Ni tres días de guerra de alta intensidad
La tesis se plantea con lógica de videojuego: si Europa tiene mejor tecnología militar que Rusia, bastaría una semana para llegar a Moscú y, de paso, exhibir músculo ante Washington. El inventario la desmonta en la primera línea. Los informes que se manejan —entre ellos el del instituto francés IRFI— apuntan a que en varios países no hay existencias para aguantar
ni tres días de guerra de alta intensidad, y que en el aire solo habría
misiles Meteor para un día de combates. Lo demás es literatura.
Quién pone el cuerpo cuando el plan lo escriben otros
La contestación dominante no es logística, es personal. A la propuesta de tomar Moscú le sigue una invitación a alistarse: que vaya primero quien la defiende. El argumento se repite con distintas formas —el que pide sacrificios para otros, que arranque él— y tiene una variante de edad:
ninguno de los que jalean la ofensiva ha empuñado un arma en su vida.
Hay un reproche temporal que corta más: durante tres años de guerra hubo tiempo de sobra para ir como voluntario y no fue nadie. Pedir ahora el sacrificio ajeno, cuando el escenario se ha complicado, se lee como salida desesperada y no como convicción.
El detalle geográfico tampoco ayuda. El país al que se propone atacar está a miles de kilómetros y no ha hecho nada, mientras el ruido sobre lo que sí afecta a la vida diaria se queda al margen. Y luego está el verano:
antes en la playa con una cerveza que en una trinchera con barro y mosquitos. Con ese combustible, la ofensiva no arranca.
Tres Mirage, misiles sin reponer y cadenas de montaje canibalizadas
El detalle que más incomoda a los entusiastas es el material. Se han entregado
tres Mirage y no se pueden dar más a corto plazo: hay que modernizarlos, un eufemismo para decir que se han ido canibalizando entre ellos y que algunos ni vuelan. Faltan repuestos y llegan con cuentagotas.
Los misiles de crucero SCALP-EG enviados a Ucrania no se han repuesto. En otros países socios la situación es peor. No es una cuestión de ganas: es que no hay. Y ese es el punto que desactiva cualquier calendario optimista de campaña relámpago.
Frente a eso, la propuesta alternativa pasa por construir industria militar en Polonia, Chequia, Rumanía, Finlandia y Ucrania, y por entregar material dado de baja —
200 Tornados y 30 Mirage, además de Sea Harrier y Super Etendard— para que Ucrania cubra sus maniobras blindadas. La pega es evidente: los aparatos se retiran porque ya no hay repuestos para mantenerlos en vuelo.
Por qué Moscú no se toma en una semana: lo que dice el historial
El repaso histórico es el otro gran bloque argumental. La lista de quienes intentaron entrar por el oeste viene de lejos: el kan de Crimea en el siglo XVI, el rey polaco Segismundo II Vasa, que llegó a tomar Moscú en el XVII, Carlos IX de Suecia, Napoleón y, ya en el XX, Hitler. Sobre esa reunión imaginaria, la conclusión que se repite es que
la carcajada sería monumental.
Hay matices. También se recuerda el siglo XIX, cuando anglos y franceses derrotaron al zar y no les fue mal en Crimea. La diferencia, sostiene otra línea, es que aquella era una guerra convencional y la de ahora no lo sería en ningún escenario.
Ahí entra el argumento que desactiva la carrera hacia el Kremlin. Tomar la capital rusa en un conflicto convencional sería una competición por ver qué bandera se planta antes, pero el problema es precisamente que esa guerra nunca sería convencional. Y se añade un aviso: hay sistemas capaces de alcanzar Londres, París, Berlín, Roma o Madrid sin ser detectados.
La autonomía estratégica que se decide fuera
El tercer frente es político. Una parte del análisis sostiene que Europa no actúa como sujeto propio, sino como provincia de intereses ajenos, y que la construcción europea es reciente y artificial: tenía más sentido en la época de los imperios que en la de los estados nación. Para esa corriente, la Unión se percibe como una caja que reparte subsidios, no como un espacio por el que alguien esté dispuesto a morir.
La legitimidad de quien firma también se cuestiona. Se recuerda que ni Macron ni Von der Leyen han sido votados para el papel que desempeñan, y se concluye que un ejército europeo así construido sería, en el mejor de los casos,
un ejército de mercenarios, no de ciudadanos.
De fondo sobrevuela otra prioridad, ajena al frente oriental: la de quienes creen que el esfuerzo debería ir a asegurar las fronteras y a la relación con el norte de África, no a una aventura a miles de kilómetros. Y una coincidencia incómoda entre bandos: a quien propone la ofensiva se le exige que sea el primero en ir.
Con esa combinación —sin existencias, sin industria, sin voluntarios y con un historial en contra—, el plan tiene menos de estrategia militar y más de consigna. La pregunta sigue sin respuesta: ¿quién cruza el Don?