Felipe VI esquiva una botavara que cae desde varios metros
Una vela con su botavara se desploma desde varios metros de altura sobre el punto donde estaba sentado Felipe VI, que revisaba el contenido de una mochila. El rey no se inmutó. Los tripulantes gritaron. La escena, recogida por
Telecinco y
Vanitatis, ha reabierto en clave irónica un asunto que en España nunca se cierra: la salud —física y dinástica— de la Casa de Borbón y su larga tradición de accidentes oportunos.
Qué pasó exactamente en el velero
El monarca estaba sentado examinando algunas cosas de su mochila cuando una pesada vela, con la correspondiente botavara que la sujeta, caía desde varios metros de altura, provocando diferentes reacciones entre los tripulantes y algún pequeño grito entre los que habían presenciado la escena. Así lo describen las crónicas del incidente. La reacción del rey fue, según los relatos,
impertérrita: ni un gesto, ni un comentario.
Esa frialdad es, precisamente, lo que ha llamado más la atención. Hay quien sostiene que un Borbón de verdad habría soltado alguna salida ingeniosa del tipo «poco ha faltado, ¿es que me queréis cortar la cabeza tan pronto?». Otros ven en el silencio la prueba de que el rey es, en realidad, de la rama griega —su padre Juan Carlos I nació en Roma, en la familia real helena— y no un Borbón de los de verdad. La discusión genealógica, como casi siempre que aparece la palabra Borbón, ha acabado pesando más que el propio accidente.
¿Fue un accidente o un fallo de mantenimiento?
El asunto técnico tiene su miga. Una botavara no cae sola: es la pieza que sujeta la vela al mástil y va amarrada con la escota y el carro. Si se suelta desde varios metros, alguien hizo muy mal su trabajo o lo hizo con mala intención. Ese es el razonamiento que se repite: en un espacio vital tan pequeño como el de un velero, la posibilidad de que un elemento pesado se desprenda y mate a alguien debería estar controlada al milímetro.
La explicación más técnica que circula es que la botavara solo podía caer donde cayó, porque la escota estaba mordida y el carro en el centro. Es decir, el desprendimiento tenía un recorrido limitado por la propia configuración de la maniobra. Otros apuntan a que el relato periodístico exagera: la botavara no estaba a varios metros de altura, sino mal sujeta un poco más arriba. Un juntaletras, vienen a decir, confundió la quilla con el palo.
La maldición de los Borbones: de Luis XVI a Alfonso de Borbón
El paralelismo con la guillotina no es casual. Luis XVI murió decapitado en París el 21 de enero de 1793, uno de los momentos más turbios de la Revolución Francesa. Su carácter débil lo convirtió, según el relato clásico, en una marioneta en manos de los cortesanos más astutos. La rama española de la Casa de Borbón desciende de Felipe V, nieto de Luis XIV, tío-abuelo a su vez del rey guillotinado. La conexión genealógica es real, aunque discutida.
El precedente más cercano y más tétrico es el de Alfonso de Borbón y Dampierre, duque de Cádiz, que murió degollado el 30 de enero de 1989 mientras esquiaba en Beaver Creek. Poco antes había dicho: «Si viviera en el siglo XVIII, ya estaría guillotinado». La coincidencia de fechas —el 30 de enero— y la forma de morir han alimentado todo tipo de teorías. También está el caso del hermano de Juan Carlos I, que murió por tener los críos acceso a una pistola. La lista de accidentes en la familia es lo bastante larga como para que la ironía se escriba sola.
La genealogía como campo de batalla
El debate sobre la legitimidad dinástica es un clásico. Hay quien sostiene que Carlos IV y Juan Carlos I son los dos Borbones más reconocibles de la serie, y que la difamación sobre su origen viene de círculos liberales y republicanos. Frente a eso, circulan versiones que atribuyen la paternidad de Alfonso XII a un militar y la de Isabel II a un guardia. Si esas bastardías se acreditasen, la dinastía sería ilegítima, aunque la herencia genética borbónica seguiría siendo indiscutible.
La comparación con los Austrias también sale a relucir. Luis XIV tenía tanta sangre de Felipe II como Carlos II el Hechizado, así que la distinción entre ambas casas es más nominal que real. Los únicos que salían medio normales, sentencia la ironía popular, eran los bastardos. Y Felipe V sigue colgando boca abajo en Xàtiva.
El contexto: un rey con poco peso político
Más allá del accidente, el episodio deja una pregunta incómoda. Al margen de que Felipe VI sea una figura política irrelevante en el plano patriótico, el suceso demuestra lo mucho que puede cambiar la historia de un país con circunstancias impredecibles. Unos centímetros más cerca y no estaríamos hablando de un susto. Estaríamos hablando de una sucesión.
Y ahí es donde el asunto se vuelve serio: la guerra civil latente entre los partidarios de la infanta y los de Froilán, que algunos ven como el verdadero riesgo de la Corona. La botavara no mató a nadie. Pero recordó, en una tarde de navegación, que la línea sucesoria española pende de un hilo tan fino como el cable que sujetaba aquella vela.