Israel gana el televoto español y Ucrania queda segunda
¿Por qué el televoto español de Eurovisión dio la victoria a Israel y la segunda plaza a Ucrania? La respuesta corta: porque así lo decidieron los votantes. La larga implica geopolítica, voto identitario y una sospecha de tongo que recorre cada edición del festival desde hace décadas. El resultado oficial dejó a España lejos de la cabeza y encendió el debate sobre qué mide realmente un concurso que mezcla música, diplomacia y bloques de poder.
El resultado que nadie esperaba (o sí)
El televoto español colocó a
Israel en primera posición y a
Ucrania en segunda. Un patrón que se repite: el año anterior Israel ya había ganado el voto popular en España, según se recuerda en la discusión. La coincidencia no es casual para muchos, que ven en estos resultados una mezcla de
borreguismo identitario y castigo diplomático.
Portugal, por su parte, no votó a España. La razón que se apunta es el apagón que dejó a los portugueses a oscuras semanas antes del festival. Un ajuste de cuentas vecinal en toda regla, ejercido dentro de su legítimo derecho a votar lo que le venga en gana.
La canción ganadora, según el consenso casi unánime, era mala. No mala de discutible, sino
mala de cojones. Eso no impidió que arrasara en el voto popular de medio continente.
¿Por qué gana Israel en el televoto español?
La explicación más repetida es matemática: los votantes pro-Israel votan en bloque a Israel, mientras los pro-Palestina, al no poder votar a Palestina porque no participa, dispersan su voto entre el resto de países. Lo mismo ocurre con Ucrania: los pro-ucranianos concentran el voto, los pro-rusos lo dispersan al no estar Rusia en el concurso.
Hay quien añade un factor demográfico: la presencia de comunidades con vínculos con Israel en España, que votan cohesionadas. Y quien lo reduce todo a una cuestión de
borreguismo: el español medio vota lo que le dicen los medios o lo que marca la corriente dominante del momento.
En contra pesa el argumento de que el televoto es un mecanismo imperfecto pero democrático, y que si el resultado no gusta, el problema no es el mensaje sino el mensajero.
El tongo: la sospecha que nunca muere
La palabra
tongo aparece en cada rincón del debate. Se recuerda el año en que España iba ganando con Chanel y, por arte de magia del jurado, el primer puesto acabó en manos de Ucrania. Aquello sentó un precedente que muchos no han perdonado.
La teoría del tongo tiene dos variantes. La primera: el jurado profesional manipula el resultado final para favorecer ciertos países. La segunda: el propio televoto se contabiliza con opacidad y los resultados se ajustan a conveniencia. Ninguna de las dos está respaldada por pruebas, pero ambas circulan con la misma naturalidad que el himno del festival.
Lo que sí es cierto es que Eurovisión es un acto sociopolítico. La política exterior se cuela en cada edición, y los bloques de voto —nórdicos, balcánicos, ex-soviéticos— llevan décadas documentados.
TVE, en el punto de mira
La
televisión pública española tampoco sale bien parada. Se critica que TVE politiza el festival, que su retransmisión está cargada de mensaje y que cualquier iniciativa suya acaba surtiendo el efecto contrario al deseado. La puesta en escena española, con referencias a Gaza y al conflicto, se interpreta como un posicionamiento que pudo costar votos.
Hay quien directamente pide que TVE se retire de Eurovisión. Se describe el concurso como un
pozo infecto e inmoral que blanquea a los genocidas, en referencia a la participación de Israel. Otros, en cambio, defienden que la mejor respuesta es seguir participando y ganar en el escenario.
¿Qué pasa si España deja de participar en Eurovisión?
La propuesta de abandonar el festival gana adeptos en cada edición polémica. Los argumentos: ahorro de dinero público, fin de la politización y recuperación de la dignidad. Los contraargumentos: pérdida de visibilidad internacional, menos oportunidades para la industria musical española y dejar el terreno libre a los países que sí juegan el juego geopolítico.
La realidad es que Eurovisión sigue siendo un escaparate global con audiencias millonarias, y renunciar a él tiene un coste reputacional y comercial que pocos países están dispuestos a asumir.
El cierre: la democracia del televoto
Al final, la pregunta que sobrevuela todo el asunto es incómoda: si el televoto es una prueba de democracia, ¿qué dice de nosotros que gane Israel y quede segunda Ucrania? Unos responderán que dice exactamente lo que hay. Otros, que el sufragio universal, aplicado a un festival de canciones, es un error de diseño. Y una minoría, la más sensata, seguirá pensando que lo único que merece la pena de Eurovisión es el
Te Deum de Charpentier.