El piropo que sube de «Charito» a «reina» en dos mensajes
Un espacio que se presenta como educativo. Esa es la primera paradoja: la conversación arranca con una broma sobre una langosta y acaba, ya en 2026, en una escalera completa de piropos no deseados —el diminutivo, el «reina», el «mi amor»— con anuncio de denuncia incluido. Entre un extremo y otro no median semanas de hostigamiento: median unos cuantos mensajes encadenados. Y un repertorio tan gastado que da vértigo.
Del «cortejo feminista y transversal» a la proposición explícita
La primera propuesta llega con envoltorio: cortejar «respetuosamente» y «de manera feminista y transversal», con presentación del remitente incluida. La respuesta es un no y un reproche al paquete. Eso no es cortejo, viene a decirse, es
gramática de seducción reciclada, un
mansplaining con purpurina. La etiqueta política funciona ahí como papel de regalo: no cambia el contenido. Y el contenido se destapa rápido:
dos mensajes después aparece una proposición sexual explícita, directa y sin margen, que recibe un «NO» en mayúsculas. El registro tiene su propia música: el «cielo», el
cómo está el patio repetido como estribillo y un «dato mata a relato» invocado sin dato a la vista.
¿Por qué molesta el diminutivo «Charito»?
Porque el nombre propio es el primer terreno que se defiende. «Yo me llamo Charo. CHA-RO», se reivindica frente al «Charito» y al «Charito de mis entretelas», y el argumento no es de vanidad: el diminutivo coloca a una desconocida en el sitio de la vecina del quinto. Ese es el diagnóstico que se sostiene en la conversación, y encaja con el resto de la escalera. Del mote se pasa al halago de saldo —
«reina», «mi amor»— que, según la misma lógica, no endulza: tapa la boca. Condescendencia con azúcar, paternalismo con diminutivo. Dos formas del mismo gesto.
Cuando el «no» se traduce como discriminación
El punto ácido llega al recodificar la negativa. Tras el rechazo, la acusación: discriminación por ser una persona trans, más el anuncio de una denuncia —
«denunciada estás»— que en el intercambio no pasa de ser un mensaje, sin escrito, trámite ni procedimiento a la vista. La contrarréplica no discute la identidad de nadie: discute el uso que se hace de ella. Convertir un no en prueba de discriminación, se argumenta, es chantaje emocional, y deja a quien lo recibe sin réplica posible. El nudo no es menor: el derecho a no ser acosada y el derecho a no ser discriminada acaban usados como armas en la misma conversación, y cada uno desactiva al otro.
Lo que queda es la escena: un rincón que se quiere educativo, una broma de langosta y un manual de cortejo que se recicla con vocabulario nuevo cada temporada. Cuántas conversaciones así hacen falta para que el envoltorio deje de funcionar es la pregunta que abre el siguiente mensaje. Y sigue sin respuesta.