Carlos Pumares, el crítico que hizo del cabreo un género de radio
«Sí, buenas noches, dígame». Silencio. «¿Sí, buenas noches, dígame?». Más silencio. «Bueno, pues no me diga nada... vamos con música». Ese ritual, repetido durante años en la madrugada, define mejor que cualquier filmografía a quien lo inventó:
Carlos Pumares, crítico de cine, ha fallecido en Madrid a los 80 años. Lo comunicó la organización de los Premios Cinemasmusic con «Stardust» sonando al fondo, el mismo tema que daba título a su programa estrella,
Polvo de Estrellas.
La muerte ha activado un repaso coral de tres décadas de dial y ha dejado un retrato incómodo: el de un comunicador que se hizo querer por su mal genio, que discutía con quien llamaba y que, aun así, tenía a miles de personas esperando su voz a las tantas de la noche. Su caso no se entiende sin una parrilla que hoy es arqueología.
La parrilla que ya no existe: de la tertulia de Hermida a Polvo de Estrellas
Pumares llegó a la radio por la puerta de las tertulias matinales. La de cabecera arrancó con
Santiago Amón, Pumares y Garci, por las mañanas, en el programa de Hermida. Cuando este se marchó a TVE a presentar el primer matinal de televisión, la tertulia pasó a Miguel Ángel Nieto, con Garci sustituido por Martín Ferrand, entonces director de la cadena. En 1988, Amón murió en un accidente de helicóptero y lo reemplazó Carandell. En la temporada 88-89 la presentaba García-Juez, con Carandell, Pumares y De la Viuda como fijos diarios.
De aquella Radio Antena 3 se recuerda una alineación que costaría reproducir hoy: Antonio Herrero por la mañana, Luis Balbín y su
Hora Cero por la noche, José María García, García Juez. La cadena vivía de dos o tres programas que arrastraban la audiencia del resto, y
Polvo de Estrellas fue durante años el último vagón de esa cadena: empezaba cuando terminaba otro espacio que, con frecuencia, se pasaba de hora. El arranque con el público todavía caliente, y el crítico ya enojado por el retraso, forma parte del folclore.
Tres de la mañana, Schwarzenegger y un cerdo en una charca
Su tarjeta de presentación era la mezcla de erudición y calle. Sabía de cine clásico y presumía de ver películas de acción a horas intempestivas:
«a las tres de la mañana me pongo una de Schwarzenegger y me lo paso como un cerdo en una charca», soltaba. Se alejaba, cuentan quienes lo seguían, de la imagen del crítico con gafas de pasta y dicción impostada.
Tenía filias y fobias de las que no se bajaba.
Centauros del desierto, de John Ford, era sagrada: la mencionaba con un aprecio que se notaba en la voz, hasta el punto de que más de un oyente acabó viendo cine de los años cincuenta por su insistencia. Y tenía una bomba de relojería: preguntarle por
Blade Runner. Se cabreaba. Sin matices.
La crítica de Twin Peaks que sigue circulando
Twin Peaks: Fuego camina conmigo, de David Lynch, se llevó una de sus broncas más recordadas, reproducida estos días como pieza de culto. El texto circula con la misma sorna con que él despachaba lo que no le interesaba, y explica bastante del personaje: podía dedicar una noche entera a desmontar una película sin perder la sonrisa.
El contraste llegó cuando se repasó su lista de mejores películas.
En esa selección no aparecía Centauros del desierto, su debilidad declarada, algo que sorprendió a quienes llevaban años oyéndole defenderla. Entre el crítico y el aficionado había una distancia que él nunca se molestó en disimular.
Ceregumil, la script girl y el arroz con leche
El programa tenía liturgia propia y un puñado de latiguillos que sus oyentes recitan de memoria. Los especiales de 2001, la receta del arroz con leche, la script girl, el Ceregumil, los gritos para que nadie usara la emisión como somnífero. Y el mítico anuncio del FI-BER-GRAN, que en estas horas ha vuelto a sonar en tono de guasa: hay quien ha pedido que se ponga el clip en el funeral.
De su etapa en
Protagonistas, con Luis del Olmo, se recuerda la hora final del espacio y a un compañero que se comía el guion sin haberlo leído: Tip, descrito como el Groucho del equipo, capaz de llegar de la Albufera y quedarse con la emisión entera mientras el presentador se caía de la silla. Un libro firmado por Iván Reguera y Juan José Aparicio,
Carlos Pumares, un grito en la noche, recoge ese tramo para quien quiera reconstruirlo entero.
El último tramo y el relato sobre la vacuna
Sus últimos años estuvieron marcados por la ausencia. Dejó Onda Cero hace más de una década y su rastro se fue diluyendo, con incursiones televisivas que una parte del público recibió con incomodidad.
Hay quien sostiene que perdió el sitio cuando las noches dejaron de ser suyas; hay quien responde lo contrario, que el sitio le perdió a él.
Junto a la despedida circula un relato que atribuye su deterioro cognitivo final a la vacuna de la covid, apoyado en el testimonio de un médico y en la intención de su viuda de pedir una autopsia.
Ninguna de esas afirmaciones cuenta con respaldo documental público y el propio relato fue recibido con peticiones de fuente por quienes lo leyeron. Conviene separarlo del duelo: no hay causa confirmada.
Pumares deja una parrilla extinguida, un puñado de frases que sus oyentes repiten como si fueran propias y un vacío que él mismo habría despachado con un gruñido. Queda una pregunta sin respuesta que estos días nadie ha sabido contestar: qué ha sido de su colección de vinilos, la que traía y llevaba de emisora en emisora cuando no había internet con el que buscar una canción que le pedías por teléfono.