La 'zorra' que TVE paga y media Europa tararea
La canción que España lleva a Eurovisión en 2024 no es un experimento de sótano: es un producto con respaldo público, coreado en el estribillo por media Europa y presentado como empoderamiento. El problema no es que sea mala. El problema es que se vende como transgresora cuando hace décadas que dejó de serlo.
TVE la financia, la promociona y la aplaude, y eso convierte la provocación en
política pública.
El tema, una suerte de electrónica ochentera con estribillo repetitivo, se apoya en una palabra que hace treinta años habría sonado a provocación real y hoy suena a
consigna oficial. La discusión que se ha abierto no es musical: es sobre quién paga, quién aplaude y a quién le renta el numerito.
De la transgresión de sótano al aplauso de TVE
Hace tres décadas, una propuesta así habría circulado por circuitos alternativos, salas pequeñas y sellos independientes. Hoy cuenta con
financiación pública, promoción en televisión estatal y un relato oficial que la presenta como rompedora. El desplazamiento es el dato: lo que antes era margen hoy es centro, y el centro lo paga el contribuyente.
Hay quien sostiene que el simple hecho de llevar a Eurovisión una propuesta con estética
queer y lenguaje explícito ya es un gesto político. En contra pesa un argumento más simple: si lo aplaude el ente público y lo corea media Europa, la transgresión se ha disuelto en
mainstream subvencionado. La provocación que no incomoda a nadie no es provocación; es marketing.
El sonido ochentero y la letra de burdel
El apartado musical tampoco escapa. Varias voces coinciden en que el sonido recuerda a la electrónica de los ochenta, a Fangoria, a OBK, y que el mérito real corresponde más al
ingeniero de sonido que a la intérprete. La letra, dicen, no encaja con la música: se fuerza la palabra gruesa sobre una base pegadiza que pide otra cosa.
El resultado, según esa lectura, es un híbrido entre
Camela y Fangoria con un estribillo que repite una palabra soez. La comparación con el reguetón latinoamericano no sale bien parada: allí al menos hay un oficio rítmico; aquí, sostienen, hay ocurrencia de parvulario. La brecha entre lo que se pretende y lo que se consigue es el centro del asunto.
¿Por qué se presenta como empoderamiento algo que ya hacían los ochenta?
Porque el marco ideológico ha cambiado, no el producto. Lo que en 1985 era provocación de minorías hoy es
discurso institucional: según recogen algunos mensajes del hilo, el Gobierno se declara abiertamente partidario del término y lo presenta como
feminismo divertido. Esa apropiación institucional es lo que convierte una canción en un símbolo y a la vez le vacía el contenido crítico.
La paradoja es evidente: cuanto más se institucionaliza la provocación, menos provoca. El público que se siente interpelado no es el que se escandaliza, sino el que ya estaba de acuerdo. La canción no rompe nada; confirma un consenso. Y un consenso financiado con dinero público deja de ser contracultura para ser
boletín oficial.
El resultado en el festival y el desgaste del relato
En el plano competitivo, las expectativas son moderadas. Algunas voces recuerdan que la última vez que España rozó la victoria fue con una propuesta profesional de danza y canto, y que aquel precedente incomodó a cierto relato. La comparación con aquel resultado se usa ahora como vara de medir: si el objetivo era ganar, el experimento no parece el camino.
El desgaste no es solo eurovisivo. La sensación de que cualquier crítica al producto se responde con etiquetas descalificativas forma parte del fenómeno. Quien no aplaude la ocurrencia queda automáticamente situado en el bando contrario. Esa dinámica, más que la canción, es lo que se discute: la
gestión política del gusto como criterio de pertenencia.
Lo que queda cuando se apaga el foco
Queda una pregunta incómoda: si mañana TVE dejara de financiar el formato, ¿seguiría existiendo el fenómeno? Probablemente no con la misma intensidad. La canción vive de la caja pública, del relato oficial y del ruido en redes. Sin esos tres soportes, sería una propuesta más en un circuito minoritario.
Queda también un dato que descoloca: la misma palabra que se presenta como liberadora es la que usan a diario los que no han visto un escenario en su vida. La distancia entre el gesto y la realidad es el verdadero tema. Y esa distancia, con presupuesto o sin él, no la arregla ningún estribillo.