Muere Robert Duvall a los 95 años, el actor que no volvió al Padrino III
¿Qué se muere a los 95 años, la leyenda o el secundario? Robert Duvall, el hombre que fue Tom Hagen en «El padrino» y el teniente coronel Bill Kilgore en «Apocalypse Now», ha fallecido a los 95 años, según el anuncio que abrió la conversación. Un Oscar al mejor actor por «Tender Mercies» (Gracias y favores), donde además cantó con su propia voz las canciones del personaje. Y una ausencia que sigue doliendo: la de la tercera parte de la saga Corleone.
Quién era Robert Duvall y por qué importa su filmografía
Duvall construyó una carrera sobre papeles que no pedían brillo, sino peso. El consigliere de la familia Corleone en las dos primeras entregas, el oficial que huele el napalm por la mañana, el policía quemado que se jubila en «Un día de furia» (1993) y aun así acude a trabajar ese último día. Un secundario de lujo, dicen algunos. El mejor actor secundario de la historia del cine, sostienen otros. La diferencia entre ambas frases es, en realidad, una discusión sobre qué significa ser protagonista.
Hay quien recuerda que ya aparecía maduro en «Bullit» (1967), junto a Steve McQueen, y que de aquello han pasado casi seis décadas sin que su cara envejeciera gran cosa. La broma recurrente: era viejo y calvo con veinte años, y siguió siéndolo hasta los noventa y cinco. Una cara que servía para hacer de malo, de abogado, de viejo con corbata y sombrero. Y que, precisamente por eso, no encajaba en el molde del protagonista de Hollywood.
¿Por qué no participó en El padrino III?
La pregunta reaparece cada vez que se revisa la trilogía. Duvall no estuvo en la tercera parte, y esa ausencia se ha señalado como una de las razones de peso por las que la película no funciona como las dos primeras. No hay en el material una explicación cerrada del motivo: se apunta al desencuentro con las condiciones y a la decisión del propio actor, sin que quede fijado el detalle. Lo que sí queda claro es el efecto: sin Tom Hagen, la familia pierde al que traducía el poder a lenguaje jurídico.
El reparto de la segunda entrega se ha convertido, con los años, en una cronología involuntaria. John Cazale murió primero. Después James Caan. Ahora Duvall. Al Pacino sigue allí. La broma macabra circula cada vez que cae uno de los nombres, y esta vez ha vuelto a circular con el mismo retintín.
«Tender Mercies» y el Oscar que casi nadie recuerda
El premio de la Academia al mejor actor llegó por un papel pequeño en apariencia: Mac Sledge, cantante country caído en desgracia por el alcohol. Duvall interpretó y cantó las canciones con su propia voz, un detalle que en 1983 no era lo habitual. La película no es una obra maestra redonda, admiten quienes la reivindican, pero la interpretación marcó. Y dejó una imagen: la de un actor que no volvió a envejecer en pantalla desde entonces.
Su relación con el español también ha salido a relucir. Hablaba el idioma con mayor o menor soltura, en parte por sus matrimonios, y eso lo convierte en candidato a entender más de la vida que la media. La anécdota se ha repetido en distintos foros de cine. Encaja con el personaje: un tipo que hacía de abogado, de militar y de cantante sin que se notara la costura.
El reparto político de una filmografía
La conversación ha derivado, como suele, hacia el eje ideológico. Hay quien lo sitúa claramente a la derecha y lo despacha con un «más de derechas que un paraguas negro». Otros recuerdan que el sesgo de Hollywood perjudicó a actores con cara de malo, condenados al secundario por no tener el físico del protagonista. La discusión sobre el sesgo en el cine es vieja y no se cierra aquí.
Lo que sí se cierra, o casi, es el inventario. Duvall hizo de todo: western, bélico, drama judicial, cine de catástrofes. Aparecía llevando corbatas, sombreros y cara de tipo peligroso. Y eso, en un oficio donde el atractivo manda, es una carrera construida a contracorriente.
Con 95 años, la etiqueta de trágico no cuelga. La de irrepetible, tampoco. Lo que queda es un tipo que dijo no a la tercera parte de la película que lo hizo inmortal y que, aun así, sigue siendo el abogado de la familia. Ironías del oficio.