La defensa de la monarquía se apaga y ya casi nadie la sostiene
Un rey que pide disculpas por su aspecto tras un acto al sol, un monarca emérito señalado por sus escándalos y una institución que, según el sentir mayoritario de un debate económico, ha perdido el relato que la justificaba. La pregunta que sobrevuela no es si la
monarquía es útil, sino si queda alguien dispuesto a defenderla en público. La respuesta que se desprende del material es incómoda:
casi nadie, y los pocos que lo intentan lo hacen con argumentos que se caen solos.
El detonante fue una imagen. Felipe VI apareció con el rostro quemado por el sol y pidió disculpas por su aspecto. A partir de ahí, el debate derivó hacia algo más profundo: la constatación de que
durante 40 años se alimentó la ilusión de que el rey ejercía un papel moderador o de garante de la unidad del país, un papel que, según el diagnóstico dominante, se ha disipado por completo. La realidad legal siempre fue otra, pero los medios se encargaron de mantener el equívoco.
El rey no puede hacer nada y el Gobierno hace lo que quiere
El argumento central es que un presidente sin mayoría puede actuar con total impunidad mientras el rey asiste como espectador.
La monarquía no defiende a los ciudadanos porque no tiene poder real para hacerlo. Quienes aún la apoyan recurren a la percha y a los idiomas del monarca, lo que en el fondo es una rendición argumental. La institución se ha quedado sin función práctica más allá de la representación.
Hay quien sostiene que la monarquía solo tiene una función real:
perpetuarse. Y para ello hará lo que haga falta, como ya hizo en el pasado. La defenestración pública de Juan Carlos I, señalado por escándalos de corrupción y conducta personal, se interpreta como una operación de limpieza para salvar la institución, no como un ajuste de cuentas.
El problema no es la monarquía, son los Borbones
Una de las corrientes más repetidas apunta a que el rechazo no es tanto hacia la institución como hacia la dinastía concreta.
La gente joven y de mediana edad está hasta el cogote de los Borbones y su degeneración, y eso se extrapola al conjunto. Los defensores que quedan son descritos como tertulianos momificados, tan escasos que los medios se los rifan.
Frente a esto, una minoría defiende la monarquía como
seguro de país: si todo falla, el rey debería comandar hasta volver a la normalidad. Se argumenta que un jefe de Estado que dura décadas conoce a todos los líderes mundiales, mientras los presidentes de Gobierno pasan sin dejar huella internacional. Las repúblicas españolas, se recuerda, acabaron en fracaso.
La república no convence y el sistema tampoco
El contraargumento republicano no sale mejor parado. Se sostiene que
nadie defiende la república salvo los cuatro de siempre, y que sustituir la monarquía por una república presidencialista podría derivar en un presidente vitalicio con más corrupción y nepotismo, blanqueado por los medios. El problema, concluyen algunos, es el sistema, no sus magistrados.
La cuestión territorial aparece como freno: cambiar la Constitución implicaría abrir el melón autonómico, y eso, en el contexto actual, se percibe como un riesgo mayor que mantener la institución. No es entusiasmo monárquico, es miedo al vacío.
El dato histórico que casi nadie conoce (y que era falso)
En medio del debate, alguien atribuyó a los Reyes Católicos la fundación de Ceuta y Melilla como plazas fuertes. La corrección no tardó:
Ceuta fue conquistada por Juan I de Portugal en 1415 y quedó en manos españolas tras la separación de las coronas. Melilla sí fue tomada durante el reinado de los Reyes Católicos. El episodio ilustra cómo se construyen relatos históricos a base de repetición.
El declive que se retroalimenta
La conclusión que se impone es que la monarquía está atrapada en una espiral: los medios airean sus corruptelas, los políticos la atacan, y la institución ha visto recortadas sus funciones hasta la nada.
Ni siquiera Revilla la defiende ya, lo que para muchos es la señal definitiva. La pregunta no es si caerá, sino cuándo y a cambio de qué.