Guía del turista sostenible: así se prepara el terreno para tasas y restricciones
Un reportaje firmado por Valentina Raffio en El Periódico, titulado «Guía del turista sostenible» y con veinte consejos para viajar respetando el planeta, ha puesto sobre la mesa algo más que recomendaciones ecológicas. El texto pide minimizar el uso del avión, apostar por el tren, alojarse en hoteles con paneles solares y no imprimir billetes. Lo que en teoría es un manual de buenas prácticas se lee en clave económica: hay quien sostiene que es el ensayo de un régimen sancionador que llegará en tres o cuatro años.
El decálogo incluye desde botellas de cristal hasta evitar el cambio diario de toallas, pasando por no llevarse piedras de la playa de las palomitas, en Canarias, o no apilar piedras en los ríos. Nada de esto es obligatorio hoy. La discusión no es si está bien reciclar, sino quién paga la fiesta cuando la recomendación se convierta en decreto.
De la recomendación a la multa: el calendario que se baraja
El punto de fricción está en la letra pequeña. En el análisis que circula se apunta a un decreto ley preparado para septiembre y diseñado, supuestamente, con el lobby hotelero para eliminar la competencia de los pisos turísticos ilegales. La tesis es que el sector reglado quiere menos intrusos y que la sostenibilidad es el envoltorio perfecto para conseguirlo.
Hay quien va más lejos y sitúa el horizonte en 2030: solo los ricos cogerán avión y tendrán coche particular. Es una predicción, no un dato, pero encaja con la dirección de los consejos.
La guía no prohíbe nada; prepara al personal, que es distinto.
El tren vuelve al centro del debate
La parte más concreta del intercambio tiene que ver con el ferrocarril. Frente al avión, se reivindica el coche-cama como alternativa real para larga distancia. El problema es el precio y la oferta: los trayectos nocturnos han ido desapareciendo y la alta velocidad no cubre todos los corredores.
La comparación con China es recurrente. Allí existen trenes cama modernos para gente corriente, con literas y cortinillas, mientras que en España el coche-cama clásico se recuerda como un producto de otra época.
El cálculo que se maneja es sencillo: dos noches de tren sustituyen dos de hotel, pero la tentación de meter ocho asientos donde caben cuatro literas es demasiado grande.
¿Quién se va a pasar esto por el arco del triunfo?
La respuesta más repetida es que la mayoría. Se argumenta que la gente seguirá viajando igual hasta que lleguen las multas, como ocurre con los coches diésel en Barcelona. La presión no vendrá del convencimiento, sino del bolsillo.
En paralelo aparece la crítica clásica: los mismos que piden moderación viajan en avión privado.
La ejemplaridad de los cargos públicos se pone en cuestión y ese argumento desactiva cualquier campaña de concienciación.
El turismo que ya se está frenando
Más allá de la guía, el contexto apunta a un enfriamiento. Las reservas se frenan en varias comunidades y los precios de la costa española compiten con destinos lejanos. Hay quien sostiene que volar a China dos semanas sale más barato que una quincena en Torremolinos.
La paradoja es que la sostenibilidad llega cuando el turismo ya no da para estos precios.
La guía no crea el problema; lo ordena. Y de fondo queda la pregunta: si viajar vuelve a ser un privilegio, ¿quién decide quién sube al tren?