Ucrania, segunda del público español en Eurovisión 2023
¿Qué hace el representante de Ucrania en Eurovisión 2023 mientras su país sigue en guerra? La pregunta se instaló en cuanto se conoció su perfil: un artista joven que, según los participantes en el debate, reside en el Reino Unido y estaría en edad de combatir. La polémica desbordó enseguida el Festival. De la elección del cantante se pasó a discutir el papel de la OTAN, el relato del conflicto y hasta el modelo económico que sostiene Europa. Y en medio, un dato incómodo:
Ucrania fue la segunda opción más votada por el público español.
Por qué se cuestionó al representante ucraniano
El argumento más repetido fue el de la coherencia. Si el país moviliza a sus ciudadanos para el frente,
¿cómo se explica que su carta en el Festival sea alguien que vive fuera y no está en una trinchera? La formulación que más circuló fue contundente: si representa a Ucrania, que la represente donde se está librando la guerra, con Bajmut como referencia repetida una y otra vez.
Sobre esa base se construyó el segundo reproche. El contraste entre los soldados que caen en el frente y el escaparate televisivo del sábado resultaba, para buena parte de quienes siguieron la polémica, difícil de digerir. No era una queja contra el Festival en sí, sino contra lo que se leía como un doble estándar: movilización en casa, alfombra roja fuera. La pregunta, planteada en voz alta, era si el cantante debería estar defendiendo su país en lugar de defender su candidatura.
La tesis de la agenda global y el papel de la OTAN
El segundo nivel del debate fue más ambicioso y bastante menos documentado. Una parte de la conversación sostuvo que la elección no era casual, sino una pieza de una supuesta agenda global que se sirve de instituciones culturales para normalizar un relato. En esa lectura, Eurovisión funcionaría desde hace años como un montaje al servicio de la OTAN y de Estados Unidos, y el representante ucraniano sería la prueba visible de que
algo se está cocinando.
Conviene ser claros: esas afirmaciones se lanzaron sin aportar ninguna evidencia. Se habló de un gobierno en la sombra que actúa a la vista de todos, de jerarquías ocultas y de una coreografía pensada para que el espectador perciba el mensaje. Es la mecánica clásica del razonamiento conspirativo: la ausencia de pruebas se reinterpreta como prueba de la eficacia de la ocultación. El dato que se manejó en la conversación es otro, y más aburrido: Ucrania presentó a un cantante joven que, según quienes lo criticaban, residía en el Reino Unido, y el Festival lo emitió sin más.
Ucrania, segunda opción del televoto español
Aquí llega el número que descoloca.
Ucrania fue la segunda más votada por el público español, lo que admite dos lecturas. La primera, que el relato televisivo funciona y que España responde con entusiasmo a las causas que le vienen servidas desde la pequeña pantalla. La segunda, que buena parte de ese voto procede de la comunidad ucraniana residente en el país, que utilizó el mecanismo del televoto para apoyar a los suyos. Ambas pueden ser ciertas a la vez.
El resto del relato oficial también dejó poso. En 2022 la victoria fue para Ucrania y en 2023 el primer puesto se lo llevó Suecia, con Finlandia en segunda posición, según el recuento que circuló. Para una parte del público, ese baile de ganadores y la coincidencia con los intereses geopolíticos del momento es demasiada casualidad junta. La sospecha de manipulación no se apoya en auditorías ni en actas, solo en la intuición de que los resultados encajan demasiado bien con la agenda del día.
Del festival al pulso sobre capitalismo y cooperativas
Y entonces el asunto derivó. Como suele pasar cuando el debate se calienta, la conversación saltó del escenario al sistema económico. Una corriente defendió que sin libertad no hay valores propios, y que la libertad es incompatible con tres poderes concentrados: el del Estado, el del gran capital y el que genera el trabajo asalariado. Sin desmontar esos tres, argumentan, no hay conciencia libre ni decisión auténtica, solo adhesión a lo que venga impuesto.
Enfrente apareció la réplica tecnológica, la más incómoda de rebatir. ¿Cómo se fabrican microchips en un modelo cooperativo? La respuesta más citada fue que quien replicaba no conocía ninguna cooperativa capaz de producir semiconductores, y que las cooperativas que funcionan en España lo hacen protegidas por el Estado. Se mencionaron con sorna el Grupo Mondragón, Fagor y Pescanova. Del otro lado, la contrarréplica: el capitalismo ha disparado el PIB de los países en los últimos doscientos años, sí, pero a cambio de colocar la técnica por encima de la libertad. Un trueque que cada cual valora como quiere.
Así que la tarde acabó con un festival de canciones discutiendo el Producto Interior Bruto de dos siglos, la naturaleza del poder y el futuro del cooperativismo. Solo Eurovisión es capaz de convertir un estribillo en un seminario de economía política. Y lo peor: que a estas alturas el guion nos parezca hasta razonable.