Kiev en tres días: el relato ruso frente a los hechos
Febrero de 2022. Las columnas rusas cruzan la frontera ucraniana por varios ejes y, en los primeros partes que circulan, la caída de Kiev se da por cuestión de horas. Tres días, para ser exactos. Dos meses más tarde, la capital sigue en pie, el ejército ruso se ha replegado de sus alrededores y el balance de los objetivos declarados —desmilitarizar el país, «desnazificarlo», alejar a la OTAN de sus fronteras— admite pocas lecturas triunfales.
La distancia entre lo anunciado y lo ocurrido es, en sí misma, el documento.¿Cuánto tardó Rusia en tomar Kiev y Járkov?
Ni tres días, ni tres semanas, ni tres meses. Kiev nunca cayó. Járkov, a
30 kilómetros de la frontera rusa y a 500 de la capital, soportó un asedio desde el primer día sin ser conquistada. Y Mariúpol se dio por tomada antes de que el contingente atrincherado en la factoría hubiera salido de ella.
Los partes de finales de febrero anticipaban rendiciones en masa en cuanto se cerraran las bolsas del cerco. Esas bolsas tardaron
casi tres semanas en cerrarse, y el repliegue posterior desde el norte —presentado como una reordenación— fue, en los hechos, una retirada. El 27 de febrero, a mediodía, ya había quien firmaba el final de la contienda. La contienda, dos meses después, seguía escribiéndose.
Por qué falló el pronóstico de los tres días
Una ofensiva relámpago necesita tres cosas: suministro continuo, mando coordinado y una capital que se entregue rápido. Ninguna de las tres se dio. El convoy que debía sostener el avance hacia Kiev se convirtió en el símbolo más repetido de los primeros días: una fila de vehículos inmóvil durante jornadas, expuesta, sin capacidad de mantener el ritmo.
La logística explica más que la política. Un ejército que avanza 500 kilómetros hacia el interior de un país hostil multiplica por cada kilómetro el coste de mover combustible, munición y repuestos. Cuando ese cálculo falla, la operación no se ralentiza: se detiene. Y cuando se detiene, el relato tiene que cambiar.
La «finta»: cómo se recicló el relato cuando Kiev no cayó
Cuando el asalto a la capital se atascó, apareció la explicación retroactiva. Kiev no era el objetivo principal, venían a decir: había sido una
finta, una maniobra de distracción para fijar al grueso del ejército ucraniano mientras el verdadero propósito —el Dombás y la costa— se cumplía en otro sitio.
El argumento choca con la aritmética elemental. Para fijar a un ejército no hace falta cruzar una frontera: basta con concentrar tropas al otro lado y amenazar con entrar si la capital queda desguarnecida. Un resumen que circuló a los dos meses lo dejó por escrito: «Rusia no va a invadir Ucrania»; «no te creas la propaganda de la OTAN»; «bueno, sí, ha invadido, pero que no haya bajas civiles»; «hay bajas civiles, pero son colaterales»; «hay fosas comunes, pero...».
Los objetivos que se volvieron contra quien los fijó
Desmilitarizar Ucrania. Dos meses de guerra han dejado un país
lleno de armamento occidental y un batallón, el de Azov, convertido en símbolo. Desnazificar. Desaparecido el discurso, queda el gesto. Y alejar la OTAN de las fronteras: Suecia y Finlandia, dos vecinos que llevaban décadas fuera de la Alianza, han movido ficha para incorporarse a ella.
Este último punto es el más difícil de maquillar. La operación empezó con la promesa de crear un colchón de seguridad y ha terminado estirando la frontera de la Alianza varios cientos de kilómetros hacia el norte. Hay quien lo llama efecto boomerang; en términos de estrategia tiene un nombre más prosaico:
error de cálculo.
RIA Novosti y el artículo que hubo que borrar
La agencia estatal rusa llegó a publicar un texto anunciando la captura de Kiev. Lo retiró después, sin ruido. En paralelo, la portavocía del Ministerio de Exteriores ruso dejó una frase que no admite interpretación: Ucrania
«ya ha perdido» la oportunidad de existir dentro de sus propias fronteras. La propia RIA hablaba de que Rusia ha tomado rumbo a la anexión, y que la única duda es dónde se traza la línea. No es la retórica de quien se retira; es la de quien se queda.
Del crucero Moskva al nuevo frente de Severodonetsk
El hundimiento del
Moskva, buque insignia de la flota del Mar Negro, cerró abril con una pregunta que nadie ha respondido del todo: cómo se pierde el buque de referencia de una flota en una guerra que, se decía, estaba ganada. La reconstrucción completa del episodio sigue pendiente, y esa ausencia de explicación vale más que cualquier comunicado oficial.
En mayo, la atención se ha desplazado a Severodonetsk. Las mismas voces que dieron Kiev por caída hablan ahora de un nuevo movimiento envolvente; los mismos que se rieron del convoy se preparan para reírse otra vez, o para tragarse sus palabras. El marcador no está cerrado. Pero la aritmética de los primeros pronósticos —
tres días— no admite ya ninguna defensa seria.