¿De qué vive Gaza? 5.000 habitantes por km² y cero industria
Gaza es una de las densidades de población más altas del planeta:
5.000 habitantes por kilómetro cuadrado y 2.047 millones de personas hacinadas en un territorio sin apenas industria, sin campos de cultivo y sin ganadería. La pregunta que abre el asunto es tan elemental como incómoda: ¿de qué ha vivido esa población durante décadas? La respuesta corta es que de fuera. La larga implica ayuda internacional, trabajo en Israel, impuestos que pasan por manos israelíes y una economía de túneles que nunca fue un sistema productivo normal.
La ayuda internacional como principal fuente de ingresos
El grueso de la supervivencia gazatí ha dependido históricamente de la
caridad internacional canalizada a través de organismos y de las propias estructuras de poder locales. Se argumenta que Hamás controlaba la distribución de esa ayuda, lo que convertía cada camión de alimentos y medicinas en moneda política. Hay quien sostiene que sin esa entrada constante de recursos externos la Franja no habría podido sostener su crecimiento demográfico. En contra pesa el dato de que la población se ha multiplicado en pocas décadas, pasando de unos
500.000 habitantes hace cuarenta años a más de dos millones en la actualidad, con una media de cinco hijos por mujer.
El trabajo en Israel y los impuestos que decide el vecino
Un porcentaje relevante de la población gazatí trabajaba en Israel, cobrando salarios muy inferiores a los israelíes y sosteniendo con su mano de obra barata parte de la economía del entorno. Los acuerdos de Oslo establecieron que
los impuestos recaudados debían entregarse a Israel, que decidía cuándo y cómo transferirlos para pagar a maestros, médicos o funcionarios. Es decir, la nómina pública de Gaza dependía del calendario político del vecino. Cuando empezó la violencia, primero se restringió el paso de trabajadores y después se cortó del todo.
La ciudad subterránea y la industria de la guerra
La otra economía visible es la de los túneles. Se discute si su función era militar, de contrabando o ambas cosas, pero nadie niega que movilizaba recursos, materiales y mano de obra. Hay quien señala que ese esfuerzo de construcción subterránea consumía cemento y dinero que podrían haber ido a infraestructura civil. La electricidad y el agua, mientras tanto, las provee Israel, que las cobra y las corta cuando lo considera oportuno. Es un modelo de dependencia casi perfecto: no produces lo que consumes, no decides lo que pagas y no controlas lo que sale.
¿Por qué no se ha desarrollado una economía normal en Gaza?
Porque el marco no lo permitía. Gaza no puede exportar nada sin pasar por Israel, que actúa como intermediario y se queda una plusvalía en el camino. Los empresarios israelíes se beneficiaban de una mano de obra barata que no podía irse a otro sitio. Al mismo tiempo, la fragmentación política palestina y el enfrentamiento entre facciones impidieron construir un Estado funcional que gestionara aduanas, moneda o política fiscal. El resultado es un territorio que produce muy poco y consume mucho, sostenido por fuera y gobernado por estructuras que no rinden cuentas.
El fin de la ayuda y el rebote del gato muerto
Cuando la violencia se intensificó, el flujo de trabajadores y de fondos se interrumpió. La economía israelí también se resintió, según algunas voces, por la pérdida de esa mano de obra barata, y se buscaron sustitutos en trabajadores indios que, a diferencia de los gazatíes, tienen un Estado detrás que los respalda. La discusión sobre si la economía israelí crece un 3,4% tras caer un 20% es un ejemplo de cómo se leen los datos según convenga: para unos es recuperación, para otros es simple rebote estadístico.
Lo que queda claro es que Gaza nunca fue un sistema económico autónomo. Fue una economía de transferencias, de túneles y de trabajadores sin derechos, sostenida por la ayuda exterior y por la conveniencia del vecino. Con esos mimbres, cualquier predicción sobre su futuro es más un ejercicio de fe que de análisis.