Vamos con...VENENO.
Sustancia que, tras ser ingerida o inoculada, es altamente tóxica y perjudicial para la salud, pudiendo provocar graves enfermedades e incluso la gloria.
Pero en su origen, este término no hacía referencia ese tipo de compuesto, sino que dicho término fue acuñado para denominar así a las pócimas y preparados elaborados para ayudar a subir la libido masculina (lo que también conocemos como
‘afrodisiaco’).
Y es que, antiguamente, el afrodisiaco y el veneno eran exactamente lo mismo, lo único que diferenciaba a ambos términos era que el primero provenía del griego y el segundo del latín.
Etimológicamente, ‘afrodisiaco’ (
aphrodisiakós) hacía referencia a
‘Afrodita’, la diosa griega del amor y ‘veneno’ (
venēnum) a
‘Venus’, su equivalente en la mitología romana.
Los antiguos alquimistas elaboraban pócimas y sustancias para devolver la vigorosidad sensual a los hombres y en el mundo romano se les denomino como
‘venēnum’, mientras que en el griego se les llamaba
‘aphrodisiakós’.
Con el tiempo, el término venēnum acabó sirviendo para denominar a todo tipo de sustancia medicinal que se preparaba en una botica (farmacia) y, curiosamente, a quien lo elaboraba se le conocía como
‘venenario’ (boticario) y así aparece recogido en los primeros diccionarios oficiales de nuestra lengua.
Y siguió transcurriendo el tiempo y el término veneno (
venenum) dejó de ser usado para hacer referencia a las sustancias que ayudaban a subir la libido, quedando el vocablo ‘afrodisiaco’ (
aphrodisiakós) para tal fin y el otro para todo tipo de medicamento, pócima o sustancia. Ante la toxicidad de algunos preparados se le empezó a añadir una coletilla al término encontrándonos que existía el
‘venenum bonum’ (veneno bueno) y el
‘venenum malum’ (veneno malo).
Fue durante la Edad Media cuando el término veneno (también escrito como
venino) pasó a denominar solamente a las sustancias tóxicas y mortales, mientras que los medicamentos convencionales se les llamó
‘fármaco’ (del latín
‘pharmăcum’ y éste del griego
‘phármakon’).