Thyssenkrupp recorta 11.000 empleos: el acero verde no salva la siderurgia alemana
La mayor siderúrgica de Alemania pasa de 27.000 empleados a 16.000. Thyssenkrupp Steel Europe anunció la eliminación de 11.000 puestos de trabajo, el 40% de su plantilla, y una rebaja de capacidad de 11,5 millones de toneladas anuales a entre 8,7 y 9. La empresa lo atribuye a la debilidad de la demanda mundial de acero, a las importaciones baratas de Asia y a unos costes energéticos que se han comido el negocio. El detalle incómodo: el proyecto estrella de descarbonización, la planta de «acero verde» de Duisburgo, sigue en pie pero con dudas internas reconocidas por la propia compañía.
Qué ha anunciado exactamente Thyssenkrupp Steel Europe
El plan industrial reparte el golpe en dos tandas.
5.000 empleos desaparecerán hasta 2030 mediante reestructuraciones en producción y administración. Otros 6.000 saldrán de la empresa a través de la cesión a firmas de servicios externos o la venta parcial de negocio. El jefe de la acerera, Dennis Grimm, lo justificó con la necesidad de «optimizar y racionalizar exhaustivamente» la red de producción para adaptarse al mercado.
En paralelo, la matriz Thyssenkrupp impulsa la independencia de la división siderúrgica. El multimillonario checo Daniel Kretinsky, a través de EPCG, controla ya un 20% y subirá al 50% en una próxima etapa. La compañía lleva tiempo bajo presión: importaciones asiáticas baratas, costes altos y demanda floja.
El acero verde que no cuadra las cuentas
El gobierno federal y el estado de Renania del Norte-Westfalia subvencionan con
2.000 millones de euros una planta de reducción directa para producir acero con hidrógeno. Según informaciones publicadas en medios alemanes, dentro de la empresa se llegó a considerar abandonar el proyecto. La versión oficial ahora es que se mantiene la construcción, mientras se mantienen «conversaciones constructivas» para garantizar su viabilidad económica en un marco que cambia rápido.
Ahí está el nudo del asunto. Producir acero con hidrógeno es más caro que producirlo con carbón, y el sobrecoste no lo absorbe un mercado que compra a China. La subvención tapa la factura un tiempo; no la elimina.
El gas ruso, el Nord Stream y la factura energética
Buena parte del análisis apunta a una decisión política previa: Alemania renunció al gas ruso barato, su principal ventaja competitiva durante dos décadas, y con él se fue la base sobre la que se levantó su industria. La voladura del Nord Stream aparece en la conversación como el símbolo de ese punto de no retorno, sin que se haya señalado un responsable.
Hay quien sostiene que el problema no es solo energético. La percepción social contraria a la industria pesada —el ruido, el humo, el olor— empuja cierres y frena inversiones. Un ingeniero lo resume con una escena cotidiana: vecinos llamando a la consejería de medio ambiente por vapor de agua, mientras la fábrica que huele está a kilómetros de distancia.
La sombra de la desindustrialización española
El eco del caso alemán resuena en España con amargura. Varios mensajes recuerdan que la reconversión industrial de los años ochenta arrasó la siderurgia y el tejido fabril español, y que entonces se vendió como modernización. La pregunta que sobrevuela es si Alemania está recibiendo ahora el mismo tratamiento que se aplicó aquí, con la diferencia de que allí aún queda algo que perder.
El contraste con China cierra el círculo. Mientras Europa cierra hornos y subvenciona prototipos, el país asiático reduce emisiones sin desmantelar su industria. La conclusión que se repite: la transición energética se ha diseñado como un ejercicio moral, no como un plan industrial.
Qué pasa con los 11.000 trabajadores
Los despidos no son inmediatos: se escalonan hasta 2030 y parte de la plantilla se recolocará en empresas de servicios. El sector armamentístico alemán, con Rheinmetall a la cabeza, aparece como destino parcial de esa mano de obra, tras dispararse el gasto militar. Es la paradoja del momento: la industria que se apaga por verde se enciende por la guerra.
¿Se puede revertir? Nadie en la conversación tiene la respuesta. Lo que sí está claro es que una planta de acero no se levanta en dos años, y que cada cierre es irreversible.