Deberes hasta las 23:00: la batalla entre memorizar y entender
¿Tiene sentido que un crío siga resolviendo ecuaciones cuando en su casa ya no se oye nada? La jornada arranca a las 7 menos cuarto, se estira ocho horas en el centro y, con tarea encima, termina a las 23:00 sobre el escritorio. Quien defiende suprimir los deberes escolares no habla de comodidad: habla de tiempo libre, de socialización y de derecho a desconectar. Quien los defiende responde con tablas de multiplicar y con un argumento difícil de rebatir: hay cosas que solo entran repitiendo. Entre medias, un dato incómodo: Finlandia dedica el 6,3% de su PIB a educación y España el 4,3%.
¿Cuántas horas de trabajo se lleva un alumno a casa?
El relato de la jornada completa —levantarse a las 7 menos cuarto, salir del instituto a media tarde, seguir con ejercicios hasta las 23:00— no es una rareza estadística: es la descripción que muchos adultos hacen de su propio paso por el aula. Sobre el papel, el alumno ya cumple un horario laboral entero antes de abrir el cuaderno. Sobre el terreno, la descoordinación entre asignaturas multiplica el efecto: cinco profesores, cinco encargos, la misma tarde.
La crítica no va solo de volumen. Se sostiene que la tarea mide en realidad el entorno familiar: quien tiene un adulto en casa que explique, corrige; quien no, acumula retraso. Otra corriente lo dice sin paños calientes y equipara deberes a castigo, recordando que los centros mejor considerados del relato público no mandan nada a casa. En contra juega el argumento menos ideológico de todos: si no se comprueba lo mandado, lo hace una minoría.
Por qué las tablas de multiplicar no se aprenden entendiéndolas
La defensa más sólida de los deberes no viene de la pedagogía, viene de las matemáticas. Ecuaciones de segundo grado, regla de los signos, porcentajes, fórmulas de áreas: procesos que no se interiorizan con una explicación, ni con dos, ni con tres. Hay que ponerse. Lo resume una comparación que circula: uno puede ver una película de Bruce Lee y seguir sin saber kung fu; sin entrenar, la teoría no sirve de nada.
El problema es que ese argumento sirve para justificar cualquier volumen de tarea. Incluso quien pide deberes «muy ligeros y solo para cosas imprescindibles» concede que la memoria es imprescindible para todo. Y hay un segundo frente: la calidad de la clase. Se sostiene que una parte del profesorado no detecta si el grupo asimila, que hay docentes quemados y que la formación inicial no filtra por vocación. Si eso es cierto, la tarea deja de ser refuerzo y se convierte en la clase que no se dio.
Gasto educativo: Finlandia dedica el 6,3% del PIB, España el 4,3%
La comparación internacional es el terreno donde más se resbala. Los datos que maneja este asunto sitúan el gasto público en educación sobre PIB en el 6,3% en Finlandia, el 4,3% en España y el 4,7% de media en la UE. Son dos puntos de diferencia con el modelo finlandés, precisamente el que se cita cuando se habla de colegios sin deberes.
El contrapunto llega desde Asia. Hay quien señala que en China se enseña a los niños a manejar inteligencia artificial mientras aquí se les manda memorizar como hace cincuenta años. Y quien responde con Japón y Corea: sistemas con carga de trabajo alta y resultados altos. Dos relatos que no caben en el mismo titular, y ninguno resuelve la pregunta de fondo.
Deberes voluntarios y el problema de la disciplina
La propuesta intermedia más elaborada consiste en convertir la tarea en sugerencia: en lugar de «para mañana me traes esto», un «quien quiera fijar lo aprendido puede hacer tal cosa esta tarde». La lógica es la del alumno que decide qué hace con su tiempo. Su punto débil, evidente: sin obligación ni control, los hace quien ya iba a hacerlos de todas formas.
A cambio, se argumenta que lo que se entrena con la tarea no es solo el contenido, sino la gestión del tiempo, la paciencia y la capacidad de priorizar. Bajo ese prisma, quitar los deberes no libera al niño: le retira el entrenamiento.
El caso más incómodo para los partidarios de prohibirlos es el de quien se describe como adulto con TDAH: nunca fue capaz de hacerlos, arrastró castigos y notas malas, se pasaba las tardes entre electrónica, programación, piano y deporte, y acabó estudiando Telecomunicaciones. La conclusión que se extrae de su relato no es que la tarea sea inútil, sino que el sistema mide mal lo que aprende quien no la hace.
Del oficio a la asignatura que no se da
Fuera del circuito académico, la formación profesional pura se abre camino por la vía de la urgencia. La Escuela de Oficios SAMU ha puesto en marcha un programa para menores en paro con cursos de cuatro meses en mantenimiento, construcción, jardinería, metal, hostelería y servicios sociales, con prácticas en empresa incluidas.
Es la otra cara de la crítica al currículum: la que sostiene que el sistema enseña materias que no se usan y no enseña las que hacen falta. Hay quien reclama economía básica como asignatura obligatoria y quien pide nociones domésticas. El diagnóstico compartido, aunque las soluciones no coincidan, es que la escuela no está preparando para resolver la vida cotidiana.
La cuenta que nadie cierra
Dos puntos de PIB separan a España de Finlandia, y ese diferencial no se arregla con una circular sobre deberes. Lo único que queda claro es que el sistema manda trabajo a casa a un crío que ya ha pasado ocho horas en el aula, y que nadie ha explicado todavía por qué esas ocho horas no bastan para aprender lo que luego hay que repasar de noche.