El 10,7% de inflación española y la factura de las sanciones a Rusia
Un forero asegura que el pollo pasó de 2 o 2,5 euros a rozar los 4 en cuestión de días. La cifra resume, según él, el desasosiego que recorre Europa desde que la inflación dejó de ser pasajera. Según los datos que se citan en el debate, en España la tasa escaló hasta el
10,7%, por encima del 6,8% de Francia, el 8,4% de Italia y el 8,5% de Alemania. Sobre la mesa asoma un puzle incómodo: ¿son las sanciones a Rusia las que están vaciando los bolsillos o veníamos de antes?
El 10,7% de inflación en España y la comparación europea
El diferencial no es menor. Casi cuatro puntos separan la tasa española de la francesa, y con Alemania la brecha ronda los dos. Lo llamativo es que ese encarecimiento se produce, según los datos que se citan,
a pesar de una menor dependencia del gas ruso que la de otras economías del entorno. España cuenta además con la llamada
excepción ibérica, el mecanismo aprobado para rebajar el precio de la electricidad en el mercado mayorista.
Con esas piezas, la explicación simple —todo se debe a Moscú— empieza a fallar por algún lado. Si el punto de partida energético fuera peor que el del resto, la brecha tendría una lectura directa. El problema es que no lo es, y esa contradicción es la que aviva el cruce de argumentos y descoloca a quien esperaba una respuesta limpia.
¿Son las sanciones a Rusia la causa de la subida de precios?
Aquí se rompe el consenso. Una corriente del debate sostiene que el encarecimiento arrancó antes de la guerra, con
billones de euros y dólares impresos durante los años previos, y que la contienda solo aceleró un proceso ya en marcha. En ese relato, culpar a las sanciones es una forma cómoda de tapar el origen monetario y de no mirar las decisiones propias.
La réplica llega desde el otro lado. Sin energía barata, argumentan, la economía europea pierde competitividad, el euro se devalúa frente al dólar y todo lo que se importa se paga más caro. La subida de precios sería la factura de una decisión política, y quien la niega, señalan, solo busca dónde colocar el foco. En medio aparece una tercera capa, la de quienes hablan de compras forzadas de hidrocarburos y materias primas a precios de urgencia; un forero cifra ese sobreprecio en el 40%, sin más respaldo que su propia afirmación.
El tono del cruce no ayuda a discernir. La ironía hacia Bruselas y hacia la dirigencia europea se mezcla con datos que sí merecen atención, como el de la inflación por país.
La excepción ibérica y el precio de la electricidad
El mecanismo ibérico se aprobó, según se recuerda en el debate, para rebajar el precio de la electricidad en el mercado mayorista. Quienes intervienen lo sitúan como un alivio solo parcial, que no impide que la cesta de la compra siga escalando.
De ahí que el foco se desplace a los hidrocarburos. Cada subida del crudo o del gas tensiona el transporte, la industria y, por arrastre, el precio final de alimentos básicos. El consumidor no ve el mercado mayorista; ve la etiqueta del lineal.
La inflación rusa, el doble que la europea
Hay un dato que suele caer del lado incómodo del relato: la inflación en Rusia se sitúa en el
doble de la europea, según los datos difundidos en el hilo. Para quienes sostienen que las sanciones castigan también al Kremlin, esa cifra demuestra que el coste se reparte y que la economía rusa también se resiente.
Para quienes señalan a Europa, el dato es un distractor más: que el adversario lo pase mal no abarata la cesta propia ni devuelve un solo euro al bolsillo. Ambas lecturas conviven sin resolverse, y ninguna acaba de imponerse.
Un euro débil encarece todo lo que se importa
La devaluación del euro añade otra capa al problema. Todo lo que se compra en dólares —energía, materias primas, ciertos alimentos— se encarece automáticamente cuando la moneda común pierde valor. El inversor mira la paridad, ajusta sus cuentas y traslada el coste al consumidor final.
No es un factor nuevo, pero se suma a los anteriores y ayuda a explicar por qué la inflación se siente en el bolsillo mucho antes que en los titulares. Cuando el tipo de cambio se mueve, el precio se mueve detrás.
El precio del pollo no distingue entre causas monetarias, energéticas o geopolíticas. Solo deja la cifra sobre el ticket de compra. Y mientras nadie se pone de acuerdo sobre el origen, la cesta sigue subiendo un poco cada semana.