La jugada de Marruecos en Ceuta: victoria efímera, derrota demográfica
¿Qué gana Marruecos con la presión migratoria sobre Ceuta? A corto plazo, notoriedad y un asunto colocado en todos los informativos. A largo plazo, las costuras de su estrategia se ven con claridad: una demografía que se apaga, una juventud que se va y una imagen que ha quedado retratada como la de un país dispuesto a utilizar vidas humanas como instrumento de negociación.
El episodio se lee de dos maneras. Para una corriente, Marruecos ha logrado un éxito táctico: ha puesto en la agenda mundial la existencia de dos ciudades bajo control español en el norte de África y ha inoculado en la opinión pública española una sensación de vulnerabilidad. Para la contraria, el resultado es un fracaso reputacional de dimensiones considerables. Las imágenes de decenas o cientos de ahogados y de una frontera desbordada no son precisamente las que quiere proyectar un país que aspira a ser actor geopolítico relevante. En una de las versiones de lo ocurrido se habla de 100.000 personas movilizadas y de un centenar de muertos. La cifra abre más debates de los que cierra.
La demografía, el talón de Aquiles que nadie menciona en Rabat
Detrás del ruido fronterizo está el dato incómodo. Marruecos lleva años, según los análisis que circulan desde hace tiempo, con crecimiento de población negativo. Su juventud emigra y las remesas de los que están fuera equivalen a cerca del 30% del PIB. Eso convierte al país en una economía dependiente de su diáspora y con una pirámide poblacional cada vez más envejecida. La llamada “ventana de oportunidad” demográfica, que durante décadas permitió a Marruecos jugar la baza de la presión humana sobre las fronteras, se está cerrando. Un país que necesita retener a su gente difícilmente puede amenazar con enviarla en masa.
De la Marcha Verde a Sidi Ifni: los precedentes que alimentan el miedo
El análisis de lo ocurrido no se entiende sin memoria histórica. La Marcha Verde de 1975, con civiles movilizados por el régimen para invadir el Sáhara Español, sigue siendo el referente inevitable. También se recuerda que hubo episodios con tiros de verdad, como la guerra de Sidi Ifni, que algunos veteranos describen como una guerra en toda regla. Esa historia explica por qué la amenaza marroquí no se toma en España como un simple ejercicio de retórica. Y también explica la reacción visceral de quienes consideran que cualquier concesión se pagaría con territorio.
El tablero regional: Argelia, el Polisario y la carta de Canarias
La crisis va más allá de las dos ciudades autónomas. Argelia observa sin mover ficha el desgaste de su vecino, probablemente esperando el momento de cobrarse cuentas pendientes. En el otro lado, Marruecos acusa a Irán y a Hezbolá de armar al Frente Polisario, mientras se apoya en los Acuerdos de Abraham y en el respaldo de Estados Unidos e Israel. Dentro de ese juego de alianzas, el Parlamento marroquí ha llegado a plantear el reconocimiento de la soberanía española sobre Canarias como moneda de cambio para que España acepte la marroquí sobre el Sáhara. Un detalle que rara vez aparece en los titulares y que explica que la negociación sea una pista de patinaje.
La ironía final es que Marruecos buscaba demostrar fuerza y ha terminado exhibiendo sus dos debilidades: la reputacional y la demográfica. La presión migratoria seguirá utilizándose, porque es la única baza que le queda a un régimen que ve cómo su juventud huye de él. Pero la ventana de oportunidad, esa de la que presume el discurso oficial, ya tiene fecha de caducidad. El reloj no perdona y, desde este lado del Estrecho, no hay prisa por firmar nada.