Argelia cierra el gasoducto que lleva a Tarifa el 25% del gas
Argelia cierra el domingo el gasoducto que lleva hasta Tarifa el 25% del gas que consume España. El anuncio, en plena crisis diplomática con Marruecos, ha disparado las especulaciones sobre un apagón nacional. Y ahí entra en escena el dato que ordena todo el ruido: según un cálculo que circula en el debate, las reservas estratégicas dan para **40 días sin importar un solo metro cúbico de gas**. A partir de ahí, cada cual hace su película.
La más ruidosa es la del sabotaje. Hay quien sostiene que un atentado contra el tramo argelino dejaría al país a oscuras y que el Gobierno entraría en pánico. El problema de esa tesis es que **Argelia ya ha cerrado el grifo por decisión propia**, sin necesidad de explosivos, y el suministro alternativo vía Marruecos existe desde hace años. Reparar una tubería no es una obra faraónica: se han hecho sustituciones de tramos en reiteradas ocasiones.
Cuánto gas le queda a España sin Argelia
El cálculo que circula es sencillo y algo incómodo. Con las reservas actuales, el país aguanta 40 días cubriendo el 100% de la demanda sin recibir nada de fuera. Si se pierde el 25% del suministro, ese colchón se estira o se encoge según lo que se tire de almacenamiento en los momentos de precio alto. Traducción: **el gas se encarece** y la factura la paga el consumidor antes que el apagón.
Hay quien recuerda que en septiembre una eléctrica vació pantanos aprovechando que el precio iba a subir al mes siguiente. Los embalses funcionan como batería para estabilizar precios, no solo como reserva de agua. Aquella maniobra, según esta lectura, fue una jugada de mercado que nadie ha llevado a los tribunales.
El escenario del sabotaje: quién gana y quién pierde
La hipótesis del atentado tiene una variante geopolítica que sí merece atención. Hay quien plantea que si alguien volara el gasoducto, la reparación se complicaría por seguridad de los trabajadores, y España tendría que militarizar la zona para asegurarla. Eso implica a Argelia y a Marruecos en un conflicto abierto, y ahí el gas no vuelve en semanas.
El escenario más citado apunta a Marruecos como autor, lo que desataría una guerra con Argelia y dejaría el tubo roto mucho tiempo. La otra cara es la sospecha interna: un apagón controlado, tipo Venezuela, con apagones periódicos y fuerzas de seguridad vigilando que nadie se salga del tiesto. Entre ambas, la más repetida es la del bulo: llevamos años con anuncios de catástrofe que nunca llegan.
Por qué se habla de apagón y no de subida de precios
El relato del apagón tiene una función concreta: mantener al personal en tensión. Hay quien sostiene que el bombardeo de amenazas —apagón, escasez, crisis— sirve para que la gente acepte medidas que en frío rechazaría. Y de paso, para justificar recortes de consumo y de libertades.
La alternativa técnica existe y es aburrida: comprar electricidad a Francia, gas a Rusia o negociar con Argelia. El problema es que ninguna de esas vías es barata ni rápida. La nuclear aparece en la conversación como la única
energía que garantiza soberanía y precio estable, lejos del mar, de volcanes y de fallas. La autosuficiencia energética, vaya, sigue siendo la asignatura pendiente.
El bulo del atentado y el negocio del miedo
El patrón se repite: una filtración, un aviso, una fuente fidedigna que no se identifica. Y siempre con la misma estructura —puede ocurrir o no, pero yo tengo información—. Es el formato clásico del bulo energético, ese que lleva años anunciando el colapso sin que llegue nunca.
Mientras tanto, el debate real es otro: **quién paga el gas más caro**, quién se beneficia de que los pantanos se vacíen antes de una subida y por qué el precio de la luz no baja cuando las reservas están llenas. Eso no sale en los titulares de pánico.
El dato que descoloca no es el apagón. Es que, con 40 días de reservas y un 25% menos de suministro, el sistema aguanta. Lo que no aguanta es la factura.