El SEPE sustituye al funcionario por un segurata y la cita por el criterio
Ir al SEPE a cobrar la primera y única semana de paro se ha convertido en un ejercicio de paciencia y de comparación. Quien acude con cita previa espera a que le llamen a su hora, mientras observa cómo otras personas sin cita son atendidas el mismo día. La escena se repite en cualquier oficina de prestaciones:
un vigilante de seguridad en la puerta en lugar de un auxiliar administrativo, colas kilométricas antes de abrir y una sensación general de que el trámite se ha degradado. El relato oficial habla de modernización y cita online; la realidad que describe quien pasa por allí es otra.
Qué se encuentra quien va a tramitar el paro
La primera sorpresa es la puerta. Donde antes había un empleado público que orientaba, ahora hay
un vigilante de seguridad que hace las veces de recepcionista. La segunda es el criterio: quien llega sin cita es derivado a pedirla por internet, pero hay quien entra sin cita y sale con hora para el día siguiente. Esa asimetría es la que más irrita a quien cumple el trámite por la vía reglada. El resultado es una percepción de
barra libre para unos y de laberinto burocrático para otros.
La explicación que se da desde dentro es simple:
externalizar la atención es más barato que mantener una plaza fija. Un funcionario es un coste fijo, un derecho adquirido que no se toca; un servicio de seguridad privada es un contrato temporal que se renueva o se deja caer. La administración gana flexibilidad y pierde capacidad de resolver. Quien va a cobrar una prestación no necesita flexibilidad: necesita que alguien le diga qué papel falta.
Cita online obligatoria, cita presencial para otros
El discurso oficial insiste en que la cita se pide por internet. En la práctica, hay quien entra sin cita y es atendido por el responsable de la oficina, que sale a dar hora para el día siguiente. No es una excepción aislada: se describe como una escena repetida. Para quien intentó pedir cita online y se encontró con el sistema caído o sin huecos, la comparación escuece. La queja no es solo por el trato, sino por la
arbitrariedad del criterio: la norma existe, pero se aplica según quién esté en la puerta.
A eso se suma el perfil de quien espera. Hay quien llega con la litrona a medio consumir, quien acude con un familiar que hace de traductor y quien directamente no habla castellano. La oficina se ha convertido en un retrato de la España que no sale en los folletos:
prestaciones, migración y precariedad en la misma sala de espera.
Cobrar una semana de paro o dos años de paguita
El hilo deja un debate de fondo que va más allá de la anécdota. Una parte defiende capitalizar el paro y montar un negocio; otra, estirar los dos años de prestación y echar currículums después. Y una tercera, la del que abre el tema, sostiene que
con trabajo no se necesita la paguita: ha ido a cobrar su primera y única semana de paro porque ya tiene empleo. El detalle no es menor: dice que en su sector le han llamado de cuatro sitios. Frente al relato del paro estructural, aparece el del que renuncia a la prestación porque no le hace falta.
La ironía recorre todo el asunto. Se bromea con que ir al SEPE es de pobres y que la gente con clase va al INSS a tramitar su paguita. Se compara la escena con un esperpento que ni Goya ni Galdós habrían retratado. Y se apunta a lo estructural:
sustituir Estado por subcontrata es más barato, más flexible y, al final, más inútil. El presupuesto se justifica igual.
La escena que nadie fotografía
Falta la foto. Es la queja recurrente: sin imagen, la escena se queda en anécdota. Pero la descripción es minuciosa. La calefacción puesta a todo trapo en pleno trámite. El vigilante que se pone la mascarilla cuando entra según quién. La cola antes de abrir. El responsable que sale a dar cita a quien no la tiene. Cada detalle apunta a lo mismo:
la oficina funciona, pero no como debería.
El cierre no lo pone nadie. Quien tiene trabajo, cobra su semana y se va. Quien no lo tiene, se queda esperando a que le llamen. Y entre medias, un vigilante de seguridad haciendo de portero de una administración que decidió que atender era un lujo prescindible. La predicción, con reservas: mientras externalizar siga siendo más barato que contratar, la puerta del SEPE seguirá teniendo más músculo que mostrador.