Al Sisi se construye un palacio faraónico de 45.000 millones mientras Egipto se hunde
El presidente egipcio Abdel Fattah Al Sisi ha inaugurado su nuevo palacio presidencial en la nueva capital administrativa, una ciudad levantada en el desierto a 45 kilómetros al este de El Cairo, con un coste estimado de
45.000 millones de dólares y una superficie comparable a la de Hamburgo. La presentación oficial se produjo durante la cumbre del D-8, y desde entonces el proyecto no ha dejado de acumular comparaciones con los fastos de los faraones del Imperio Nuevo. La broma recurrente es que ni Ramsés II ni Tutmosis III se atrevieron a tanto.
Una ciudad del tamaño de Hamburgo en medio del desierto
La nueva capital administrativa no es un edificio, sino un complejo urbano completo: ministerios, avenidas, barrios residenciales y un palacio presidencial que aspira a ser el símbolo del Egipto contemporáneo. El coste declarado ronda los
45.000 millones de dólares, una cifra que en un país con más de
100 millones de habitantes y una libra egipcia que ha perdido cerca del
70% de su valor en tres años invita a preguntarse de dónde sale el dinero.
La respuesta que circula en los análisis más críticos apunta a varias fuentes: mano de obra militar prácticamente gratuita —la mili egipcia incluye trabajos de albañilería y agricultura para el gobierno—, venta de terrenos estatales y fondos llegados desde las monarquías del Golfo para evitar que el país salte por los aires. Sobre esa base, hay quien sostiene que los militares, que funcionan como una casta económica con intereses en construcción, alimentación y energía, se habrían llevado comisiones de consideración.
El contraste con la calle: inflación, deuda y protestas
Mientras el palacio abría sus puertas, la economía doméstica seguía dando señales de asfixia. La inflación se ha comido el poder de compra de los salarios, la deuda pública se ha disparado en parte por el propio proyecto y los mercados internacionales han ajustado el precio del riesgo egipcio en consecuencia. La fórmula que resume el malestar, según un comentario que circula en el debate, es sencilla: en el primer mundo se roba al ciudadano vía impuestos y algo de inflación; en el tercero, vía inflación y algo de impuestos. Aquí no se salva nadie.
Las protestas en El Cairo pidiendo la caída del régimen y la dimisión de Al Sisi se han sucedido en distintos momentos, y a ellas se ha sumado un golpe inesperado: los ataques hutíes contra el tráfico marítimo en el mar Rojo han recortado los ingresos del canal de Suez en torno a un
60%, con una pérdida estimada de
7.000 millones de dólares solo en 2024. La principal fuente de divisas del país, tocada.
El palacio como fortaleza: por qué se construye lejos de la ciudad
Hay una lectura estratégica que va más allá de la megalomanía. En toda revuelta, los primeros objetivos suelen ser el parlamento y la zona presidencial. Trasladar el poder a 45 kilómetros del núcleo urbano permite alejarse de las concentraciones populares y disponer de un perímetro defendible. Es un patrón que, según un comentario del debate, recuerda a las grandes avenidas del París del siglo XIX: abrir espacio para controlar mejor la calle.
La otra cara es la estética. Frente al entusiasmo oficial, buena parte de las críticas señalan que los edificios monumentales son estructuras ligeras recubiertas de láminas de mármol, más escenografía que piedra. El resultado, dicen, es un conjunto desangelado, con menos alma que un ensanche burgués del XIX o que ciertos desarrollos turísticos del litoral mediterráneo. Lo único que se salva, para algunos, es un barrio de aire decimonónico europeo, herencia indirecta de la Alejandría colonial.
El precedente chino y la pregunta incómoda
Hace un par de décadas, las ciudades fantasma chinas eran el ejemplo favorito de despilfarro monumental. Hoy muchas están habitadas y funcionan. Ese precedente alimenta la tesis de que el juicio precipitado puede envejecer mal. En contra juega el contexto: Egipto no es China, ni tiene su capacidad industrial, ni su margen fiscal, ni su control político.
El debate sobre el patrimonio añade una capa incómoda. Si el régimen cae, ¿qué pasa con los museos y yacimientos? La última vez que hubo un estallido, el Museo Egipcio sufrió daños. Hay quien sostiene que la prioridad debería ser proteger las piezas arqueológicas, patrimonio de la humanidad, por encima de cualquier consideración política. Y quien responde que preocuparse por las antigüedades mientras la gente pasa hambre es un lujo cínico.
Queda el dato que descoloca: un país que pierde ingresos por el mar Rojo, con la moneda desplomada y la población apretándose el cinturón, acaba de inaugurar un palacio que aspira a durar milenios. Igual que los de los faraones. Solo que aquellos no tenían que pagar la factura del aire acondicionado.