Deberes para casa: cuánto aguanta un niño tras seis horas de clase
¿Tiene sentido que un crío que ha pasado toda la mañana en un aula llegue a casa y siga trabajando? La pregunta reaparece con cada curso y vuelve a partir en dos a las familias: para unos, los deberes son una tortura innecesaria; para otros, sin tarea no se aprende nada y media tarde se va en la pantalla. En el fondo no se discute el cuaderno, sino el reloj: cuánto tiempo libre queda después del colegio, las extraescolares y la mochila.
Seis horas de clase y la tarea a las nueve de la noche
El horario es el primer dato incómodo. Mañana lectiva, algunas tardes, comedor y actividades extraescolares dejan a muchos escolares entrando en casa a las 19:00, reventados. Sobre esa base, pedir después cuatro divisiones o una redacción no es refuerzo educativo: es alargar la jornada. La comparación con el mundo adulto la han hecho unos cuantos: en el trabajo se ficha la salida y hasta mañana; en el colegio, la mochila viaja a casa.
Frente a eso, la referencia de lo que muchos recuerdan como deberes razonables: tres o cuatro ejercicios breves por asignatura, veinte minutos por la tarde para repasar lo visto por la mañana. El problema, apuntan, no es la tarea: son las extraescolares. Llegan fundidos y aún les queda cuaderno.
¿Se aprende sin deberes? Disciplina contra descanso
Quien defiende la tarea sostiene que sin ella media tarde se va en vaguear y que los hábitos de estudio se pierden. De ahí salen los ejemplos asiáticos: Japón y Corea con deberes, y una China que, según se afirma, enseña a los niños a manejar inteligencia artificial mientras aquí se sigue memorizando igual que hace cincuenta años. La contrarréplica es que memorizar y entender no son lo mismo.
Enfrente, la lista de lo que se pierde al llenar la tarde: jugar, socializar, estar con la familia, ayudar en casa. Un niño de once años ya madruga y aguanta seis horas de clase; el tiempo libre también educa. De ahí sale la tercera vía, más liberal que prohibicionista: que los deberes sean propuestas voluntarias para reforzar, nunca un «para mañana me traes esto».
El símil del fútbol: entrenar lo que se juega
El ejemplo más repetido para explicar la postura intermedia es futbolístico: ningún entrenador manda a sus jugadores a nadar para mejorar el control del balón; se entrena lo que se hace en el campo. Trasladado al aula, la tarea tendría sentido como repetición de lo ya explicado, no como contenido nuevo que el alumno debe descubrir solo y sin asistencia.
Y aquí asoma la objeción incómoda: si no lo entiende, en casa no hay quien se lo explique. El resultado, según esta lectura, es un mercado paralelo de clases particulares para sacar el curso, con su factura. También se apunta al traslado del modelo escolar a la universidad: la implantación del plan Bolonia, que varios sitúan hacia 2008, trajo trabajos evaluables y asistencia obligatoria, es decir, la lógica del instituto dentro del grado. La pincelada generacional la pone otro cálculo: un licenciado en matemáticas que acabó su carrera en 1979 dominaba un temario que hoy apenas cubriría el primer curso universitario.
Clases particulares y oficios: lo que rodea al pupitre
Mientras se discute si el niño lleva cuaderno a casa, la realidad laboral empuja en otra dirección. La Escuela de Oficios SAMU ha puesto en marcha un programa para menores en paro con cursos de cuatro meses —mantenimiento, pintura, albañilería, jardinería, soldadura, pinche de cocina y auxiliar de apoyo a personas con discapacidad intelectual— que incluyen prácticas en empresa. Dieciséis semanas para tener un oficio.
Y queda la pregunta que nadie cierra: si en el aula no se aprende lo suficiente como para no necesitar profesor particular, el problema no es la mochila, es el sistema que la llena.
Queda, eso sí, la solución que casi nadie defiende en público: no prohibir los deberes, simplemente no mandarlos. Es lo que, según se repite, hacen las buenas escuelas. Pocas, claro.