Un general ruso admite en la prensa que la guerra no va según lo previsto
¿Cuánto puede aguantar una ciudad convertida en fortaleza? El coronel general Vladímir Chirkin, ex comandante en jefe de las Fuerzas Terrestres de Rusia, respondió a esa pregunta en una entrevista concedida al diario
Komsomolskaya Pravda al cumplirse un mes del inicio de la operación militar. Su respuesta no fue un parte de victoria: admitió que algunas tareas operativas hay que resolverlas «desde cero» y que cualquier plan puede cambiar radicalmente en cuestión de horas o días. La entrevista, publicada en el principal medio ruso, dibuja un escenario de guerra urbana lenta, con reagrupamientos constantes y peticiones de aviación y artillería adicionales.
Qué dijo exactamente el general Chirkin sobre Stalingrado
El general recurrió a la Segunda Guerra Mundial para explicar la dificultad de tomar núcleos urbanos. Recordó que un ejército alemán de 300.000 hombres no logró doblegar Stalingrado, que hubo calles que se cruzaron de un lado a otro durante dos meses y que la casa de Pávlov nunca fue tomada. También se preguntó por qué no cayeron Leningrado ni Vorónezh. Su conclusión: luchar en la ciudad es «un trabajo muy difícil, arriesgado y sacrificado».
La comparación tiene doble filo. Por un lado, reconoce al adversario una capacidad de resistencia que el relato oficial tiende a minimizar. Por otro, equipara a los defensores ucranianos con los defensores soviéticos de Stalingrado, un detalle que no pasó desapercibido entre quienes leyeron la entrevista con lupa.
Cómo se toma una ciudad fortificada: asedio, corredores y artillería
La conversación derivó rápidamente hacia la táctica. La corriente más repetida es la del cerco clásico: cortar agua, electricidad y suministros, abrir corredores humanitarios para que salga la población civil y reducir la resistencia antes de entrar. Quien no sale del cerco, viene a decirse, deja de ser tratado como no combatiente. Hay quien va más allá y habla de bombardear durante semanas hasta que la ciudad se rinda o quede una resistencia mínima.
El contrapunto llega desde quienes señalan que ese guion ya no se aplica igual. Un ejército moderno puede arrasar Kiev, pero a costa de cientos de miles de civiles y de convertir la capital en un páramo sin valor estratégico. Ese precio, sostiene esta lectura, ningún Estado lo asume hoy. La matización sobre Mariúpol apunta en la misma dirección: se discute si la ciudad quedó arrasada o si la estructura de la mayoría de los edificios sigue en pie, con la comparación inevitable con Stalingrado, Berlín o Dresde.
El pulso entre el asedio lento y la negociación
Otra línea de análisis sostiene que la estrategia rusa no busca tanto la conquista física como el desgaste: ganar posiciones poco a poco, causar las mínimas víctimas civiles posibles y esperar a que el gobierno ucraniano entienda que cada semana que pasa negocia desde una posición más débil. La toma de ciudades sería, en ese esquema, una palanca para la mesa de paz, no un fin en sí mismo.
Frente a eso, la objeción es de calendario. Cercar del todo una ciudad grande exige tiempo y hombres, y los suministros siguen entrando mientras el cerco no se cierra. De ahí la pregunta que sobrevuela toda la discusión: cuántas semanas puede sostenerse ese ritmo antes de que el desgaste se vuelva contra quien asedia.
De Madrid a Stalingrado: el precedente que se cita y el que se olvida
La comparación histórica se estiró hasta la Guerra Civil española. Se recordó que Franco tomó Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga, Bilbao, Tarragona, Toledo, Alicante, Santander, Murcia, Gijón y Avilés en menos de tres años, y que entre aquella contienda y Stalingrado solo pasaron tres años. El argumento sirve para relativizar la dificultad de la guerra urbana según la época y los medios disponibles.
También apareció Roma y su conquista peninsular, con la idea de que quien domina el conjunto del territorio acaba absorbiendo el último reducto. La discusión sobre por qué los alemanes se empecinaron en Stalingrado en lugar de ocupar el resto del país tuvo su respuesta: era el puerto fluvial y la única ciudad de gran tamaño en cientos de kilómetros a la redonda, y avanzar hacia el Cáucaso dejando esa amenaza en el flanco era una temeridad que ningún profesional de la milicia contempla.
El mes que cambió el relato
El primer mes de la operación dejó un reguero de correcciones sobre la marcha. Se dio Kiev por caída y un mes después las tropas se retiraban del norte. Se atribuyeron a Rusia reservas para tres días de combustible, munición y comida, y la cifra se repitió sin cumplirse. Mientras tanto, el pulso energético se trasladó al pago del gas en rublos y a la búsqueda europea de fórmulas para sortear sus propias sanciones.
En ese contexto, la entrevista del general Chirkin funciona como un ajuste de expectativas. No anuncia una victoria rápida. Explica por qué no la habrá. Y deja al lector con la duda de si el Estado Mayor ruso comparte ese realismo o si el general habla por quienes ya han visto el coste de la campaña.
Al final, la pregunta sigue siendo la misma que al principio: cuánto resiste una ciudad cercada. La respuesta, un mes después, es que nadie tiene prisa por entrar.