El 72% de riqueza perdida: la generación más formada, la más pobre
El último dato de la Encuesta Financiera de las Familias 2024 del Banco de España no deja mucho margen a la interpretación: la riqueza neta de los menores de 35 años se ha reducido un 72% desde el estallido de la crisis financiera de 2008. En números, pasar de una riqueza media cercana a los 80.000 euros a apenas 20.000. No es un accidente, es el resultado de un diseño donde la política monetaria ha inflado activos (vivienda, bolsa) en manos de las generaciones anteriores mientras los salarios reales de los jóvenes se han quedado atascados.
Salarios que no dan para vivir, precios que no bajan
El mercado laboral ofrece sueldos que no permiten ni ahorrar ni afrontar un alquiler. La vivienda, el principal activo de acumulación de riqueza para la clase media, está fuera del alcance de la mayoría de los jóvenes. La compra se ha convertido en una quimera: los precios siguen en máximos mientras la demanda solvente se reduce. Como apuntan algunos análisis, el endeudamiento joven es cada vez menor, pero no por prudencia, sino porque no hay renta suficiente para acceder a una hipoteca. Incluso el alquiler se come más de la mitad del salario en las grandes ciudades.
Una generación que espera heredar, pero no vive
El debate sobre la herencia divide posiciones. Por un lado, quienes señalan que muchos jóvenes accederán a viviendas de sus padres, pero a edades avanzadas; por otro, los que consideran que esa transferencia generacional es la única vía para no terminar en la calle. Mientras tanto, la realidad es que muchos ya viven en segundas residencias familiares, ahorrando el 80% de su salario, pero sin capacidad de independencia real. El sistema, como se ha dicho, no es un fallo: funciona exactamente como fue diseñado, empujando a los jóvenes a la precariedad mientras mantiene el patrimonio en manos de los mayores.
¿Hay salida o es la argentinización de España?
Algunos analistas comparan la situación con la de países como Japón, donde hay millones de viviendas vacías pero los jóvenes no pueden comprar. La diferencia es que aquí la inmigración masiva y la demanda de alquiler mantienen los precios artificialmente altos. La sensación de estancamiento es generalizada, y la desconfianza en el sistema político crece. La pregunta que queda en el aire es si esta generación aceptará vivir peor que sus padres o si llegará un punto de ruptura.
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