Sol, ante una supuesta amenaza de asalto ultra que muchos ponen en duda
¿Hay un asalto convocado en la Puerta del Sol? La información que ha puesto el asunto sobre la mesa asegura que grupos de ultraderecha se organizan en redes sociales para asaltar la acampada de Sol y desalojar a los activistas, según lo publicado por
El País. No hay identidad de convocantes, ni número de asistentes, ni prueba exhibida de que la cita exista. Sobre una base tan fina se ha montado una trifulca que va mucho más allá de la plaza.
Qué se sostiene sobre la convocatoria de asalto a Sol
El punto de partida es un aviso difundido por canales digitales: una supuesta coordinación de simpatizantes ultras para reventar el campamento. Nada más. Lo que sigue no es un plan con nombres y horas, sino una sospecha con formato de titular. Y ahí arranca el problema, porque el episodio se discute menos como amenaza que como invención.
La duda no es ociosa. Una acampada, unos activistas y un aviso lanzado a través de la red no constituyen por sí solos una prueba de que exista un contingente dispuesto a presentarse en la plaza. Lo único verificable, de momento, es que la palabra asalto circula.
Las tres lecturas del mismo aviso
El escepticismo manda. Se sostiene que no hay constancia de grupos organizados dispuestos a liarse a golpes con los acampados por una cuestión de alquileres, y que los episodios de caza contra migrantes u homosexuales que se citan como precedente pertenecen a otras décadas. Desde ahí, la convocatoria es, literalmente, una película montada en la cabeza de quien la difunde.
Una segunda lectura es abiertamente conspirativa: la operación respondería a un interés político de fabricar relato, con dedos apuntando al Gobierno. Es la hipótesis más repetida y la que menos aguanta, porque quien la lanza no aporta más prueba que su propia sospecha.
Queda una tercera vía: tomarse el aviso en serio. Confiar en que todo se queda en una publicación es cómodo hasta que deja de serlo.
Cacerías que no se registran y otras que se niegan
El argumento más socorrido contra la alarma es histórico: se afirma que no constan expediciones organizadas contra migrantes ni contra homosexuales desde los años 90, de modo que resulta difícil creer que ahora un puñado de ultras se coordine por el precio de un alquiler. Es un razonamiento circular —que no haya ocurrido no implica que no pueda ocurrir—, pero explica por qué buena parte del público recibe el aviso con una ceja levantada.
Conspiraciones, psyops y una falta de ortografía
No faltan las teorías sobre servicios de inteligencia y operaciones psicológicas que estarían alimentando el montaje. No hay ninguna prueba de ello y su único respaldo es la coincidencia de sospechas: exactamente el tipo de razonamiento que convierte un rumor en certeza sin pasar por el dato.
En el capítulo anecdótico, varios mensajes se enredan corrigiendo la palabra lacrimógeno —escrita como lagrimojeno— como si el error ortográfico desmontara la noticia. Y un participante llega a proponer desalojar el campamento a base de residuos —heces, orina, bombas fétidas— para hacerlo inhabitable sin llegar a las manos. Es la versión casera y repugnante de una limpieza de plaza.
Nadie discute ya los datos, porque no hay. Se discute la intención. Y si al final no pasa nada, la noche habrá servido para confirmar a cada bando en lo que ya creía antes de empezar.