Una espada de Conan y libros legales: el arsenal de un grupo neonazi
La foto de la mesa que las fuerzas de seguridad presentaron como el material incautado a un grupo neonazi tiene un problema de casting. Lo más intimidante del conjunto es una espada de Conan, colocada junto a un retrato de dictador. Al lado, un proyectil inutilizado —de prácticas—, una carabina de balines del calibre 4,5, libros, camisetas y banderas. Presentado como un golpe contra el terrorismo, el catálogo ha alimentado la tesis contraria: que
casi todo lo expuesto es de tenencia legal y que la operación se sostiene más en la escenografía que en las pruebas.
Qué había realmente sobre la mesa
El inventario que se desprende de la imagen incluye pistolas de bolitas, un proyectil inutilizado, cuchillos y dagas de los que se compran en bazares o tiendas de deporte, una carabina de aire comprimido del 4,5 y publicaciones editadas en español y fáciles de encontrar en plataformas de segunda mano. A eso se suman camisetas, banderas, una espada de Conan y el ya citado retrato.
Nada de eso es, por sí mismo, un arma de guerra. El proyectil de prácticas ni siquiera está activo. Los cuchillos son de cocina o de escaparate. La pieza que más destaca por su valor estético y de mercado es la menos operativa: la susodicha espada, que para quienes comentan la redada es más un objeto de coleccionismo que un arma.
Menudo arsenal, viene a decir media conversación.
¿Es delito tener ese material?
El núcleo del asunto es legal, no militar. Prácticamente todo lo expuesto —libros, camisetas, réplicas, balines— es de tenencia legal, según la lectura que domina en la conversación. Lo que se discute no es, por tanto, el simple ajuar doméstico, sino qué convierte una mesa de objetos corrientes en un alijo presentable.
Hay quien sostiene que exhibir ese catálogo convierte la foto en contraproducente: si el mensaje oficial es que combatir ideas exige todo ese despliegue, el efecto que se consigue es el opuesto, publicidad gratuita para lo que se pretende señalar. La discusión sigue sin cerrarse.
El paripé de la foto: de The Wire a la cubertería de casa
La escena recuerda a una secuencia de la serie
The Wire, en la que un alcalde quiere montar una mesa con un alijo de drogas para la galería mientras los propios agentes saben que lo incautado es una mínima parte de lo que circula. Trasladado a este caso, el reproche es idéntico: la disposición de los objetos busca impacto visual, no inventario judicial.
La comparación más repetida, sin embargo, es doméstica. Una cubertería de medio pelo, un bate de béisbol o una carabina de balines heredada de un familiar darían una foto mucho más imponente que la presentada. Y el contraste se extiende a lo que no se ve: frente a la mesa del alijo neonazi hay quien reclama la misma diligencia para otros delitos que operan a la vista de todos. La sospecha de fondo es que la foto no mide peligro, mide titulares.
Una sanción por dos kilos de tabaco y una mesa de atrezo
El ejemplo que reaparece para medir el celo administrativo es el de un particular al que la compra de dos kilos de tabaco le costó la visita de tres agentes. Puesto en la misma balanza, el despliegue contra el grupo neonazi presenta una asimetría difícil de explicar: mucho aparato para objetos de tenencia legal, poco para delitos con víctimas diarias.
A ello se añade otra crítica recurrente: el coste de montar la exposición. El tiempo de funcionarios colocando artefactos para la fotografía vale más, se dice, que lo incautado. Y no falta quien sospecha que la propia difusión puede servir de acicate para quien busca esa clase de parafernalia. Que se enseñen estos objetos como piezas de caza es, cuanto menos, un mensaje ambiguo.
Un catálogo que no cuadra con la etiqueta de terrorismo
A la hora de encajar la operación en la categoría de la lucha antiterrorista, la foto tampoco ayuda. Aparecen pistolas de bolitas, dagas de bazar y una munición de prácticas. Ninguna de esas piezas sostiene por separado la etiqueta de peligrosidad que se quiere colgar al conjunto. La sensación que queda es la de una puesta en escena construida hacia atrás: primero la foto, después el relato que la justifique.
La evolución del análisis no despeja la duda. Se pasa de la burla al inventario, del inventario a la comparación con otras intervenciones y, desde ahí, a una deriva histórica que poco tiene que ver con el caso. Lo único firme en todo el recorrido es la misma pregunta incómoda sobre los criterios con los que se decide enseñar un alijo. ¿Para qué sirve una foto cuyo objeto más temible es una espada de cómic?