De El Dioni a Poli Díaz: los famosos que el olvido no ha enterrado
El vigilante de seguridad que robó un camión blindado tiene una canción de Sabina, un hueco fijo en el imaginario de toda una generación y
casi veinte años sin dejarse fotografiar. A El Dioni le sacaron una foto en 2003 y desde entonces, silencio. Es el arquetipo de una fauna entera: gente que se hizo un nombre en la España de los noventa por un gesto, un exceso o un personaje, que hoy no sale en ningún telediario y que, sin embargo, sigue viva y coleando. La duda que dispara cualquier sobremesa de cuarentones no es quién era aquel. Es qué demonios fue de él.
El Dioni y el cine para adultos
La segunda vida del ladrón más famoso de la década resume el ecosistema mejor que cualquier análisis. Se le atribuye haber acabado en el cine para adultos, un destino que compartieron más de un rostro de la época. En la versión para adultos de la película de Mortadelo que rodó Fesser, el actor Benito Poncelo —el Mortadelo del filme original— habría aparecido acompañado por el propio Dioni, según se recuerda en la conversación. Hay más títulos de ese circuito que el tiempo y la vergüenza ajena han convertido en nota al pie.
No es una anécdota suelta. Es la prueba de que
la fama de los noventa no garantizaba oficio, ni dinero, ni dignidad posterior. Garantizaba, como mucho, una ventana.
¿Por qué la televisión de los noventa fabricaba famosos tan rápido?
Porque los programas de Cárdenas y
Crónicas Marcianas convirtieron el plató en un escaparate de personajes cuyo único oficio era ser personajes. El padre Apeles, las Mama Chicho y las Cacao Maravillao, Arévalo, Agustín Bravo, Paco Porras con su perejil en la oreja, el doctor Beltrán o casi todas las Miss España de la época. Un archivo entero de caras que hoy nadie sabría nombrar y que en su día llenaban horas de emisión.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la televisión generalista construía celebridades con la misma facilidad con la que luego las desechaba. Como resume un participante, aquella cuadrilla dio «días de gloria y asco» a partes iguales. Y sigue el pulso sobre si aquello rebajó el nivel de la tele o fue solo el primer escalón de lo que vendría después: los realities de convivencia, la isla de turno y todo el mobiliario que aún ocupa la parrilla.
Los que no llegaron a viejo: la cara amarga del recuento
No todos los famosos olvidados siguen vivos.
Jordi Estadella murió con 62 años por un cáncer hepático, una de las bajas que el recuerdo colectivo ha ido archivando sin ruido. El Chapis, aquel personaje cuya historia pasó de la fama al olvido más absoluto, protagoniza una de las esquinas más tristes del repaso: hay quien sigue reivindicando, medio en broma, que «Chapis vive, la lucha sigue».
El contraste entre los que colearon y los que se apagaron funciona como termómetro. Como resume un participante, el personaje devoró a la persona en la mayoría de estos casos.
Los que salieron bien librados y siguen trabajando
Santiago Urrialde, nacido en Madrid en 1965, es el ejemplo de quien convirtió el personaje en oficio duradero. Fue reportero total y hoy,
con 58 años, sigue apareciendo en series y películas, de
La que se avecina a las entregas de
Padre no hay más que uno. El Koala, autor de aquello de «Opá, viacé un corrá», forma parte de la memoria sonora de la época.
Arancha del Sol, con
44 años, sigue siendo objeto de devoción entre quienes la recuerdan de sus años de máxima exposición. Y Poli Díaz, que pasó por la droga y la ruina y aun así conserva un lugar en el relato, encarna la otra cara: la del que lo tuvo todo y lo perdió. Hay quien cita su caso como la prueba más extrema de que el carisma de barrio rinde más que cualquier currículum.
De Vikingos a los intocables de la política
El repaso no se limita a España. El actor que protagonizó las primeras temporadas de
Vikingos, Travis Fimmel, o el villano de
Desafío Total —que también apareció en la mítica serie
V y en cine de terror de culto— engrosan la lista de caras que fueron ubicuas y hoy nadie sitúa. Edward Furlong, Gene Hackman o Dick Van Dyke completan el apartado internacional.
La derivada incómoda llega cuando alguien mete en el mismo saco a la clase política. Hay quien sostiene que los verdaderos famosos olvidados que siguen pegándose la gran vida son muchos cargos públicos que, desde 1978, no han conocido otra cosa que el sueldo público y la tranquilidad de un chalé. Es una corriente del debate, no un dato: se lanza como sospecha y así conviene leerla.
Queda el recuento, la lista interminable y una certeza que incomoda: muchos de ellos siguen por ahí. La pregunta no es cuántos recordamos, sino cuántos de los que hoy ocupan el
prime time aguantarán el mismo escrutinio dentro de veinte años. ¿Alguien se atreve a apostar por alguno?