Google despide a 30.000 personas y la IA no crea empleo
Hay una cifra que se repite en los mentideros económicos desde hace días:
30.000 despidos en Google. La compañía no ha confirmado oficialmente el alcance de la medida, pero el dato circula con fuerza y ha encendido una pregunta incómoda: si la
inteligencia artificial iba a crear millones de puestos de trabajo, ¿dónde están? La respuesta que emerge del análisis no es tranquilizadora. La IA, de momento, está sirviendo para recortar plantilla, no para ampliarla. Y los primeros damnificados no son los ingenieros, sino los departamentos que parecían intocables.
El departamento comercial, en el punto de mira
El consenso más repetido apunta a que el grueso de los despidos no viene de ingeniería, hardware o software.
El golpe se lo lleva ventas. Concretamente, el equipo de publicidad, ese que durante años se creyó a salvo por aquello de las habilidades blandas y el trato con el cliente. La ironía es amarga: los perfiles que se mofaban de los ingenieros por su supuesta rigidez son ahora los que ven peligrar su puesto. La IA generativa ya redacta propuestas comerciales, segmenta audiencias y optimiza campañas sin necesidad de un ejército de comerciales.
Hay quien sostiene que Google es una empresa patética como compañía, que sigue las pautas de otras tecnológicas y que arrastra una estructura inflada. Por cada buen trabajador, dice esta corriente, hay cien detrás posteando en internet o jugando. La política de contratación de los últimos años, basada en cuotas de diversidad antes que en el mérito técnico, habría dejado un poso de mediocridad que ahora se purga. Es una opinión dura, pero circula sin complejos.
¿Es la IA la causa real o una excusa?
No todos compran el relato oficial.
La tecnología de IA aún no está suficientemente madura, argumentan algunos. Los modelos actuales tienen una comprensión superficial de las cosas, no entienden el contexto como un trabajador medio. Poner a la IA a gestionar procesos complejos sin supervisión humana es receta para el desastre. Así que la excusa de la IA serviría para justificar despidos que responden a otras razones: corrección de excesos de plantilla, presión de los inversores, fin de la época de vacas gordas.
El cálculo más optimista asume que la IA liberará a los trabajadores de las tareas repetitivas y creará nuevos empleos, como hicieron los tractores en la agricultura o los robots en la industria. El escenario pesimista parte de que esta vez es distinto: la IA no solo sustituye músculo, también sustituye criterio. Y ahí el margen de reconversión se estrecha.
La infraestructura que no se ve
Para entender por qué Google necesita a tanta gente, hay que mirar lo que no se ve.
Tres millones de servidores, más de dos billones de búsquedas anuales, miles de millones de usuarios. Que una búsqueda devuelva resultados en 0,3 segundos no es magia. Detrás hay un pifostio tecnológico de dimensiones colosales: centros de datos, cables submarinos, sistemas de refrigeración, seguridad, mantenimiento. ¿Se puede gestionar eso con 1.000 personas? No. ¿Con 10.000? Tampoco. La pregunta es cuántas de las 30.000 que sobran hacían algo realmente necesario.
La otra cara de la moneda es la atención al usuario. Cuando te bloquean una cuenta, no hay manera de contactar con un humano. Si Google tiene 160.000 empleados, ¿cómo es que nadie contesta? La paradoja alimenta la tesis de que hay mucho relleno organizativo y poca sustancia operativa.
El efecto dominó en el mercado laboral
El impacto no se limita a Google.
En Nueva York, los sueldos informáticos han caído un 30% en seis meses. La competencia por cualquier puesto es feroz. Un director de informática con años de experiencia manda sesenta currículums y recibe cuatro respuestas; de dos ofertas, una es 10.000 euros por debajo de lo pedido. Hace seis años, ese mismo perfil encontraba trabajo en dos semanas. El mercado se ha dado la vuelta.
El fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos. En España, la sensación es similar: menos ofertas, más exigencia, salarios a la baja. La IA acelera la productividad de los que quedan, pero expulsa a los que sobran. Y los que sobran son muchos.
¿Qué pasa con los despedidos?
Aquí es donde el debate se vuelve más áspero. Una corriente defiende la
renta básica universal como respuesta lógica: si la IA produce bienes las 24 horas, alguien tendrá que consumirlos. Sin consumidores, el sistema colapsa. La objeción es igual de contundente: no hay dinero para pagar una RBU a millones de parados sin destruir la economía. Otra corriente, más siniestra, sugiere que la solución pasará por reducir la población. Es una hipótesis extrema, pero refleja la desesperanza de un debate que no encuentra salida.
Mientras tanto, los despidos siguen su curso. Google no ha detallado a quién afectan exactamente ni cuándo se ejecutarán. La compañía guarda silencio. Los sindicatos, si los hay, no han movido ficha. Y los 30.000 empleados que se quedan en la calle descubrirán pronto si el mercado laboral tecnológico todavía tiene sitio para ellos.
La pregunta no es si la IA destruirá empleo. La pregunta es si alguien está haciendo algo para gestionar el que ya está destruyendo.