene que la tarea convierte la jornada en algo parecido al trabajo que se lleva a casa, y que el derecho a desconectar después de una obligación diaria no debería ser un privilegio de los adultos.
A eso se suma el estrés y la pérdida de socialización. Hay quien apunta directamente a que los deberes funcionan como un castigo disfrazado de método, y a que las escuelas que menos los mandan no obtienen por ello peores resultados. La crítica de fondo va más lejos: si hay que mandar tarea es porque lo que se hace en el aula no basta, y eso debería preocupar más que la tarea misma.
¿Qué se pierde si se eliminan los deberes?
Nadie discute que el estudio importa. La objeción a la prohibición total es que el cerebro no fija un concepto nuevo a la primera: necesita repetición y práctica tranquila, y eso no siempre cabe en una clase con treinta alumnos. Muy pocos niños son capaces de sacar un curso solo con lo que escuchan en clase, y menos con la atención fragmentada por las pantallas.
Aquí entran el hábito y la disciplina. Se argumenta que hacer tarea enseña a gestionar el tiempo, priorizar y autodisciplinarse, competencias que harán falta después. Un matiz recurrente: los padres no deberían hacer los deberes con los hijos, sino dejar que se busquen la vida. Y otro, más incómodo: si el trabajo de clase se hiciera bien, no haría falta ampliarlo en casa.
La IA ha vaciado de sentido la tarea para casa
Este es el giro que ha cambiado la discusión. Un docente lo resume sin rodeos: no manda deberes porque cualquier cosa que encargue la resolverán con ChatGPT. La herramienta explica, reformula y repite hasta que el alumno entiende, algo que un profesor saturado rara vez puede hacer pupitre a pupitre.
La paradoja es que quien más partido sacó a ese salto lo recuerda con rencor: horas memorizando la tabla periódica como supuesta introducción a la química, cuando ni entraba en el programa, o clases basadas en leer en voz alta y resumir de memoria. Frente a eso, la IA aparece como el profesor particular que nunca se cabrea. Y mientras aquí se discute, la comparación con China, Japón o Corea del Sur se lanza como acusación recurrente.
El factor incómodo: las extraescolares
Hay una tercera vía que desplaza el foco. El problema no serían los deberes, sino la agenda que algunos niños arrastran: colegio, extraescolar, segunda extraescolar, casa a cenar y a dormir. Ni un minuto de recreo. Si el chaval no tiene tiempo para la tarea ni para descansar, la tarea no es la causa, es la víctima.
Ahí la presión señalada es la de las familias que no quieren ser menos que las demás, no la del sistema. Y vuelve la pregunta de siempre: tantos cursos, tantos exámenes y tanto título universitario guardado en un cajón, para qué.
Al final resulta que el problema nunca fueron los deberes. Son el síntoma más visible de un invento que llevamos dos siglos sin decidir si sirve para educar o para aparcar niños mientras sus padres trabajan. Y eso, admitámoslo, se hace mejor sin cuaderno.