Manzikert y el juicio a mil años de historia bizantina
Un imperio que sobrevivió mil años a la caída de Roma arrastra fama de mediocre. El planteamiento es tajante: Bizancio solo brilló con Justiniano, y lo hizo gracias a la
inercia de Roma, no a méritos propios. A partir de la derrota de
Manzikert frente a los turcomanos, sostiene esta lectura, arrancó una decadencia larga y sin retorno. La discusión deriva pronto a la comparación con otros imperios.
La primera corrección llega por la vía cronológica. Hasta el siglo VII el imperio aguantó bien; entre el VII y el XII su desarrollo fue aceptable, y a su lado hubo proyectos mucho peores. Otra corriente apunta que el desplome real es posterior: a partir del
siglo XIII el imperio sí era un desastre, pero porque lo habían destrozado antes. Y en el debe del juicio queda un activo incómodo: Bizancio cristianizó a los eslavos orientales, un legado que en el debate se extiende a toda la Europa oriental.
Derrotar a los sasánidas: el mayor logro militar de Roma
El argumento más duro contra la tesis del brillo único llega del este. Mucho después de Justiniano, el Imperio Romano de Oriente —ése es su nombre, lo de
bizantino responde a una etiqueta historiográfica tardía— consiguió, según se sostiene, el mayor logro militar de la historia romana:
derrotar definitivamente a los sasánidas, bajo el liderazgo de Heraclio. Un imperio milenario, el persa, desaparecido del mapa por un emperador que no era Justiniano.
Detrás vienen más: las campañas de León III, que frenó a los omeyas y los batió en Akroinon, acelerando el colapso del califato omeya; y las de Basilio II, que devolvieron al imperio a la primera división. La nómina de emperadores notables —Heraclio, Basilio II, Manuel I— desmiente que la historia bizantina sea un único fogonazo en el siglo VI seguido de tinieblas.
Constantinopla frente a la Europa de barro y paja
El contraste más brutal es urbano. Mientras buena parte de Occidente era un conjunto de poblaciones sin empedrado ni alcantarillado, Constantinopla seguía siendo una ciudad en el sentido pleno: avenidas, plazas porticadas capaces de tragarse un ejército entero, palacio, hipódromo,
Hagia Sophia. Los nobles de la primera cruzada, acostumbrados a villorrios, entraron creyendo que alucinaban. Ana Comneno dejó escrito que se comportaban como niños irritados ante el esplendor de la corte imperial.
De ahí sale una tesis que va más allá del juicio al imperio: hoy seguiría habiendo
tres Europas. La occidental, heredera de Roma y del alfabeto latino. La oriental, que sin hablar griego escribe en cirílico y profesa la ortodoxia porque fue civilizada desde Constantinopla. Y una tercera a la que el análisis no concede ninguna de las dos cosas. Con esa vara de medir, Bizancio no sería el sobrevalorado, sino el que repartió el mapa.
El final: del último emperador al sitio de Constantinopla
La recta final concentra la parte más reivindicada. Con los turcos a las puertas, los últimos Paleólogos —sin ser figuras de primera fila— intentaron sostener lo insostenible. El último sitio, la última misa, las campanadas de Santa Sofía y el emperador sucumbiendo con su imperio forman, para una parte del análisis, un final más épico que el de cualquier otro coloso. También aquí la comparación aprieta: el recuerdo popular se queda con la caída, no con los mil años que la precedieron.
Rusia: ¿heredera de Bizancio o de la Horda de Oro?
El terreno se envenena al trasladar el debate al este. Frente a la idea de que Moscú recogió la antorcha ortodoxa tras la desaparición de Constantinopla, una tesis incómoda responde que cuando ésta cayó, Moscovia era todavía
vasallo de la Horda de Oro. Rusia no habría formado parte del ámbito bizantino, sino del mongol y sus sucesores; su herencia, siguiendo ese razonamiento, sería más de Ulán Bator que de Constantinopla.
Los datos que se manejan en esa línea sitúan la fundación del Gran Ducado de Moscovia en
1263, no en 1147, cuando Moscú no pasaba de un villorrio fronterizo de chozas rodeado de empalizada. Kiev, en cambio, está en Ucrania, y las iglesias de piedra más antiguas de Nóvgorod y Kiev son de los siglos XI-XII, mientras que en Moscú el monasterio de piedra más antiguo sería del siglo XIV, posterior a la conquista mongola. La réplica esgrimida al otro lado: Moscú sustituyó a Vladímir por decisión propia y el legado del
Rus de Kiev acabó recayendo, de un modo u otro, en los príncipes moscovitas.
El desvío español y el imperio mongol
En mitad de la refriega, la conversación saltó al Imperio español, con un intercambio duro en el que se compararon sus dimensiones planetarias —incluidas Filipinas y los sesenta años de unión con Portugal— con las de otros imperios. La discusión derivó al control efectivo del territorio, la densidad de población nativa y el mestizaje, con posiciones frontalmente enfrentadas sobre cuánto de aquello fue dominio real y cuánto un mapa pintado. La pieza que concita más acuerdo es otra: hay quien sostiene que el imperio mongol, destructor de medio mundo y constructor de casi nada, fue el más sobrevalorado, con una obra magna que solo ha sobrevivido traducida al chino, alrededor de
cien años de poder y un rastro propio más bien escaso.
Con semejante carga de juicios cruzados, la pregunta inicial se queda sin acta: ¿es sobrevalorado un imperio que aguantó mil años en el peor vecindario posible, o lo es el que hoy ocupa su hueco en el relato?