Esto va a reventar en cualquier momento: un año de avisos sin crash
Un hilo de seguimiento macroeconómico acumula 20.900 respuestas en 364 días pronosticando el colapso del sistema financiero. El detonante que muchos esperaban —el cierre del estrecho de Ormuz— se ha producido, y los mercados occidentales ni se han inmutado. La paradoja es el corazón del asunto: los indicadores que la comunidad vigila llevan meses en zona roja, pero el S&P 500 sigue subiendo y las terrazas siguen llenas.
El diagnóstico que se repite es que el sistema ya no responde a la lógica de mercado. Los bancos centrales compran bonos a voluntad, los tipos se manipulan, y la única certeza es que la deuda soberana global no deja de crecer. La pregunta que planea sobre todo el material es incómoda: ¿y si el colapso no llega nunca porque el sistema ha aprendido a funcionar en estado de agonía permanente?
La deuda que ya no se puede pagar
Los números que se manejan en el seguimiento son de una contundencia que desarma cualquier optimismo. La deuda real de España, incluyendo el compromiso con las pensiones, se estima en un
700% del PIB. Japón acaba de aprobar su mayor presupuesto de la historia:
122,3 billones de yenes (815.000 millones de dólares), de los cuales el 60% se va en seguridad social y servicio de deuda. Los intereses de la deuda japonesa superan por primera vez los 30 billones de yenes.
El patrón se repite en todas las economías desarrolladas. El gasto improductivo se come cualquier margen de maniobra. En España, el 33% de las pensiones se paga directamente con deuda, según los cálculos que circulan. La conclusión que se extrae es que el sistema no puede permitirse subir tipos sin que la estructura de bonos se desmorone.
Hay quien sostiene que esta es precisamente la trampa: los bancos centrales están atrapados. Si suben tipos, quiebran los estados. Si los bajan, la inflación se descontrola. La única salida es la represión financiera permanente: inflación alta y tipos bajos, que transfiere riqueza de ahorradores a deudores sin que nadie tenga que votar nada.
El estrecho de Ormuz: el detonante que no detonó
El cierre efectivo del estrecho de Ormuz durante dos meses ha sido el evento que muchos esperaban como chispa final. El Golfo Pérsico no solo exporta petróleo: concentra el
46% del comercio mundial de urea, el fertilizante nitrogenado más usado. Desde el 28 de febrero, según los datos que se comparten, cero barcos han salido con urea.
La cadena de consecuencias que se dibuja es inquietante. La urea ha subido un 50% en tres semanas. Los agricultores europeos están eligiendo entre plantar menos o cambiar a cultivos que necesitan menos fertilizante. El calendario que se maneja es implacable: siembra en primavera, cosecha en agosto-septiembre, pienso agotado en otoño-invierno, y precios disparados en el supermercado en 2027.
Pero los mercados no lo están descontando. El S&P 500 ni se ha inmutado. La explicación que se apunta es que los algoritmos de alta frecuencia que dominan el mercado no procesan escenarios de escasez física, solo flujos de liquidez. La desconexión entre la economía real y la financiera nunca ha sido tan grande.
El bono japonés y el fin del carry trade
El dato que más atención está recibiendo en las últimas semanas es el rendimiento del bono japonés a 10 años, que ha superado el
3%, máximos desde 2008. Japón es el mayor tenedor de deuda americana del mundo. Si el ahorro japonés deja de salir a buscar rentabilidad fuera, el déficit americano y europeo se queda sin sostén.
El cálculo que se comparte es que Japón muere financieramente a un tipo promedio del 2,5%. A ese nivel, los fondos de pensiones y bancos regionales japoneses, llenos de bonos viejos al 0,1%, entran en pérdidas masivas. La intervención del Banco de Japón no es una opción, es una necesidad matemática. Y cuando imprima para salvar el bono, sacrificará al yen.
La conexión con la crisis de liquidez que se detecta en los mercados de metales preciosos es directa. El fin del carry trade está provocando retirada masiva de capitales de las bolsas mundiales. Hay quien describe la situación como una falta de liquidez grave con capitulación total en plata, y advierte de un posible cisne negro en el COMEX si el ataque contra la plata papel se consuma.
La inflación que no se mide
La brecha entre el IPC oficial y la inflación real es, según los análisis que se comparten, donde se oculta la transferencia de riqueza. Con inflación real alta y tipos bajos, el ahorrador pierde poder adquisitivo y los salarios, aunque suban nominalmente, caen. La represión financiera institucionalizada funciona porque es lo suficientemente lenta para no provocar revueltas y lo suficientemente constante para garantizar la dependencia generacional.
El mecanismo se describe con precisión: en Weimar la transferencia fue explosiva, con precios doblando cada pocos días. En Venezuela, desde el colapso del petróleo en 2014 hasta la dolarización en 2020, seis años. La crisis actual tiene una velocidad de transferencia mucho más lenta, y por tanto menos visible. El saqueo se ha ido perfeccionando desde 1971, cuando se eliminó el ancla del oro.
La inversión del lenguaje es el síntoma más claro. Estabilidad de precios significa inflación perpetua. Política acomodaticia significa expropiación del ahorro. Estímulo significa transferencia a los tenedores de activos. Pleno empleo significa salarios reales decrecientes. Estabilización de mercados significa socializar pérdidas.
El colapso que no llega: ¿nueva normalidad o negación?
La pregunta que recorre todo el seguimiento es por qué el colapso no se materializa. Hay quien sostiene que el sistema ha aprendido a funcionar en estado de agonía permanente. Los bancos centrales compran bonos a voluntad, los gobiernos gastan sin límite, y la gente sigue yendo al supermercado. El avión se está estrellando, pero sigue planeando.
Otros apuntan a que el colapso ya ha ocurrido, solo que de forma desigual. La mitad de España lleva en estanflación desde 2021. El salario modal español, 15.500 euros brutos anuales, equivale a unos 950 euros netos al mes. El salario mínimo con pagas extras prorrateadas está en 8-9 euros por hora. La gente cada vez va menos al supermercado para no frustrarse.
La conclusión que se impone es que el sistema no va a colapsar de forma repentina. Va a seguir funcionando, cada vez peor, durante años. La rana en el cazo no salta. Y mientras tanto, los que avisan del colapso llevan un año avisando, y el S&P 500 sigue subiendo. ¿Cuánto tiempo puede durar esta desconexión entre la economía real y la financiera?