Eso lo vi este Enero en un polígono por Guipuzcoa. Hicieron un ERE porque los nuevos dueños de la empresa iban a meter más automatización, es decir, más robótica. Los avances en automatización o el nuevo tipo de producto que se vaya a hacer sale más barato que tener a 20, 50 o 100 personas.
No vi muy preocupada a la gente, me da la sensación de que por esas tierras se han quedado en la creencia de “aquí siempre hay trabajo”, mezclado con una mentalidad de los años 90, como si aquello fuera a perdurar intacto eternamente.
Sin embargo, a mi me pareció una señal de posible cambio de tendencia (aunque como he leído recientemente en algún comentario, una flor no hace primavera). Los nuevos patrones procedentes de otras tierras que se están haciendo con el tejido industrial están demandando más mano de obra barata y parece que les compensa invertir más en robotización que en mantener al trabajador autóctono, sobretodo si tienen que competir con otras regiones industriales asiáticas. Como bien dice, los patrones no están perdonando.
Yo creo que la ola ya está llegando, no como un tsunami, pero ya va acariciando por encima de los tobillos, mientras la gente está de jijijaja en las terrazas.
Lo hablamos hace unos días, no va a ser la IA humanista que dice Sánchez.
La deflación tecnológica va a ocurrir a nivel de costes de producción.
El sistema no va a permitir que la deflación llegue al consumidor.
Los que controlan el grifo monetario
están posicionados para capturar el beneficio antes de que llegue a la calle.
La secuencia es la siguiente:
1. Automatización por IA como catalizador
2. Desempleo masivo
3. Colapso fiscal
4. Impresión masiva
5. CBDCs como herramienta de control
6. Degradación monetaria
7. Fuga hacia activos fuera del circuito estatal
A esto hay que añadir la fragmentación europea como consecuencia de velocidades de automatización distintas entre países.
La Europa de las dos velocidades es una ficción contable, en la práctica hay cinco o seis velocidades, y la brecha se va a ensanchar con la automatización.
A lo que vamos es a monedas nacionales, mejor dicho a CBDCs nacionales.
Con el sistema actual, el BCE compra bonos, los bancos comerciales distribuyen crédito, el dinero tarda en llegar a la economía real y hay fugas por el camino (los bancos acumulan reservas en vez de prestar, como pasó tras 2008). Con intermediarios, es ineficiente aunque ese mismo filtro actúa como freno parcial.
Con CBDCs nacionales programables, el circuito se cierra completamente, del gobierno al monedero del ciudadano, instantáneo, sin intermediarios.
Y si le añades fecha de caducidad al dinero digital, algo técnicamente trivial, eliminas también el ahorro como válvula de escape.
El ciudadano tiene que gastar o pierde el dinero.
Silvio Gesell estaría encantado con el mecanismo. Pero su dinero oxidable estaba pensado para comunidades libres, no para gobiernos centralizados con CBDCs. En el fondo, estaría pavor.
Millones de desempleados por la tecnología, robots produciendo bienes, y una herramienta que te permite inyectar dinero directamente en la demanda sin negociar con bancos ni emitir deuda visible en los mercados.
¿Qué político va a resistir esa tentación? Ninguno.
A corto plazo funciona. Los robots producen, los ciudadanos consumen con dinero digital, el PIB sube, los precios se mantienen razonables porque la oferta de bienes es robótica y escalable.
Parece magia, pero estás creando una dependencia estructural donde
el ciudadano no tiene autonomía económica, no trabaja, no ahorra (el dinero caduca), y su consumo depende enteramente del estado emisor.
Cada país imprimirá a su ritmo según sus necesidades políticas.
Italia y España imprimirán más que Alemania o Países Bajos. El euro digital se convertirá en euros digitales nacionales con velocidades de emisión diferentes. Esto es un tipo de cambio implícito.
La gloria del euro por otra puerta.
Y el final lógico de todo esto es que las alternativas fuera del circuito estatal se convierten en el refugio para quien quiera salir del circuito cerrado. Dinero que no caduca, que no es programable por un gobierno, y que no depende de que Frankfurt, París y Roma se pongan de acuerdo.
Una futura competencia monetaria no va a evitar la primera devaluación bestial.
El stock actual de deuda global es tan descomunal que ninguna competencia monetaria lo va a resolver ordenadamente. Los gobiernos van a imprimir porque es la única salida políticamente viable, y la competencia monetaria no puede disciplinar a un deudor desesperado. En una primera fase solo puede ofrecer refugio a quienes ven venir la tormenta.
Donde sí puede funcionar la disciplina es en la etapa posterior.
Si tras una reestructuración monetaria existe competencia real (oro, criptos, stablecoins, monedas locales), los gobiernos tienen un freno que antes no existía. Cada vez que imprimen excesivamente, el capital fluye hacia alternativas. Esto es Hayek puro, competencia monetaria como mecanismo disciplinario.
También es preocupante la ventana de represión financiera entre las dos fases.
Entre el momento en que la devaluación empieza y el momento en que la competencia monetaria madura lo suficiente para disciplinar, los estados tienen un incentivo máximo para cerrar las vías de escape, con controles de capital, prohibición o tributación confiscatoria de cripto, límites a compra de oro, restricciones de movimiento de divisas. China ya lo hace, y Europa lo hará con guantes de seda pero lo hará.
Estamos en una carrera en la que la madurez cívica es clave.
¿Madurará la adopción de alternativas antes de que los estados cierren la puerta?
Si la adopción llega a masa crítica, la prohibición se vuelve políticamente inviable. Si no es así, el escenario CBDC con dinero oxidable geselliano se impone y la competencia monetaria queda relegada a una minoría.
La IA y la robótica aceleran el colapso fiscal que fuerza la impresión, pero también potencian las herramientas de vigilancia y control que permiten cerrar las vías de escape.
El resultado depende de cuál de los dos vaya más rápido.